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Transición de la niñez a la adolescencia

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Todos conocemos la diferencia entre la niñez y la adolescencia, y las diferenciamos como grandes etapas del desarrollo. Sin embargo, el paso de una etapa a otra es algo gradual y secuencial, que forma parte de un proceso, es decir no se pasa de una etapa a otra directamente, sino que se hace poco a poco. Existe una etapa de transición entre la niñez y la adolescencia en la que se comparten características de ambas etapas, es la etapa donde comienzan los cambios y a la que debemos prestar atención.

La etapa de transición de la niñez a la adolescencia.

  • Cada niño y niña sigue su propio ritmo evolutivo especifico, pero con las lógicas variaciones individuales podremos decir que es la etapa que abarca de los 11 a los 13 años aproximadamente. En las niñas puede comenzar un poco antes y acabar antes, ya que llegan antes a la adolescencia y en los niños puede ocurrir algo después.
  • Es la etapa en la que se inicia la pubertad, o cambios en el cuerpo que anuncian el fin de la infancia. El cuerpo cambia y deja de ser el cuerpo de un niño o niña. En estos años podrán observarse pequeños cambios corporales, en un principio serán cambios muy sutiles: crecimiento de vello corporal o facial, en un principio será apenas una pelusilla, aumento de estatura, aumento de peso, crecimiento de las mamás, etc.
  • En las niñas puede aparecer la primera menstruación.
  • Además de los cambios corporales comenzará la actividad hormonal que dará paso a la adolescencia, es por ello que comenzaremos a observar cambios fisiológicos y de carácter o estado de ánimo.
  • Necesidad de desarrollar su independencia, y de reafirmar la identidad.
  • Mayor peso del grupo de amigos. La familia poco a poco queda en un segundo plano y es el grupo de iguales el que cobra un papel protagonista.
  • Cambios de humor frecuentes y muy intensos.
  • Malestar porque ya no son niños o niñas pero tampoco son adultos, y ni siquiera son adolescentes.
  • Incipiente Interés por las relaciones amorosas y sexuales, así como atracción por otras personas.

¿Qué podemos hacer ante esta transición?

  • Entiende los cambios como algo natural y tómatelo con Es un proceso de cambio que puede ser complicado para ellos, necesitarán adaptarse y puede que tú también.
  • Es importante que poco a poco te adaptes a sus cambios y dejes de verlos como niños y niñas, no se trata de verlos como adultos ya que tampoco lo son. Pero si de darles un poco de espacio y un poco más de autonomía.
  • Genera un clima de confianza donde puedan expresarte sus dudas, temores, miedos, etc.
  • Intenta no invadir su espacio y su intimidad, es normal que quieran alejarse un poco, ya que es necesario para reafirmar su identidad.
  • En lugar de invadir o presionar prueba a dialogar con ellos, déjales autonomía para decidir ciertas cosas y prueba a hacerlo con ellos.
  • Establece normas y límites claros, pero deja lugar para el diálogo y la democracia.
  • Cuida su autoestima y su auto aceptación. Recuerda que es una etapa clave y que en lugar de criticarles o juzgarles, limítate a juzgar la conducta.

 

Celia Rodríguez Ruiz

Psicóloga y Pedagoga

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La presencia paterna

Presencia Paterna

Padre es una palabra universal, conocida por todos. Indica una relación fundamental cuya realidad es tan antigua como la historia del hombre. Sin embargo, en nuestros días, se ha llegado a hablar de una sociedad sin padres. En otros términos, en particular en la cultura occidental, la figura del padre, simbólicamente, estaría ausente, como desvanecida.

En un primer momento este dato se percibió como una liberación, liberación del padre como el patrón, del padre como representante de la ley que se impone desde fuera, del padre como censor de la felicidad de los hijos y como obstáculo a la emancipación y autonomía de los jóvenes.

En efecto, en el pasado en algunas casas reinaba el autoritarismo, en algunos casos incluso la vejación: padres que trataban a sus hijos como si fueran sus siervos, sin respetar las exigencias personales de su crecimiento; padres que no les ayudaban a emprender su camino con libertad, a asumir sus responsabilidades para construir su futuro y el de la sociedad.

Y como sucede a menudo, hemos pasado de un extremo a otro. El problema de nuestros días ya no es tanto la presencia invasora de los padres, sino su ausencia. Los padres están tan concentrados a veces sobre sí mismos, sobre su trabajo y su realización individual que se olvidan hasta de la familia. Y dejan solos a los niños y a los jóvenes.
La ausencia de la figura paterna en la vida de los pequeños y los jóvenes causa lagunas y heridas que pueden llegar a ser muy graves.

Y, efectivamente, las desviaciones de los niños y los adolescentes pueden, en buena parte, explicarse debido a esta ausencia, a la carencia de ejemplos y guías para la vida de todos los días, a la falta de cercanía, a la falta de amor de sus padres.

Los hijos se sienten huérfanos en la familia porque a menudo los papás están ausentes, incluso físicamente, de casa, pero sobre todo porque cuando están en ella no actúan como padres, no hablan con sus hijos, no les dan ejemplo acompañado por sus palabras, esos principios, esos valores, esas normas de vida que necesitan tanto como el pan…
Es cierto que a veces parece que los padres no saben muy bien cual es su sitio en la familia y cómo educar a sus hijos. Y, entonces, ante la duda, se abstienen, se retiran y descuidan su responsabilidad, refugiándose a veces en una improbable relación “de igual a igual” con sus hijos.

Así, los jóvenes se convierten en huérfanos de caminos seguros que recorrer, huérfanos de maestros de los que fiarse, huérfanos de ideales que calienten el corazón, de valores y de esperanzas que los sostengan. Los llenan, en cambio, de ídolos pero les roban el corazón; les empujan a soñar con diversiones y placeres, pero no resuelven su vacío

Por eso, nos hará bien a todos, padres e hijos, volver a escuchar la promesa que Jesús hizo a sus discípulos: “No os dejaré huérfanos”. El es, efectivamente, el Camino que recorrer, el Maestro que escuchar, la Esperanza de que el mundo puede ser mejor, de que el amor sí que puede vencer al odio, de que puede haber un futuro de fraternidad y esperanza para todos.

P. Salvador Murguía sdb