santidad

Aguinaldo 2019

“Para que mi alegría esté en vosotros”

Jn 15,11

La Santidad también para ti

Mis queridos hermanos y hermanas, queridísima Familia Salesiana:

Continuando nuestra centenaria tradición, llego al encuentro con todos vosotros al inicio de este nuevo año 2019, en cualquier lugar del mundosalesiano, que forma nuestra Familia en más de 140 países.

Y lo hago con un tema que nos es muy familiar, ya que el título se encuentra literalmente en la exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo, Gaudete et Exsultate (GE)[1].

Al elegir este tema y este título, no pretendo más que traducir la llamada que hace el Papa Francisco a nuestro lenguaje y sensibilidad carismática[2], haciendo aquellos subrayados que son tan ‘nuestros’ en el marco de la espiritualidad salesiana, esa de la que participamos los 31 grupos de nuestra Familia como heredad carismática recibida del Espíritu Santo, por medio de nuestro amado Padre Don Bosco y que, sin duda, nos ayudará a vivir con la alegría profunda que nos viene del Señor: “Para que mi alegría esté en vosotros” (Jn 15,11).

¿A quiénes dirijo estas palabras?

Puedo aseguraros, que quisiera que llegaran a todos.

A todos vosotros, mis queridos hermanos salesianos SDB. A todos vosotros, hermanas y hermanos de las diversas Congregaciones e Institutos de Vida Consagrada y Laicales de la Familia Salesiana. A todos vosotros, hermanos y hermanas de las Asociaciones y Grupos de nuestra Familia. A los padres y madres, educadoras, educadores, catequistas y animadores de todas nuestras presencias esparcidas por el mundo. Y también a todos los adolescentes y jóvenes del extenso mundo salesiano.

Recojo la invitación que ha hecho el Papa a toda la Iglesia. Su exhortación no es un tratado sobre la santidad, sino una invitación, que lanza al mundo contemporáneo y a la Iglesia de modo particular, a vivir la vida como vocación y llamada a la santidad, pero una santidad encarnada en el hoy, en la realidad de cada uno, en el contexto actual.

Me hago eco de esta llamada siempre fascinante a la santidad porque el ‘hoy’ de la Iglesia nos lo pide. Al igual que yo, los últimos Rectores Mayores han tenido intervenciones muy significativas sobre la santidad salesiana y nuestros santos protectores[3].

Como en años anteriores pretendo, y me parece suficiente, que además de la lectura personal, se puedan aprovechar algunas líneas, indicaciones o pistas que sirvan como propuestas pastorales, según los contextos y situaciones de cada presencia en los más recónditos lugares de nuestro ‘mundo’ salesiano.

I. DIOS LLAMA A TODOS A LA SANTIDAD

Me imagino que no pocas personas, quizá también entre nosotros y, se- guramente muchos jóvenes, que hayan escuchado esta llamada a la san- tidad que hace el Papa, habrán tenido la sensación de que esa palabra, santidad, resuena un poco extraña, ‘fuerte’ y desconocida en el lengua- je del mundo contemporáneo. No es impensable que existan bloqueos culturales o también interpretaciones que tiendan a ver toda referencia a un camino de santidad como un espiritualismo alienante que evade de la realidad. O quizá, a lo sumo, se comprenda como una palabra aplicada y aplicable a quienes se venera, en imágenes, en los templos.

De ahí que el esfuerzo del Papa para mostrar la perenne actualidad de la santidad cristiana —llamada que viene del mismo Dios en su Palabra—, se pueda proponer como meta para cada persona en su camino de vida; y es digno de admiración y hasta ‘atrevido’. Dios mismo “nos quiere santos y no se espera que nos contentemos con una existencia mediocre, aguada, inconsistente” (GE 1).

Lo primero que llama la atención, en la llamada de Papa Francisco, es la fuerza y la determinación con la cual afirma que la santidad es una llamada para todos, no solo para unos pocos, ya que corresponde al proyecto fundamental de Dios para nosotros, y le pertenece a la gente común, a la gente que llevamos una vida cotidiana ordinaria, hecha de cosas simples, propias de la vida de la gente común.

Por lo mismo, no se trata de una santidad para unos pocos héroes o para personas excepcionales; por el contrario, se trata de un modo ordinario de vivir la existencia cristiana ordinaria, una manera de vivir la vida cristiana encarnada en el contexto de hoy con los riesgos, los desafíos y las oportunidades que Dios nos ofrece en el camino de la vida.

La Sagrada Escritura nos invita a ser santos: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48), y “santificaos y sed santos, pues yo, el Señor, soy santo” (Lev 11,44).

Se trata de una invitación explícita a hacer experiencia y testimoniar aquella perfección del amor, que no es otra cosa sino la santidad; en efecto la santidad consiste en la perfección del amor, un amor que en primer lugar se ha hecho carne en Cristo.

También san Pablo, escribe en la carta a los Efesios, refiriéndose al Padre: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (Ef 1,4-6). “Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos” (Jn 15,15). “Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19). Por lo tanto, todos y cada uno estamos llamados a la santidad, que no es sino una vida plena y lograda, según el proyecto de Dios y en total comunión con Él y con los hermanos.

No es una perfección reservada a unos pocos; es una llamada para todos. Algo infinitamente precioso, lo que no significa algo raro o extraño: es vocación común a todos los creyentes, hermoso ofrecimiento de Dios a cada hombre y a cada mujer.

No es un camino de falsa espiritualidad, que aleja de la plenitud de la vida; es plenitud de la naturaleza humana, perfeccionada por la gracia. La vida en abundancia, como la promete Jesús. No es una característica que impone uniformidad, que banaliza, o que expresa rigidez; es, por el contrario, respuesta al soplo siempre nuevo del Espíritu, quien crea comunión valorizando las diferencias, puesto que es el Espíritu Santo que “se halla en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino”[4].

No se trata de un conjunto de valores aceptados en abstracto y actuados de manera formal; es, por el contrario, armonía de virtudes que encarnan estos valores en la vida.

No es solamente capacidad de rechazar el mal y de adherir al bien; es la actitud constante, disponible y gozosa de vivir bien el bien.

No es una meta que se alcanza en un instante; es un camino progresivo, según la paciencia y la benevolencia de Dios, que interpelan la libertad y el compromiso personal.

No es una actitud de exclusión de aquel que es diferente.

En definitiva, santidad es la vida según las bienaventuranzas, para llegar a ser sal y luz del mundo; es camino de profunda humanización, como lo es toda auténtica experiencia espiritual. Por eso llegar a ser santos no exigirá alienarse de sí mismo o alejarse de los propios hermanos, sino más bien vivir una vida intensa con decisión y riqueza de humanidad, y una experiencia de comunión (a veces cansadora) en las relaciones con los otros.

“Hacerse santos” es, para un cristiano, el compromiso primero y más urgente

Es san Agustín quien dice: “viva será mi vida llena de ti”[5]. Y en Dios mismo está la razón de esta posibilidad de un camino de santidad tras las huellas de Cristo. Para el cristiano este camino de santificación es posible gracias al don de Dios en Cristo: en Él —del cual los santos y ante todo la Virgen María son admirable reflejo—, se manifiestan, al mismo tiempo, la plenitud del rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre. En Jesucristo resplandecen juntos el rostro de Dios y el rostro del hombre. En Jesús encontramos al hombre de Galilea y el rostro del Padre: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9).

Jesús, Verbo hecho carne, es la palabra plena y definitiva del Padre. A partir de la encarnación la voluntad de Dios se encuentra en la persona de Cristo. Él, en su vida, en sus palabras y en sus silencios, en sus opciones y en sus acciones y, sobre todo, en su pasión, muerte y resurrección, nos muestra cuál es el proyecto de Dios para todo hombre y mujer, cuál es su voluntad y cómo corresponderle.

Para cada uno de nosotros hoy, este proyecto de Dios es, ‘sencillamente’, la plenitud de la vida cristiana, que se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros y por el grado como, con la Graciadel Espíritu Santo, vamos modelando nuestra vida según la de Jesús el Señor. No significa, por tanto, realizar cosas extraordinarias, sino vivir unido al Señor, haciendo nuestras sus actitudes, sus pensamientos y comportamientos. De hecho, también comulgar en la Eucaristía significa expresar y testimoniar que queremos hacer nuestro su estilo, su modo de vivir y su misma misión.

El mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, se expresa decididamente acerca de la llamada universal a la santidad afirmando que nadie está excluido de ella: “Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios […] siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria” (LG41).

“La santidad de la puerta al lado”

y la llamada universal a la santidad

Edith Stein, atea en aquel momento, cuenta haber recibido, a través de dos encuentros, un estímulo decisivo para su conversión. El primero, con la esposa de un amigo muerto en la guerra: esta mujer, viuda, confesaba cómo en medio de su dolor atroz había experimentado la luz y la fuerza sorprendentes de la fe. El segundo, con una anciana que, un día de trabajo lleno de quehaceres, llevando las bolsas de la compra, para vivir un momento de intensa comunión y de adoración a Jesús en la Eucaristía, había entrado en una iglesia donde se encontraba Edith por intereses artísticos.

Don Bosco tuvo como mamá y primera maestra a Margarita Occhiena, una simple campesina sin estudio alguno, menos aún teológicos, pero con la inteligencia del corazón y la obediencia de la fe.

