servicio

Inclinarse para servir

servicioNo es fácil hablar de la humildad; para poder hacerlo, es preciso penetrar a través de un muro de incomprensión y de resistencia por doquier y en todos los tiempos, también en el nuestro.

Federico Nietzsche, este filósofo, poeta, músico y filólogo alemán, considerado uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del siglo XIX y personaje controversial, se erigió en portavoz del pensamiento de muchos cuando atacó con auténtico furor la humildad, en la que él veía la esencia del cristianismo: en su opinión, era la actitud de los débiles, de los fracasados, de los esclavos, que habían convertido su mezquindad en virtud.
Pero la humildad, responde otro profundo pensador pero creyente es una virtud que forma parte de la fortaleza. Sólo quien es fuerte puede ser realmente humilde. Su fuerza no se pliega a la reducción a lo mínimo, sino que se inclina libremente para servir a quien es más débil, a quien es inferior. Por lo demás, la humildad no puede tener su origen en el hombre, sino en Dios. Dios es el primer humilde.

Dios es tan grande, tan fuera de toda posibilidad de que cualquier poder pueda constreñirle, que puede «permitirse» -si se me permite hablar de este modo- ser humilde. La grandeza le es esencial; por consiguiente, sólo él puede arriesgarse a rebajar esta grandeza suya hasta la humildad.

Y termino señalando lo que dice Thomas de Kempis, una persona que escribió un libro llamado “La imitación de Cristo”, que ha sido un tesoro para muchas generaciones que lo han leído y meditado:

“A Dios le gusta más, la humildad después de que hemos pecado, que la soberbia después de que hemos hecho obras buenas”.

P. Salvador Murguía sdb