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Satisfacciones de la vida

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Dicen, los especialistas en comunicación que nosotros “comunicamos con toda nuestra persona”, pero especialmente y de primera intención y tal vez sin darnos cuenta, con el rostro, la cara y con los ojos. Y dicen, los primeros salesianos que conocieron a Don Bosco que su rostro y sus ojos vivísimos transmitían mucha confianza y alegría.

Es un arte que nace del fondo del corazón como bien señala el padre José Kentenich:

“En este tiempo tan pobre de alegrías sería una tarea importante: gozar de las ‘gotitas de miel’, de las pequeñas alegrías donde Dios se nos ofrece. Es el arte de alegrarse, el arte de educar a los demás en la alegría.”

Tenemos muchas y muy variadas alegrías en nuestra vida. A veces no les damos la importancia que se debe y sigimos el camino. Corremos el peligro de quedarme en lo que nos hace falta, en lo que no tenemos o en lo que no hemos conseguido. Nos detenemos en lo que no funciona; lloramos tras una derrota; lamentamos y nos paralizamos ante lo que ya no existe. Y lo peor es que no disfrutamos lo que tenemos y a las personas con las que vivimos y esto, nos pone en peligro de vivir la desesperanza.

Alegrarnos con lo que vivimos en cada momento. En un presente continuo que me da vida y esperanza. Ser capaz de recoger la alegría de cada momento es un verdadero arte. Vivir en presente. Saborear las cosas sencillas de la vida.

Dice le refán que “de la abundancia del corazón habla la boca” y yo creo que se expresa en acciones; la capacidad de ser felices y hacer felices a los otros está en nuestras manos. Ése es un paso hacia delante en este año nuevo; son las semillas de esperanza.

P. Salvador Murguía sdb

La vida es un regalo

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“Cuando los viejos no teman la muerte, los jóvenes aprenderán a no temer la vida”

Exodo.

Todo parece indicar que en 2050 México será un país con “más de 36 millones de personas mayores de 60 años, mientras que el segmento de la población de entre 15 y 29 años será de solo 27.9 millones”, según estimaciones de la oficina del Censo especializadas internacionalmente.

Estadísticamente estamos cada vez más condenados a ser “viejitos”. Los factores que harán posible estas matusalénicas proyecciones tienen que ver con el incremento de la esperanza de vida (que va a llegar para entonces a una media de 80 años) y con la inversión de la pirámide poblacional, debido a que el índice de crecimiento de la población se va reduciendo notablemente.

Y esto se conjuga con otros aspecto muy claro en el que vivimos en una sociedad que le tiene miedo a la vejez, a la decadencia y a la muerte. Vemos algunas mujeres y no sólo ellas que podríamos adjudicarlo a cierta vanidad, también hombres de “pasada juventud” que tenemos pánico de mostrar aunque sea una sola arruga, unas canas más y hasta un kilo más.

¿Por qué tanto miedo a la vejez? Nadie quiere morirse, porque estamos hechos para la eternidad. Pero estos «jóvenes eternos», que dicho aparte: “todos tenemos algo de esto”, no es que no queramos morirnos; creo que el miedo pasa porque se le tienen pánico a la decadencia, a «verse viejos» y porque no queremos admitir que todos nos encaminamos indefectiblemente a la tumba.

Decía Santa Teresa, Yo no «muero porque no muero». Pero hay algo que estoy totalmente seguro: ninguno muere ni un minuto antes de lo que Dios tenga dispuesto, ni tampoco un minuto después. Hay que confiar en que los planes de Dios son siempre mejores que los nuestros, y lo único que nos tiene que hacer fuertes es saber amados por Él. Y El tiempo que Dios nos regale de vida, es eso, vida y es regalo.

Me parece hermoso y adecuado el poema de Lope de Vega:

«¿Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir es infalible;
Dejar de ver a Dios y condenarme
Triste cosa será, pero posible.
¡Posible…! ¿y río y duermo
y quiero holgarme?
¡Posible…! ¿y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago? ¿En qué me ocupo?
¿En qué me encanto?
¡Loco debo yo ser, pues no soy santo!»

P. Salvador Murguía sdb