Santa Teresa de Lisieux solía decir que, cuando era pequeña, no comprendía mucho de lo que decía el sacerdote, pero le era suficiente mirar el rostro de su papá Louis para comprenderlo.

Ninguno de estos laicos —Ana Reinach amiga de Edith, la desconocida señora con las bolsas de la compra, Mamá Margarita o papá Louis Martin— han pensado alguna vez, seguramente, en ser santos, y tampoco se habrán dado cuenta del influjo que ejercían sobre las personas que le estaban cerca, con su sencilla actitud ordinaria, de la cual tal vez no eran conscientes.

La presencia de estas personas simples y determinantes, de estos “santos de la puerta de al lado” (GE 7) —como los llama Papa Francisco—, nos recuerda que en la vida lo importante es vivir la santidad, no tanto llegar a ser reconocidos como tales, algún día. Además, nos hace pensar que los mismos santos canonizados beben de la santidad humilde del pueblo de Dios: la gloria de los primeros es, al mismo tiempo, gloria para los otros en una profunda comunión.

Y vivir la santidad es la experiencia de ser precedidos y salvados por el amor de Dios y de aprender a corresponder a este amor fiel. Es la responsabilidad de responder a un don grande.

En este sentido quizá una de las aportaciones más importantes a la espiritualidad cristiana sea la del obispo de Ginebra, Francisco de Sales, con su esfuerzo por proponer santidad para todos, haciendo pasar la devoción de los claustros al mundo. En su espléndida obra Introducción a la vida devotaescribe: “Dios, en el acto de la creación, mandó que cada planta diese fruto según su especie (Gén 1,11-12); de igual modo se ordena a los cristianos, plantas vivas de su Iglesia, que produzcan frutos de devoción según su propia calidad y carácter. La devoción debe ser practicada de forma diferente por el caballero, por el artesano, por el criado, por el príncipe, por la viuda, por la doncella, por la casada; y no solo esto, hay que acomodar también su práctica con las fuerzas, las ocupaciones y los deberes de cada estado (…) Dondequiera que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta”[6].

La historia de la Iglesia está muy marcada por innumerables mujeres y hombres que, con su fe, con su caridad y con su propia vida han sido como faros que han iluminado y siguen iluminando a muchas generaciones a lo largo de los años, incluso de los siglos. Ellos son testimonio vivo de cómo la fuerza del Resucitado ha llegado en sus vidas hasta el punto al que llegó san Pablo, afirmando (muchas veces sin expresarlo): “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál, 2,20), y lo han plasmado unas veces con la heroicidad de sus virtudes, otras hasta con el sacrificio de la propia vida en el martirio, y otras “en el ofrecer la propia vida por los otros, mantenida así hasta la muerte” (GE 5). Pero existe también esa santidad anónima, esa que no llegará nunca a los altares, esa que es seguramente la expresión de una vida no perfecta, pero que, en medio de las imperfecciones y las caídas, ha seguido adelante y ha agradado al Señor (Cf. GE 3). Es la santidad de la propia madre, de una abuela o de otras personas cercanas; la santidad de la pareja que hace un hermoso camino de crecimiento en su amor; de esos padres que crecen, maduran y se donan generosamente a sus hijos, a menudo con sacrificios que nunca se sabrán. Hombres y mujeres, nos recuerda el Papa, que trabajan duramente para llevar el pan a casa; enfermos que viven su enfermedad con paz y en espíritu de fe y comunión con el Jesús doliente; religiosas ya ancianas, con una vida donada, desgastada, que conservan la sonrisa y la esperanza…

Se puede afirmar con certeza que, en todas las épocas de la historia de la Iglesia y en todas las latitudes, ha habido y hay santos de todas las edades, de todos los estados de vida y muy distintos entre sí.

Lo expresó también muy bellamente el Papa Benedicto XVI dando su propio testimonio con estas palabras: “Quiero añadir que para mí no solo algunos grandes santos, a los que amo y conozco bien, son señales de tráfico, señales en el camino, sino también los santos sencillos, es decir, las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizadas. Son personas normales, por decirlo de alguna manera, sin un heroísmo visible, pero en su bondad de todos los días veo la verdad de la fe”[7].

Ciertamente, todo esto lo encontramos en el modo en que tantas personas han encarnado el camino cristiano en su vida. Algunos pueden parecer ‘pequeños’ y otros grandes, pero todos en un camino que atrae y fascina.

El mismo Papa Benedicto, en una expresión que me parece preciosa y que podría resumir magníficamente el mensaje de este Aguinaldo, dice: “Queridos amigos, ¡qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista con esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida de la vida cristiana”[8].

María de Nazaret: una luz única en el camino de santidad 

Todos estos caminos sencillos y anónimos de santidad tienen siempre un modelo al cual mirar y en el cual reflejarse. La santidad cristiana tiene en María de Nazaret, madre del Señor, del Hijo de Dios, el más bello y cercano modelo.

María es la mujer del “heme aquí” pleno y total a la voluntad de Dios y en este decir sí, “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38) encuentra la beatitud plena y profunda por todo lo que ese ‘fiat’ le supuso desde la fe, no solo cuando el hijo deja el hogar y se separa porque debe llevar a cabo la misión del Padre, sino en el momento extremo de vivir el dolor de su crucifixión y muerte, dolor atroz como madre.

En María, la Madre del Señor, podemos encontrar la riqueza de una vida que aceptó el plan de Dios en todo momento, una vida que ha sido un ‘aquí estoy’ permanente dicho a Dios. Qué fascinante resulta desde esta perspectiva contemplar a María y meditar el valor de la existencia humana y su sentido pleno en la clave de eternidad.

En su valiente aceptación del misterioso plan de Dios llega a ser Madre de todos los creyentes, modelo para nosotros de escucha y aceptación de la Palabra de Dios, y guía segura hacia la santidad. Y esto porque nos enseña que solo Dios hace grande nuestra vida. “El ser humano es grande solo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así, también nosotros seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad divina”[9].

Por todo ello, es impensable un camino sencillo de santidad del cristiano sin tener puesta la mirada en María la Madre. Contemplarla es aprender a creer, aprender a esperar, aprender a amar. Y si de su mano oramos como ella y con ella, ciertamente experimentaremos en nuestro andar cotidiano ese consuelo que solo puede venir de Dios. Además, invocarla como Madre del Hijo de Dios será abrir nuestros corazones al regalo, al don, de su intercesión como Madre del Hijo y de sus hijos[10].

Con sensibilidad salesiana…

Podríamos decir que, si llegamos a ser santos, lo tenemos todo. Si no nos hacemos santos, lo perdemos todo. La santidad como meta y la invitación insistente y conmovedora a alcanzarla, es también el gran mensaje de Don Bosco, el eje alrededor del cual gira toda su propuesta espiritual y su testimonio de vida. Esta santidad de Don Bosco es sencilla y simpática pero robusta, y así la comunica y contagia. En la afirmación de Domingo Savio: “Por tanto yo debo y quiero ser todo del Señor y quiero hacerme santo y seré infeliz mientras no sea santo”[11], resuena mucho —si no todo— lo que Don Bosco había sabido comunicarle, hasta aquel sermón en el cual Domingo había podido escuchar estas palabras animadoras y desafiantes: “Es voluntad de Dios que nos hagamos todos santos; es muy fácil lograrlo; hay un gran premio preparado en el cielo para quien se hace santo; es fácil hacerse santos”[12]… El mismo Don Bosco sigue escribiendo, a renglón seguido, que aquella predicación fue la que encendió en Domingo Savio todo su corazón en amor de Dios. Y en la sabiduría pedagógica y espiritual de Don Bosco, que moderaba el deseo penitencial de Domingo y le sugería más bien fidelidad a la vida de oración, al estudio y a sus deberes bien hechos, así como asiduidad a la recreación (y, podemos decir, a toda la dimensión de la vida de relación), se evidencia la conciencia, típicamente salesiana, de la llamada universal a la santidad.

Al fundar la Sociedad de San Francisco de Sales, y después el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora (junto con Madre Mazzarello, cofundadora), Don Bosco se propone como primer objetivo, hasta el día de hoy, la santificación de sus miembros[13]. Lo recuerda Don Rua a los Salesianos, poco tiempo después, cuando les exhorta de este modo:

“Esto nos inculcó nuestro amadísimo Don Bosco en el primer artículo de la Santa Regla, donde nos dice que el fin de nuestra Pía Sociedad es, ante todo, la perfección cristiana de sus miembros y después toda obra de caridad espiritual y corporal para con los jóvenes”[14]. Sin ella, todo el empuje apostólico hacia los muchachos y muchachas podría llegar a ser estéril. Don Bosco sabe perfectamente que la primera manera, la más radical y decisiva, la única incluso para ayudar a los demás es ser santos.

En esta “escuela de nueva y atrayente espiritualidad apostólica”[15], Don Bosco lee el Evangelio con una originalidad pedagógica y pastoral que “implica esencialmente una síntesis nueva y equilibrada, armónica y orgánica, a su estilo, de los elementos comunes a la santidad cristiana, donde las virtudes y los medios de santificación tienen un lugar propio, una dosificación, una simetría y una belleza que los caracteriza”[16].

II. JESÚS Y LA FELICIDAD 

Se propone la santidad para todo cristiano porque esta es plenitud de vida y sinónimo de felicidad, de bienaventuranza, felicidad que como cristianos encontramos, en el seguimiento de JESUCRISTO.

Las palabras que siguen a continuación están dirigidas a los jóvenes, y son para ellos, pero bien sabemos que esta ‘santidad también para ti’ nos envuelve a todos: jóvenes, educadores, padres y madres, laicas y laicos consagrados, religiosas, religiosos, presbíteros. Son palabras que alcanzan, en definitiva, a todos y a cada uno de los miembros de nuestra familia salesiana, por lo que todos nos hemos de sentir incluidos y, naturalmente, llega a todo el Pueblo de Dios. Son hermosos los mensajes que, con fuerte convicción, el Papa san Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI, y el Papa Francisco han hecho llegar a los jóvenes. Solo recogeré una pequeña muestra, si bien en todos ellos se pide a los jóvenes que se arriesguen ante el desafío de aceptar a Jesús como garantía de su felicidad.

Esta ha sido la propuesta hecha por san Juan Pablo II al decirles a los jóvenes de todo el mundo: “En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”[17].

No menos explícito es el Papa Benedicto XVI cuando dice a los jóvenes: “Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía […]. Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo […]. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el “derecho a hablaros”[18].

Y el Papa Francisco plantea a los jóvenes que la felicidad no es negociable, no admite bajar las expectativas a niveles que al final no la garantizan de modo estable y sólido sino como algo que se puede consumir en pequeñas dosis, que igual que viene se va y que por supuesto no es la felicidad verdadera ni el camino humano de plena realización: “Vuestra felicidad no tiene precio y no se negocia; no es un app que se descarga en el teléfono móvil”[19].

Don Bosco quiere que sus jóvenes sean felices en el tiempo y en la eternidad

Al comienzo de su Carta de Roma, del 10 de mayo de 1884, Don Bosco escribió a sus jóvenes: “Uno solo es mi deseo, el de verlos felices en el tiempo y en la eternidad”[20].

Al término de su vida terrena, estas palabras condensan el corazón de su mensaje a los jóvenes de todas las épocas y del mundo entero. Ser felices, como meta soñada por cada joven, hoy, mañana, a lo largo del tiempo. Pero no solo. En la eternidad está ese plus que solo Jesús y su propuesta de felicidad la santidad precisamente sabe ofrecer. Es la respuesta a la sed profunda del ‘para siempre’ que arde en el corazón de cada joven.

El mundo, las diversas sociedades no son capaces de proponer ese ‘para siempre’ ni la felicidad eterna. Dios, sí.

En Don Bosco todo esto estaba clarísimo y sembraba en sus muchachos el fuerte deseo de llegar a ser santos, vivir para Dios y alcanzar el paraíso: “Encaminó a los jóvenes por la senda de la santidad sencilla, serena y alegre, uniendo en una sola experiencia vital el patio, el estudio serio y un constante sentido del deber”[21].

III. SANTOS PARA LOS JÓVENES Y CON LOS JÓVENES

La santidad, tan típica del carisma salesiano en el que hay lugar para todos, consagrados y laicos, tiene una traducción específica en relación con la santidad juvenil. Don Pascual Chávez, mi predecesor, escribió al inicio de su ministerio en la carta ¡Queridos salesianos, sed santos! lo siguiente: “Los jóvenes mismos ayudaron a Don Bosco ‘a iniciar, en la vida de cada día, un estilo de santidad nueva, acomodada a las exigencias típicas del desarrollo del chico. Fueron así, de algún modo, simultáneamente discípulos y maestros’. La nuestra es una santidad para los jóvenes y con los jóvenes, porque también en la búsqueda de la santidad ‘los Salesianos y los jóvenes caminan juntos’: nos santificamos con ellos, o no seremos santos nunca”[22]. El verdadero corazón salesiano en nuestra familia sabe que tiene que santificarse para llegar al encuentro de los jóvenes. Pero no olvida que se santifica de modo aún más radical en medio de los jóvenes y junto con ellos.

En nuestra Familia Salesiana este deseo puede aplicarse, casi de modo general, de los 31 grupos que la integramos. He buscado con verdadero interés las referencias a la santidad en las Constituciones y Reglamentos de todas las Congregaciones e Institutos de nuestra Familia, en el Proyecto de Vida Apostólica de los Salesianos Cooperadores, en los Idearios, Estatutos y Reglamentos (según los nombres que les son propios) de todos los grupos que integramos el gran árbol de nuestro carisma, y puedo asegurarles que, de un modo u otro, todos contemplamos la santidad como meta y finalidad para la cual hemos nacido como institución religiosa, a fin de alcanzarla en la propia vida. Una santidad que, por tanto, se propone para cada uno de los miembros y que se tiene como meta del apostolado para con los demás.

La juventud, un tiempo para la santidad

Convencidos de que la santidad “es el rostro más bello de la Iglesia” (GE 9), antes de proponérsela a los jóvenes estamos todos llamados a vivirla y dar testimonio, siendo de esta manera una comunidad simpática, como la presentan repetidas veces los Hechos de los Apóstoles (cf. GE 93). Solo a partir de esta coherencia se vuelve importante acompañar a los jóvenes por los caminos de la santidad.

Si san Ambrosio afirmaba que “cualquier edad es madura para la santidad”[23], sin duda alguna lo es también la edad juvenil. En la santidad de muchos jóvenes la Iglesia reconoce la gracia de Dios que previene y acompaña la historia de cada uno, el valor educativo de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, la fecundidad de caminos compartidos en la fe y en la caridad, la carga profética de estos campeones que, a menudo, han sellado con la sangre su existencia de discípulos de Cristo y misioneros del Evangelio. Para los jóvenes de hoy en día, el testimonio auténtico es el lenguaje más deseado, y por eso mismo la vida de los jóvenes santos es la verdadera palabra de la Iglesia, y la invitación a iniciar una vida santa es la llamada más necesaria que estos jóvenes tienen. Un auténtico dinamismo espiritual y una fecunda pedagogía de la santidad no decepcionan las aspiraciones profundas de los jóvenes, o sea, su necesidad de vida, de amor, de desarrollo, de felicidad, de libertad, de futuro, de plenitud y también de misericordia y reconciliación.

Ciertamente, lo que se propone es un gran desafío; atrayente por un lado y que produce temor e indecisión por el otro. Supone vencer la tentación de vivir al día. Y, puesto que el desafío de la santidad no es una cosa diferente de la vida que hacemos todos los días, es exactamente esa misma existencia ordinaria vivida de una manera extraordinaria, la que llega a ser bella por la gracia de Dios. El fruto del Espíritu Santo es en efecto una vida vivida en la alegría y en el amor, y en eso consiste la santidad. Es precioso en este sentido el ejemplo que el Papa ofrece como testimonio de vida del cardenal vietnamita Francisco Javier Nguyên Van Thuân, vida que transcurrió tantos años en la cárcel. Renunció conscientemente a consumirse, a agotarse mentalmente esperando la liberación y tomó otra opción: “vivo el momento presente colmándolo de amor”… y “aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias  de manera extraordinaria” (GE 17).

Jóvenes santos y juventud de los santos

“Jesús invita a cada uno de sus discípulos al don total de la vida, sin cálculos ni intereses humanos. Los santos acogen esta invitación exigente y optan con humilde docilidad por seguir a Cristo crucificado y resucitado. La Iglesia contempla en el cielo de la santidad una constelación siempre más numerosa y luminosa de chicos, adolescentes y jóvenes santos y beatos, que desde los tiempos de las primeras comunidades cristianas llegan hasta nosotros. Invocándolos como protectores, la Iglesia los propone a los jóvenes como punto de referencia para su existencia”[24]. En diferentes encuestas sobre los jóvenes, también las preparatorias al Sínodo de Obispos, los mismos jóvenes reconocen que son “más receptivos a una narrativa de la vida que a un discurso teológico abstracto”[25]y consideran la vida de los santos relevante para ellos, por lo que sin duda es importante presentarlos de manera apropiada según su edad y condiciones.

Es oportuno recordar que junto a los “santos jóvenes” es necesario presentar a los jóvenes “la juventud de los santos”. Todos los santos han vivido la edad juvenil y sería útil para los jóvenes de hoy conocer de qué manera los santos han vivido el tiempo de su juventud. De este modo se podrían descubrir muchas situaciones juveniles que no han sido ni sencillas ni fáciles y en las cuales Dios ha estado presente y misteriosamente activo. Hacer ver que su gracia actúa por caminos complicados, por sendas imprevisibles puede ayudar a muchos jóvenes, sin exclusión alguna, a cultivar la esperanza de una santidad siempre posible.

El último número del documento final del Sínodo afirma, en sintonía con lo que se viene diciendo, que también la santidad de los jóvenes es parte de la Iglesia, así como “su santidad, que en estos últimos decenios ha tenido un multiforme florecimiento en todas las partes del mundo. Contemplar y meditar durante el Sínodo el valor de tantos jóvenes que incluso han renunciado a su propia vida a fin de mantenerse fieles al Evangelio, ha sido conmovedor para nosotros; escuchar los testimonios de los jóvenes presentes en el Sínodo que en medio de las persecuciones han elegido compartir la pasión del Señor, ha sido revitalizante. A través de la santidad de los jóvenes la Iglesia puede renovar su ardor espiritual y su vigor apostólico”[26].

IV. ¿QUÉ QUIERE DECIR: “LA SANTIDAD TAMBIÉN PARA TI”?

El Papa Francisco lo dice de un modo sencillo y directo.

Habiendo afirmado que para ser santos no se necesita ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos, añade: “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (GE14). Esto nos anima a traducir en palabras sencillas este gran desafío que resulta una preciosa ‘provocación’ para todos en todas las edades y etapas de la vida.

¿Qué es entonces la santidad, esta santidad que se nos presenta tan cercana y accesible al joven, a la mujer y al varón de hoy?

  • Se trata de algo cercano, real, concreto y posible. Más aun, se trata de la vocación fundamental al amor, como reconocía el Concilio Vaticano II (LG11), en la que, para la persona, la esencia de esta llamada a la santidad es la caridad plenamente vivida: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16).
  • Se trata de hacer fructificar la gracia del Bautismo sin temer que Dios nos pida demasiado: “Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez.” (EG15). Se trata de vivir en el Espíritu, dejarse guiar por Él en la sencillez de lo cotidiano.

Benedicto XVI invitaba a todos los jóvenes “a abrirse a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser nosotros como teselas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia”[27].

  • Se trata de ser santos alegres porque así nos ha ‘soñado’ Dios.“Lo dicho hasta ahora no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (GE 122). Juan Bosco, cuando era joven, había fundado la SociedaddelaAlegríay Domingo Savio solía decir a los recién llegados al Oratorio: “aquí hacemos consistir la santidad en estar muy alegres”[28](aunque bien sabemos que no era una alegría superficial sino muy bien anclada en la profundidad, en la interioridad, en la responsabilidad ante la vida y ante Dios mismo). Don Bosco entendía muy bien, y así consiguió transmitirlo a sus muchachos, que compromiso y alegría van unidos, y que santidad y alegría son un binomio inseparable.

Es la suya una invitación y llamada a la santidad de la alegría, y a la alegría vivida en una vida santa. Esto no significa que ignoremos que el empeño de la santidad tiene su audacia porque es, en definitiva, un camino que va contracorriente, un camino no pocas veces de contestación, donde en algunos momentos deberemos ser, como Jesús, signos de contradicción.

  • Se trata de un camino, el de la santidad, que asume la dimensión de la Cruz.

El Papa Francisco nos recuerda la necesidad de solidez interior para ser perseverantes y constantes en el bien; nos dice que “hace falta luchar y estar atentos frente a nuestras propias inclinaciones agresivas y egocéntricas para no permitir que se arraiguen” (EG 114); nos anima a tener esa parresía evangélica para no dejarnos dominar por el miedo; sobre todo invita a no dejar de contemplar al Crucificado, fuente de gracia y de liberación. “Y si ante el rostro de Cristo todavía no logras dejarte sanar y transformar, entonces penetra en las entrañas del Señor, entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina” (EG 151).

Quizá la referencia a la Cruz no es lo más frecuente entre nosotros, hoy. Pero seguramente también en esto tenemos que cambiar; pues no se puede vivir una auténtica vida cristiana y un camino de santidad en lo cotidiano al margen de la Cruz.

Habiendo podido asistir durante la celebración del último Sínodo a la canonización de san Pablo VI y de otros seis santos más, encuentro muy oportunas estas palabras de Pablo VI: “¿Qué sería un evangelio, es decir, un cristianismo sin cruz, sin dolor, sin el sacrificio de Jesús? Sería un evangelio, un cristianismo sin redención, sin salvación, de la cual tenemos necesidad absoluta. El Señor nos ha salvado con la cruz; con su muerte nos ha vuelto a dar esperanza, el derecho a la vida… Cargar con la cruz es algo grande, grande. Quiere decir afrontar la vida con coraje, sin blanduras ni vilezas; quiere decir transformar en energía moral las dificultades que nunca faltarán en nuestra existencia; quiere decir saber comprender el dolor humano y, por último, saber amar verdaderamente”[29].

  • Se trata de vivir la santidad porque no nos aleja de nuestros deberes, intereses, afectos, antes bien los asume en la caridad. La santidad es la perfección de la caridad y por eso da respuesta a la necesidad fundamental del ser humano: ser amado y amar. Tanto más santo cuanto más hombre y mujer porque “no es que la vida tenga una misión, sino que es misión” (GE 27). La santidad, por lo tanto, es un camino de humanización. “Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor. De este modo, todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación” (GE 31).

La santidad coincide con el pleno florecimiento de lo humano.No propone un camino que deshumaniza y descontextualiza, que aleja de lo humano y del contexto concreto, al contrario, permite experimentar de una manera cada vez más integral y verdadera la humanidad propia y la de los hermanos. En el rostro de un santo auténtico es posible reconocer, en forma muy clara, al hombre o a la mujer que es, con toda la riqueza afectiva y de voluntad, relacional y de inteligencia que lo caracteriza. “En los santos es evidente que quien va hacia Dios no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos”[30].

Invito ya desde ahora a recordar esto mismo cuando al final de este escrito hablemos de nuestros santos, beatos, siervos de Dios y venerables de nuestra Familia Salesiana, por el precioso testimonio que nos ofrecen en sus vidas.

Don Bosco mismo, en su gran humanidad, ha sido el primero que ha encontrado, sanado, reconciliado a sus muchachos que con tanta frecuencia llegaban al oratorio habiendo vivido duras situaciones de pobreza afectiva, de dificultad económica; de orfandad y de abandono. A estos muchachos les ofrecía toda la riqueza del espíritu de familia y del Sistema Preventivo, en un magnífico clima, también espiritual, ayudaba a sanar. Tales heridas eran curadas gracias a la paternidad del mismo Don Bosco, al clima de familia, de alegría y al camino de fe y de amistad con Jesús al que Don Bosco llevaba a sus muchachos.

En Mornese, Madre Mazzarello y las primeras hermanas, han vivido con la sensibilidad propia de la mujer este encontrarse con la humanidad de aquellas niñas y muchachas pobres, acogidas en la primera casa salesiana de las FMA. Y así se ha ido repitiendo nuestra historia en tantísimos grupos de nuestra Familia Salesiana, con un modo muy propio, muy nuestro, que es también del Evangelio, de poder curar y sanar la humanidad de cada persona herida con quien nos encontramos.

  • Se trata de una santidad que es al mismo tiempo un deber y un don(es decir, una vocación, una responsabilidad, un compromiso y un regalo). La santidad es participación a la vida de Dios, no es una perfección entendida desde una visión voluntarista y moralizante, una meta que se presume de alcanzar únicamente con las propias fuerzas, porque una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, sino de Dios, el tres veces Santo (Cf. Is 6,3) quien nos hace santos y nos da fortaleza y voluntad desde nuestro interior.

Y la santidad compromete, responsabiliza. Hay algo que solamente uno mismo puede hacer: “Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida.” (GE 24). Y en el caso de las consagradas y consagrados de nuestra Familia Salesiana este deber se vuelve indispensable. Pablo VI lo decía de este modo tan radical: “La vida religiosa deber ser santa o no tiene ya razón de ser”[31].

V. ALGUNOS POSIBLES INDICADORES DE SANTIDAD 

Me permito sugerir seguidamente algunas pistas que pueden ser válidas para cada uno personalmente y para nuestra = misión:

  • Vivir ‘la vida de cada día’ como lugar de encuentro con Dios

El corazón salesiano, que nos distingue como familia carismática, se caracteriza porque desde la fe se concibe la vida de un modo positivo, y el día a día se entiende como lugar del encuentro con Dios. Tal lugar pasa a través de una realidad llena de relaciones, trabajo, alegría y distensión, vida de familia, desarrollo de las propias capacidades, donación, servicio…, vivido todo ello a la luz de Dios. Y esto se concreta, de modo sencillo, en una convicción muy salesiana que nos viene del mismo Don Bosco: para ser santo hay que hacer bien lo que se debe hacer.

Es la propuesta de santidad en la vida cotidiana. Si Teresa de Ávila encuentra la santidad entre los ‘pucheros’, y Francisco de Sales quiere mostrar que el cristiano puede ser santo viviendo en el mundo, en medio de los quehaceres de la vida y sus preocupaciones, Don Bosco crea en sus muchachos en Valdocco una verdadera escuela  de santidad, con la sencillez de la alegría, del deber cumplido, y de vivirlo todo por amor al Señor.

  • Ser personas y comunidades de oración

La santidad es el don más grande que podemos ofrecer a los jóvenes, y añado más: los jóvenes de hoy, los muchachos y muchachas y sus familias, necesitan del testimonio de nuestras vidas, y esta santidad sencilla será el regalo más valioso que les podamos ofrecer, como ya he dicho. Pero este camino no se recorre sin profundidad de vida, sin una fe auténtica y sin la oración como expresión de esa fe. “No creo en la santidad sin oración” (GE 147), nos dice el Papa Francisco. No es posible nada de esto sin la intimidad con Jesús el Señor: Oración de agradecimiento, expresión de una memoria agradecida; oración de súplica, expresión de un corazón que confía en Dios; oración de intercesión, expresión de amor fraterno; oración de adoración, expresión de reconocimiento al Dios que nos transciende; oración de meditación de la Palabra, expresión de un corazón dócil y obediente; plegaria eucarística, fuente y culmen del camino de santidad.

  • Desarrollar los frutos de la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas 

Frutos como el amor, la caridad, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí… La santidad no es pelea, disputa, envidia, división, prisa. “La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia” (GE 34).

  • Practicar las virtudes

Es decir, no solo rechazando el mal y aferrándose al bien, sino apasionándose por el bien, haciendo bien el bien, todo el bien… Oración y acción en el mundo, servicio y entrega, y también los tiempos de silencio. “Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación… y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión” (GE 26). Entonces, alcanzar la vida buena del Evangelio en la práctica gozosa y constante de las virtudes será realmente el camino simple de la santidad.

  • Testimoniar la comunión

Del camino de santidad se hace experiencia juntos, y el camino de la santidad es un camino vivido en comunidad y se alcanza juntos. Los santos siempre están juntos, en compañía. Donde hay uno, se encuentran siempre otros. La santidad de lo cotidiano hace florecer la comunión y es un generador relacional. Nos hacemos santos juntos. La santidad no es posible aisladamente y Dios no nos salva aisladamente, y “por eso nadie se salva solo, como individuo aislado” (GE 6). La santidad se nutre de relaciones, de confianza, de comunión porque la espiritualidad cristiana es esencialmente comunitaria, eclesial, profundamente diversificada, muy lejana de una visión elitista y de heroísmo de la santidad.

Por el contrario, no hay santidad cristiana allí donde se olvida la comunión con los demás y la búsqueda del rostro del otro, allí donde se olvida la fraternidad y la ternura.

  • Comprender que la vida de cada uno es Misión

El Papa hace una invitación a entender la totalidad de la propia vida como una misión. Cuando una persona se pregunta acerca del sentido de su vida, y por qué está aquí, cuando se pregunta, a veces en las situaciones más difíciles o duras, para qué y a quién sirve la vida que tengo, o cuál es mi aportación a este mundo, se está preguntando acerca de cuál puede ser su misión. Y a la luz de esta mirada resulta que “para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad” (GE 19), dando siempre lo mejor de sí mismo en este empeño.

Algunas casas salesianas como Valdocco, Mornese, Valsalice, Nizza, Ivrea, Turín San Giovannino… dieron testimonio desde el inicio de la santidad como experiencia compartida, que florece en amistad, donación y servicio (hoy diríamos vida entendida como vocación y misión).

  • Buscar la sencillez de las Bienaventuranzas, que no es igual que facilidad(Cf. GE 70-91)

Jesús nos ha ofrecido, en la propuesta de las Bienaventuranzas, un verdadero camino de santidad. Las Bienaventuranzas “son como el carnet de identidad del cristiano” (GE 63).

En ellas se nos propone un modo de vida en el que se hacen procesos que van desde la pobreza de corazón, que es también austeridad de vida, al reaccionar con humilde mansedumbre en un mundo donde se pelea fácilmente por cualquier cosa. Desde el coraje de dejarse traspasar por el dolor de los demás y sentir compasión, al buscar con verdadera hambre y sed la justicia mientras otros se reparten el pastel de la vida, que consiguen por medio de las injusticias, la corrupción y los abusos de poder.

Las Bienaventuranzas llevan al cristiano a pasar del mirar al actuar con misericordia, que significa ayudar a los demás y también perdonar; llevan a conservar un corazón limpio de todo lo que ensucia el amor hacia Dios y hacia el prójimo. La propuesta de Jesús pide de nosotros sembrar paz y justicia y construir puentes entre las personas. Nos pide también aceptar las incomprensiones, las falsedades dichas sobre uno mismo, y, en definitiva, todas las formas de persecución, hasta las más sutiles que hoy existen.

  • Crecer con pequeños gestos(GE 16)

Es otro indicador sencillo, práctico y al alcance de todos. Dios nos llama a la santidad por medio de los pequeños gestos, por medio de las cosas sencillas, aquellas que sin duda podemos descubrir en otros y hacer realidad en nosotros mismos en el día a día. Enriquecido además por el hecho de que el camino de santidad no es ni único, ni el mismo para todos, y se hace camino de santidad en la propia condición de hombre y de mujer. En este sentido la delicadeza femenina, la finura de los pequeños detalles y gestos es un ejemplo magnífico para todos. Por eso el mismo Papa dice:

“Quiero destacar que el genio femenino también se manifiesta en estilos femeninos de santidad, indispensables para reflejar la santidad de Dios en este mundo y… me interesa recordar a tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio” (GE 12).

  • Todo, excepto renunciar a volar cuando ¡hemos nacido para las cumbres!

Son muchos los pequeños pasos que nos pueden ayudar a hacer camino en la santidad, esa santidad cristiana sencilla, anónima pero que va modelando nuestras vidas de un modo bello. Como digo, todo puede ayudar, todo excepto renunciar al vuelo cuando ¡hemos nacido para las cumbres!, pues somos “elegidos de Dios, santos, amados” (Col 3,12).

Lo que quiero decir lo expresa magníficamente Mamerto Menapace en un precioso cuento, metáfora bella del dilema entre quedarse a ras de suelo o emprender el vuelo que nos lleva hacia Dios, hacia la santidad, hacia lo alto, hacia las cumbres.

Dice así el cuento:

Una vez un campesino, que andaba repechando la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser de gallina. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.

No sabiendo lo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a su señora, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados. Viendo que más o menos eran del tamaño de los otros, fue y lo colocó también a este debajo de la pava clueca.

Dio la casualidad de que, para cuando empezaron a romper los cascarones los pavitos, también lo hizo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito no del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Si, de cóndor, como usted oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.

Como no tenía de donde aprender otra cosa, el bichito imitó lo que veía hacer. Piaba como los otros pavitos, y seguía a la pava grande en busca de gusanitos, semillas y desperdicios. Escarbaba la tierra y, a los saltos trataba de arrancar las frutitas maduras de los arbustos. Vivía en el gallinero y le tenía miedo a los perros que muchas veces venían a disputarle la comida. De noche se subía a las ramas del algarrobo por miedo de las comadrejas y otras alimañas. Vivía totalmente en la pavada, haciendo lo que veía hacer a los demás.

A veces se sentía un poco extraño. Sobre todo, cuando tenía oportunidad de estar a solas. Pero no era frecuente que lo dejaran solo. El pavo no aguanta la soledad, ni soporta que otros se dediquen a ella. Es bicho de andar siempre en bandada, sacando pecho para impresionar, abriendo la cola y arrastrando el ala. Cualquier cosa que los impresione, es inmediatamente respondida con una sonora burla. Cosa muy típica de estos pajarones que, a pesar de ser grandes, no vuelan.

Un mediodía de cielo claro y nubes blancas allá en las alturas, nuestro animalito quedó sorprendido al ver unas extrañas aves que planeaban majestuosas, casi sin mover las alas. Sintió como un sacudón en lo profundo de su ser. Algo así como un llamado viejo que quería despertarlo en lo íntimo de sus fibras. Sus ojos, acostumbrados a mirar siempre al suelo en busca de comida, no lograban distinguir lo que sucedía en las alturas. Pero su corazón despertó a una nostalgia poderosa. ¿y él, por qué no volaba así? El corazón le latió, apresurado y ansioso.

Pero en ese momento se le acercó una pava preguntándole lo que estaba haciendo. Se rio de él cuando sintió su confidencia.  Le dijo que era un romántico, y que se dejara de tonterías. Ellos estaban en otra cosa. Tenía que ser realista y acompañarla a un lugar donde había encontrado mucha frutita madura y todo tipo de gusanos.

Desorientado el pobre animalito se dejó sacar de su embrujo y siguió a su compañera que lo devolvió a la pavada. Retomó su vida normal, siempre atormentado por una profunda insatisfacción interior que lo hacía sentir extraño.

Nunca descubrió su verdadera identidad de cóndor. Y llegado a viejo, un día murió. Sí, lamentablemente murió en la pavada como había vivido.

¡Y pensar que había nacido para las cumbres!”[32].

De esto se trata en el camino de crecimiento cristiano hacia la santidad. “No tengamos miedo de tender hacia lo alto, hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo a que Dios nos pida demasiado[33].

VI. CAMINOS DE SANTIDAD HOY 

a la luz de nuestra historia como Familia Salesiana 

Hay muchas estradas diversas en el camino de la santidad. Sabemos que algunos son santos, pero no sabemos nunca quién lo es más que otro. Solamente Dios conoce los corazones y hay una belleza particular  en cada uno. No hay que pedirle a una persona aquello que no puede o no debe dar. Decir esto es alentador e infunde serenidad. De lo contrario nos convenceremos de que no podemos ser santos, porque nunca lo seremos como lo son algunos santos que nos han sido propuestos como modelos. “No debemos poner en la santidad más perfección de la que realmente tiene”[34]. Es decir, heroicidad cristiana no es lo mismo que heroísmo, y la perfección cristiana no es el perfeccionismo del superhéroe. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Jn 14,2). El paraíso es como un jardín donde se encuentran la humilde violeta, el sublime lirio y la rosa. Ninguna condición representa un obstáculo insuperable para la plenitud de la alegría y de la vida.

Con Don Bosco no encontramos solamente a Domingo Savio, a Juan Massaglia y Francisco Besucco; también existe Miguel Magone y tantos otros muchachos más difíciles y con historias aún más dolorosas. En las primeras obras de los Salesianos y de las Hijas de Maria Auxiliadora, encuentran su verdadera casa huérfanos y muchachos y muchachas marcados, por situaciones muy diferentes: Por injusticias y traumas (Carlos Braga, Laura Vicuña…); a veces con heridas muy personales: Andrés Beltrami y Augusto Czartoryski que sabían que, a causa de la enfermedad, nunca habrían podido vivir la vida oratoriana ordinaria. Artémides Zatti que se vio impedido de seguir su camino hacia el ministerio ordenado por causa de su enfermedad. Francisco Convertini que manifestaba cualidades intelectuales muy limitadas; únicamente su irradiante santidad convenció a los ‘superiores’ de hacerlo continuar hacia el presbiterado. Alejandrina Maria da Costa que se vio obligada a vivir en una cama a causa de una parálisis progresiva; lo mismo ha vivido Nino Baglieri. Vera Grita, mística salesiana, vivió un calvario parecido a causa de un trauma causado por un accidente.

De esta manera, en la casa de Don Bosco encuentran lugar una multiplicidad de interlocutores heridos por diferentes motivos a causa de situaciones familiares o personales, personas que, según criterios únicamente de prudencia humana o de eficiencia no habrían sido aceptados en ningún momento; personas que, con una mirada superficial, parecían contrastar completamente con la pujanza alegre y hasta robusta del espíritu salesiano. Sin embargo, a la luz de la fe, vemos con hechos concretos, que ninguna condición personal es impedimento para la santidad.

Cada santo es una palabra de Dios encarnada 

No hay dos santos iguales. Imitar a los santos no es copiarlos. Cada uno necesita de su propio ritmo y tiempo y tiene su propio camino ya que “los caminos de la santidad son personales”[35]. La galaxia de la santidad es amplia y diferenciada; nos hay que nivelarla con una genérica orientación hacia el bien, sino que hay que verla como fuente inagotable de inspiración y de proyección. Imágenes vivas del Evangelio, los santos interpretan su espíritu más auténtico y son el espejo que refleja el rostro de Cristo Jesús, el Santo de Dios. Ellos difunden el don de la bondad y de la belleza, no se dejan condicionar por las modas pasajeras y efímeras del momento, y con el empuje de un corazón siempre joven hacen posible el milagro del amor.

Con la fuerza de la gracia, los santos cambian el mundo y cambian también a la Iglesia, que se vuelve más evangélica y más creíble gracias a su testimonio. El mismo Espíritu Santo, que ha inspirado a los autores sagrados, es el que anima a los Santos a dar la vida por el Evangelio. Sus diversos modos de ‘encarnar’ la santidad son camino seguro para una hermenéutica viva y eficaz de la Palabra de Dios.

Cada santo de nuestra Familia Salesiana nos dice que la santidad es posible.

Cada santo, beato, venerable, siervo de Dios es portador de una riqueza de aspectos que merecen mayor consideración y valorización. Se trata de contemplar un diamante según sus diferentes facetas, algunas más visibles y atrayentes, otras menos inmediatas y simpáticas, pero no por ello menos verdaderas y determinantes. Conocer y hacer conocer estas extraordinarias figuras de creyentes produce una progresiva implicación en su mismo camino, un apasionado interés por su experiencia de vida, el gozoso compartir de los proyectos y de las esperanzas, que animaron sus pasos.

Ofrezco algunos ejemplos:

  • La santidad de los jóvenes “en nuestra casa”,con los testimonios de Domingo Savio, Laura Vicuña, Ceferino Namuncurá, los cinco jóvenes oratorianos de Poznan, Alberto Marvelli y otros…, son 46 los santos y beatos jóvenes de la Familia Salesiana con menos de 29 años.

Vale la pena destacar de modo especial algunos aspectos del testimonio de santo Domingo Savio:

  • La referencia a la realidad preventiva no solo como aspecto pedagógico educativo, sino como hecho teológico. En su vida, como Don Bosco mismo lo testimonia, se da una gracia preventiva, que actúa y se manifiesta[36].
  • El valor determinante de la Primera Comunión[37].
  • El hecho de ser un líder, llevando la delantera a muchos siendo maestro en las vías de Dios (como Don Bosco lo vio en el sueño de Lanzo de 1876); hecho que es confirmado en la vida de tantos de nuestros beatos, venerables y siervos de Dios, que han hecho propios los propósitos de Domingo Savio: Laura Vicuña, Ceferino Namuncurá, José Kowalski, Alberto Marvelli, José Quadrio, Octavio Ortiz Arrieta.
  • El papel de Domingo en la fundación de la Compañía de la Inmaculada, semillero de la futura Congregación salesiana, en relación con Juan Massaglia, verdadero amigo de las cosas del alma, del cual Don Bosco dijo: “Si quisiese describir los bellos rasgos del joven Massaglia, debería repetir en gran parte las cosas dichas de Savio, de quien fue fiel seguidor mientras vivió”[38].
  • La santidad misionera del carisma salesiano, manifestada en un número considerable de mujeres y hombres, consagrados y seglares que resaltan el anuncio del Evangelio, la inculturación de la fe, la promoción de la mujer, la defensa de los derechos de los pobres y de los indígenas, la fundación de iglesias locales. Impresiona profundamente cómo una grandísima parte de los hermanos y hermanas de nuestra Familia Salesiana que están en camino de reconocimiento de sus virtudes heroicas y de su santidad sean misioneros o misioneras (beatas María Romero Meneses y Maria Troncatti, FMA; venerable Vicente Cimatti).
  • La santidad victimal oblativaque manifiesta la raíz profunda del Da mihi animas, coetera tolle. Encabeza el grupo de aquellos que viven esta particular dimensión espiritual el venerable don Andrés Beltrami (1870-1897), cuyo testimonio es paradigmático de una experiencia de santidad, que tiene su origen en el trio Andrés Beltrami, Augusto Czartoryski, Luis Variara, y continúa en el tiempo con otras grandes figuras como las beatas sor Eusebia Palomino, Alexandrina Maria da Costa, Laura Vicuña, sin olvidar al grupo numeroso de los mártires (entre ellos los 95 mártires de la Guerra Civil española, de ellos muchos jóvenes hermanos en formación y jóvenes sacerdotes).
  • La dimensión de la familia herida:familia en la cual desaparece uno de los padres, o bien la presencia del padre o de la madre se vuelve dañina para los hijos, por razones diferentes (físicas, psíquicas, morales o espirituales). Por eso Don Bosco, que había sufrido por la muerte prematura de su padre y el alejamiento de la familia a raíz de la prudente decisión de Mamá Margarita, quiere que la “obra salesiana” se dedique de forma especial a “la juventud pobre y abandonada”.
  • Laura Vicuña, nacida en Chile en 1891. No tenía el reconocimiento de un padre y su madre inicia en Argentina una convivencia con el rico propietario Manuel Mora. Laura, herida por la situación de irregularidad moral de su madre, ofrece la vida por ella.
  • Carlos Braga, nacido en Valtellina (en el norte de Italia) en 1889. Es abandonado desde muy pequeño por el padre, y su madre, por una mezcla de ignorancia y de maledicencia, fue considerada psicológicamente inestable. Carlos sufre grandes humillaciones y verá muchas veces cuestionada su vocación salesiana; sin embargo, en medio de estas dificultades crecerá en él una gran fuerza de reconciliación y ofrecerá el testimonio de una profunda paternidad y bondad, especialmente hacia los padres de los hermanos salesianos.
  • La dimensión vocacional:en el contexto del bicentenario del nacimiento de Don Bosco han sido proclamados beatos dos salesianos mártires, que ponen de relieve algunos aspectos constitutivos de las dos formas de la única vocación consagrada salesiana de nuestro carisma.
  • Esteban Sándor (1914-1953), proclamado beato en 2013 (la causa tuvo inicio en 2006), nos recuerda la complementariedad de las dos formas de la única vocación consagrada salesiana: laical (coadjutor) y presbiteral. El testimonio luminoso de Esteban Sándor, como salesiano coadjutor, manifiesta una opción vocacional clara y decidida, una vida ejemplar, prestigio educativo y fecundidad apostólica, para presentar la vocación y misión del salesiano coadjutor, con una predilección hacia los jóvenes aprendices y del mundo del trabajo.
  • Tito Zeman (1915-1969), proclamado beato en la ciudad de Bratislava el 30 de septiembre de 2017 (la causa se inició en 2010). Cuando el régimen comunista de Checoslovaquia suprimió las órdenes y congregaciones religiosas, en el mes de abril de 1950, y empezó a deportar a consagradas y consagrados a los campos de concentración, creyó necesario organizar viajes clandestinos hacia Turín para que los jóvenes salesianos pudieran completar los estudios.

Tito asumió la responsabilidad de realizar esta arriesgada actividad y organizó dos expediciones con cerca de 20 jóvenes salesianos. Durante la tercera expedición él y los fugitivos fueron detenidos. Don Tito fue sometido a un duro proceso durante el cual fue acusado como traidor a la patria y espía del Vaticano. Corrió incluso el peligro de ser condenado a muerte y vivió su calvario con gran espíritu de sacrificio y de ofrecimiento. “Aunque perdiera la vida no la consideraría desperdiciada, sabiendo que al menos uno de aquellos que he podido ayudar ha llegado a ser sacerdote en mi lugar”.

  • La dimensión de la paternidad y maternidad salesiana.Después de la gran paternidad de Don Bosco, recordamos, entre otros, a santa María Dominica Mazzarello, a los beatos Miguel Rua, Felipe Rinaldi y José Calasanz; los venerables Mamá Margarita, Vicente Cimatti, Teresa Valsé, Augusto Arribat; los siervos de Dios Carlos Braga, Andrés Majcen…
  • La dimensión episcopal:en la fecunda herencia de santidad florecida en la escuela de Don Bosco encuentra también lugar un significativo número de obispos, que han encarnado de un modo particular la caridad pastoral típica del carisma salesiano en el ministerio episcopal: Luis Versiglia (1873-1930), mártir y santo; Luis Olivares (1873-1943), venerable; Esteban Ferrando (1895-1978), venerable y Fundador; Octavio Ortiz Arrieta (1878-1958), venerable; Augusto Hlond (1881-1948), venerable, cardenal; Antonio de Almeida Lustosa (1886- 1974), siervo de Dios; Orestes Marengo (1906-1998), siervo de Dios.
  • La dimensión de la filiación carismática.Es interesante hacer notar que nosotros veneramos también a algunos santos que compartieron con Don Bosco un período de su vida, admiraron su santidad y su fecundidad apostólica y educativa, y después siguieron su propio camino personal con libertad evangélica, llegando a ser ellos mismos fundadores, con unas intuiciones singulares, un amor auténtico hacia los pobres y una confianza sin límites en la Providencia: san Leonardo Murialdo, san Luis Guanella, san Luis Orione.

La realidad presentada es espléndida, nos llena de responsabilidad, y nos anima. Podemos ver con claridad que somos depositarios de una herencia preciosa, que debe ser mejor conocida y más apreciada. El riesgo puede ser el de reducir este patrimonio de santidad a un hecho litúrgico-celebrativo, sin valorar cabalmente sus riquezas y potencialidades de tipo espiritual, pastoral, eclesial, educativo, cultural, histórico, social, misionero …

Los santos y los beatos, los venerables y los siervos de Dios son ‘perlas preciosas’ de gran valor, sacadas de la oscuridad de la mina para que puedan brillar e irradiar en la Iglesia y en la Familia Salesiana el esplendor de la verdad y de la caridad de Cristo.

  • El aspecto pastoralse refiere a la eficacia que tiene cada uno como ejemplo logrado de un cristianismo vivido en sus particulares situaciones sociales, culturales y políticas del mundo, de la Iglesia y de la propia Familia Salesiana.
  • El aspecto espirituallleva consigo la invitación a la imitación de sus virtudes como fuente de inspiración y de estilo de vida y misión. La preocupación y el cuidado pastoral y espiritual en el nombre del Señor es una auténtica forma de pedagogía de la santidad, a la cual, en virtud de nuestro carisma, deberíamos ser sensibles y estar atentos de una manera especial.

Mis queridos hermanos y hermanas, con toda seguridad me permito afirmar que la mayor necesidad y urgencia que tenemos hoy en nuestro mundo salesiano no es el de hacer más cosas, diseñar y proyectar nuevas realidades, iniciar nuevas presencias…, sino el ver qué comunican nuestras vidas personal y comunitariamente, como Evangelio que se despliega en el tiempo[39], prolongación del modo de vivir y de actuar de Jesús. En definitiva, lo que está en juego es ¡nuestra santidad!

Seamos santos como lo fue el Padre y Fundador de nuestra hermosa Familia Salesiana hoy extendida por el mundo. El Papa san Juan Pablo II nos lanzó una llamada entusiasmante que, si bien la dirigía en su momento a los sdb, tiene toda la validez para la Familia Salesiana en general y para cada uno de sus grupos. Leámosla sintiéndola como palabra dirigida a cada uno de nosotros: “¿Queréis “lanzar de nuevo con valentía el tender hacia la santidad” como la principal respuesta a los desafíos del mundo contemporáneo? Se trata, en definitiva, no tanto de emprender nuevas actividades e iniciativas, cuanto de vivir y testimoniar el Evangelio sin componendas, de manera que estimule la santidad a los jóvenes que encuentran ¡Salesianos del tercer milenio, sed apasionados maestros y guías, santos y formadores santos, como lo fue san Juan Bosco”[40].

Pidamos a María, Madre y Auxiliadora que nos conceda la luz necesaria para ver con claridad y desear personalmente, con verdadero corazón, este camino de vida. Que ella sostenga el empeño de cada uno y de toda nuestra Familia Salesiana por el camino de la santidad salesiana, para bien de aquellos a quienes somos enviados y el nuestro propio. Que Ella, la Madre, que es experta en el Espíritu, obre en nosotros las maravillas de gracia que ha obrado en todos nuestros santos.

La Auxiliadora nos acompañe y nos guíe. Os deseo un año fecundo en frutos de santidad.

Con afecto,

Ángel Fernández artime, sdb

Rector Mayor

Roma, 31 de diciembre de 2018

POSTDATA

Concluyo nuestro Aguinaldo en las páginas siguientes con un anexo que nos ofrece nuestro Postulador de las causas de los santos.

Ese anexo contiene una información precisa, que sin duda será de interés para toda la Familia Salesiana, y muy particularmente para aquellos grupos de este árbol hermoso de salesianidad que tienen a algunos de sus miembros en proceso de canonización. Como sugería don Miguel Rua “que la santidad de todos nosotros, sus hijos e hijas, sea una prueba de la santidad del Padre” vivida y dejada en herencia por Don Bosco mismo, amado Padre de toda la Familia Salesiana del mundo.

ANEXO

LA SANTIDAD VIVIDA EN EL CARISMA SALESIANO DE AHORA EN ADELANTE SEA NUESTRA CONSIGNA:

La santidad de los hijos sea prueba de la santidad del Padre (Miguel Rua)

LISTA DE SANTOS Y CAUSASa 31 de diciembre de 2018 

Entre santos, beatos, venerables y siervos de Dios, nuestra Postulación se ocupa de 168 nombres.

SANTOS (9)

San Juan Bosco, sacerdote (fecha de canonización 1 abril 1934) – (Italia)

San José Cafasso, sacerdote (22 junio 1947) – (Italia)

Santa Maria Dominica Mazzarello, virgen (24 junio 1951) – (Italia)

Santo Domingo Savio, adolescente (12 junio 1954) – (Italia)

San Leonardo Murialdo, sacerdote (3 mayo 1970) – (Italia)

San Luis Versiglia, obispo, mártir (1 octubre 2000) – (Italia – China)

San Calixto Caravario, sacerdote, mártir (1 octubre 2000) – (Italia – China)

San Luis Orione, sacerdote (16 mayo 2004) – (Italia)

San Luis Guanella, sacerdote (23 octubre 2011) – (Italia)

BEATOS (118)

Miguel Rua, sacerdote (fecha de beatificación 29 octubre 1972) – (Italia)

Laura Vicuña, adolescente (3 septiembe 1988) – (Chile – Argentina)

Felipe Rinaldi, sacerdote (29 abril 1990) – (Italia)

Magdalena Morano, virgen (5 noviembre 1994) – (Italia)

José Kowalski, sacerdote, mártir (13 junio 1999) – (Polonia)

Francisco Kesy, laico, y 4 compañeros mártires (13 junio 1999) – (Polonia)

Pio IX, papa (3 septiembre 2000) – (Italia)

José Calasanz, sacerdote, y 31 compañeros mártires (11 marzo 2001) – (España)

Luis Variara, sacerdote (14 abril 2002) – (Italia – Colombia)

Artémides Zatti, religioso (14 abril 2002) – (Italia – Argentina)

María Romero Meneses, virgen (14 abril 2002) – (Nicaragua – Costa Rica)

Augusto Czartoryski, sacerdote (25 abril 2004) – (Francia – Polonia)

Eusebia Palomino, virgen (25 abril 2004) – (España)

Alexandrina Maria Da Costa, laica (25 abril 2004) – (Portugal)

Alberto Marvelli, laico (5 septiembre 2004) – (Italia)

Bronislao Markiewicz, sacerdote (19 junio 2005) – (Polonia)

Enrique Saiz Aparicio, sacerdote, y 62 compañeros mártires (28 octubre 2007) – (España)

Ceferino Namuncurá, laico (11 noviembre 2007) – (Argentina)

Maria Troncatti, virgen (24 noviembre 2012) – (Italia – Ecuador)

Esteban Sándor, religioso, mártir (19 octubre 2013) – (Hungría)

Tito Zeman, sacerdote, mártir (30 septiembre 2017) – (Eslovaquia)

VENERABLES (17)

Andrés Beltrami, sacerdote, (fecha del Decreto super virtutibus 15 diciembre 1966) – (Italia)

Teresa Valsé Pantellini, virgen (12 julio 1982) – (Italia)

Dorotea Chopitea, laica (9 junio 1983) – (España)

Vicente Cimatti, sacerdote (21 diciembre 1991) – (Italia – Japón)

Simón Srugi, religioso (2 abril 1993) – (Palestina)

Rodolfo Komorek, sacerdote (6 abril 1995) – (Polonia – Brasil)

Luis Olivares, obispo (20 diciembre 2004) – (Italia)

Margarita Occhiena, laica (23 octubre 2006) – (Italia)

José Quadrio, sacerdote (19 diciembre 2009) – (Italia)

Laura Meozzi, virgen (27 junio 2011) – (Italia – Polonia)

Atilio Giordani, laico (9 octubre 2013) – (Italia – Brasil)

José Augusto Arribat, sacerdote (8 julio 2014) – (Francia)

Esteban Ferrando, obispo (3 marzo 2016) – (Italia – India)

Francisco Convertini, sacerdote (20 enero 2017) – (Italia – India)

José Vandor, sacerdote (20 enero – 2017) – (Hungría – Cuba)

Octavio Ortiz Arrieta, obispo (27 febrero 2017) – (Perú)

Augusto Hlond, cardenal (19 mayo 2018) – (Polonia)

SIERVOS DE DIOS (24)

Bajo examen de la “Positio” o de la Redacción:

Elías Comini, sacerdote (Italia)

Ignacio Stuchly, sacerdote (República Checa)

Antonio De Almeida Lustosa, obispo (Brasil)

Carlos Crespi Croci, sacerdote (Italia – Ecuador)

Constantino Vendrame, sacerdote (Italia – India)

Juan Świerc, sacerdote y 8 compañeros, mártires (Polonia)

Orestes Marengo, obispo (Italia – India)

Carlos Della Torre, sacerdote (Italia – Tailandia)

En espera del Decreto de Validez de la Encuesta diocesana: 

Ana María Lozano, virgen (Colombia)

En fase de realización la Encuesta diocesana:

Matilde Salem, laica (Siria)

Andrés Majcen, sacerdote (Eslovenia)

Carlos Braga, sacerdote (Italia – China – Filipinas)

Antonino Baglieri, laico (Italia)

Antonietta Böhm, virgen (Alemania – México)

Rodolfo Lunkenbein, sacerdote mártir (Alemania – Brasil)

Y Simão Bororo, laico mártir (Brasil)


[1]De ahora en adelante GE. 

[2]Ya desde este primer momento expreso mi agradecimiento al Postulador [de las causas de los santos] don Pierluigi Cameroni y a la señora Lodovica Maria Zanet, experta relatora de las causas en nuestra Postulación. Gracias a ellos y a su visión he podido enriquecer estas páginas con elementos y contenidos que son propios de la Postulación, y que nos iluminan mucho.

[3]Chávez, P. Acudamos a la experiencia espiritual de Don Bosco, para caminar en la santidad según nuestra vocación específica, ACG 417 (2014); Chávez, P. “Queridos Salesianos, ¡sed santos!”, ACG 379 (2002); VeCChi, J. E. La beatificación del coadjutor Artémides Zatti: una novedad interpelante, ACG 376 (2001); Santidad y martirio al alba del tercer milenio, ACG 368 (1999); Viganò, E. Don Bosco Santo, ACS 310 (1983); Recuperemos juntos nuestra santidad, ACS 303 (1982); Ricceri, L. Don Rua, llamamiento a la santidad, ACS 263 (1971).

[4]Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Missio, Ciudad del Vaticano, 7 de diciembre de 1990, 28.

[5]San Agustín, Confesiones, 10,28.

[6]Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota I, 3. En Obras Selectas de San Fran- cisco de Sales, texto preparado por Eugenio Alburquerque, sdb. BAC, Madrid, 2010, 19-20.

[7]Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia General, 13 de abril de 2011: Insegnamenti VII (2011), 451.

[8]Ibídem. El subrayado en cursiva es opción personal de quien os escribe.

[9]Benedicto XVI, Homilía de la fiesta de la Asunción de María, 15 de agosto de 2005.

[10]Precisamente para seguir ‘haciendo este camino mariano’ celebraremos el VIII Congreso Internacional de María Auxiliadora en Buenos Aires el próximo año (7-10 de noviembre de 2019), con el lema: María, mujer creyente.

[11]Juan Bosco, Vida del jovencito Savio Domenico, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales, en Fuentes Salesianas. Don Bosco y su obra, Madrid, Editorial CCS 2015, p. 948. El fragmento completo al que se hace referencia dice así: “Un día se estaban explicando algunas palabras según su etimología. “Y Domingo, dijo él, ¿qué quiere decir?” Se le respondió: “Domingo quiere decir: del Señor”. “Vea, añadió en seguida, si no tengo razón en pedirle que me haga santo: hasta el nombre dice que yo soy del Señor. Por tanto, yo debo y quiero ser todo del Señor y quiero hacerme santo y seré infeliz mientras no sea santo”.

[12]Ibídem, p. 948.

[13]Cf. Constituciones y Reglamentos de la Sociedad de San Francisco de Sales, Roma 2015 (Madrid, Editorial CCS, 2017), artículos 2, 25, 65, 105. Cf. Constituciones y Reglamentos del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, Roma 2015 (Madrid, Editorial CCS, 2016), artículos 5, 46, 82.

[14]Miguel rua, Santificazione nostrae delle anime a noi affidate. Carta del Rector Mayor a los  Inspectores y Directores de América. Valsálice, 24 de septiembre de 1894.

[15]Juan Pablo II, Discurso en la Universidad Pontificia Salesiana, 31 de enero de 1981: L’Osservatore Romano, 8 de febrero de 1981, 1.

[16]Egidio Viganó, Descubrir el espíritu de Mornese, ACS, núm. 301, (1981), 24-25.

[17]Juan Pablo II, Vigilia de oración de la XV Jornada Mundial de la Juventud, Roma Tor Vergata, 19 de agosto de 2000.

[18]Benedicto XVI, Discurso en la Fiesta de acogida de los jóvenes en el embarcadero del Poller Rheinwiesen, Colonia, Jornada Mundial de la Juventud, Colonia, 18 de agosto de 2005.

[19]Papa Francisco, Eucaristía del jubileo de los adolescentes en el año de la misericordia, Roma, 24 de abril de 2016.

[20]Juan Bosco, Carta de Roma a la comunidad salesiana del Oratorio de Turín-Valdocco, en Fuentes Salesianas. Don Bosco y su obra, Madrid, Editorial CCS 2015, p. 402.

[21]Juan E. Vecchi, Andateoltre. Temi di spiritualità giovanile. Elledici, Torino, 2002.

[22]Pascual Chávez, “Queridos Salesianos, ¡sed santos!”, ACG 379, (2002), 22.

[23]San Ambrosio, De Virginitate, 40. 

[24]Sínodo de los Obispos, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Instrumentum Laboris, Roma, 2018, 214.

[25]Documento final de la reunión pre-sinodal de los jóvenes (19-24 marzo 2018), previa a la XV Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Parte II, Introduzione. http://www.synod2018.va/content/synod2018/es/actualidad/documento-final-de-la-reunion-pre-sinodal-de-los-jovenes–tradu.html.

[26]Sínodo de los Obispos, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Documento final, 167.

[27]benediCto XVI, Catechesi en la Audiencia General del 13 abril de 2011. Insegnamenti VII (2011).

[28]MBe V, 258.

[29]Pablo VI, Discurso durante el ‘Via Crucis’, Roma, 24 de marzo de 1967. 

[30]benediCto XVI, Deus caritas est, Roma, 25 de diciembre de 2005, 42.

[31]Pablo VI, Discurso del 27 de junio de 1965, citado en Egidio Viganò, Recuperemos juntos nuestra santidad. ACS, 303, (1982), 21.

[32]M. menaPaCe osb, CuentosRodados, Ed. Patria Grande, Buenos Aires, 1986.

[33]Benedicto XVI, Catechesien la Audiencia General del 13 de abril de 2011. Insegnamenti VII (2011).

[34]Patrick Catry, Le tracce di Dio, en Aa. Vv., La missione ecclesiale di Adrienne von Speyr. Atti del 2° Colloquio Internazionale del pensiero cristiano, Jaca Book, Milano 1986, 32 (citado en L. M. Zanet, La santità dimostrabile. Antropologiae prassi della canonizzazione, Dehoniane, Bologna 2016, 204).

[35]Juan Pablo II, Novo MillennioIneunte (Roma, 6 de enero de 2001), 31.

[36]Recuerda Don Bosco: “Conocí en aquel joven un alma toda según el espíritu del Señor y quedé no poco asombrado considerando las obras que la gracia divina ya había realizado en tan tierna edad”, Juan BosCo, Vida del jovencito Savio Domenico, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales, en Fuentes Salesianas. Don Bosco y su obra, Madrid, Editorial CCS 2015, p. 941.

[37]El estupor en la historia de Domingo Savio es típicamente eucarístico, y encuentra su momento de gracia en el día de la Primera Comunión, visto come una semilla que, de ser cultivada, es fuente de vida gozosa y de serios compromisos: “Aquel día fue para él siempre memorable y se le puede llamar verdadero principio o, más bien, continuación de una vida que puede servir de modelo a cualquier fiel cristiano. Años después, al hacerle hablar de   su primera comunión, se le veía todavía transparentar la más viva alegría en el rostro. ‘¡Oh! Aquel, solía decir, fue para mí el día más hermoso y un gran día’. Escribió algunos recuerdos que conservaba celosamente en un libro de devoción y que con frecuencia leía […]. 1° Me confesaré con mucha frecuencia y haré la comunión todas las veces que el confesor me lo permita. 2° Quiero santificar los días festivos. 3° Mis amigos serán Jesús y Maria. 4° La muerte, pero no pecados. Estos recuerdos, que iba repitiendo con frecuencia, fueron como la guía de sus acciones hasta el final de la vida”, en Juan Bosco, Vida del jovencito Savio Domenico, p. 935.

[38]Juan Bosco, Vida del jovencito Savio Domenico, p. 966.

[39]Cf. VC62.

[40]Juan Pablo II, Mensaje de S.S. Juan Pablo II al inicio del CG25, en CG25, núm.143.

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El Rector Mayor de los Salesianos, el P. Ángel Fernández sdb, nos invita a vivir la santidad. El centro de nuestra vida cristiana es Cristo, quien a través del camino de la cruz nos ha enseñado a vivir en generosidad y entrega total a los demás.