orar

Escuchar atentamente

EntreManos

Es interesante que nuestros sentidos pueden no ser solamente cinco; se pueden multiplicar, pues es diferente ver que mirar; oir que escuchar; probar que gustar o saborear; sentir que hacer experiencia. Y siempre el evangelio habla de esos “otros sentidos” que llenan de alegría la vida de las personas.

Por ejemplo, orar es escuchar una voz amorosa. Esto es en definitiva lo que significa “obedecer”. La palabra “obediencia” viene del latín “ob-audire”, que quiere decir: escuchar con atención. Si no escuchamos, nos hacemos “sordos” a la voz del amor. La palabra latina para decir “sordo” es “surdus”. Ser completamente sordo es ser “absurdus”, sí, absurdo. Cuando dejamos de rezar, cuando dejamos de oír la voz amorosa que nos habla en cada momento, nuestras vidas se convierten en vidas absurdas en las que somos arrastrados y zarandeados por el pasado y el futuro.

Bastaría que pudiéramos, aunque sólo fuera durante unos minutos al día, estar enteramente donde estamos, para que descubriéramos de hecho que no estamos solos y que el que está con nosotros sólo quiere una cosa: darnos amor.

P. Salvador Murguía sdb

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Quiero conocerte

RezarCalle

Todos hemos sentido en algún momento de nuestro día, o de la semana, tal vez del año, el deseo de llegar al fondo de nuestra vida, de saber el porqué hacemos las cosas y porqué vivimos así nuestra vida. Y todos sentimos en algún momento deseos de expresar a Dios eso que nace del fondo del corazón. Esto es lo que se llama, oración. Y el creyente en Dios la hace en forma sencilla y regularmente.

El filósofo Friedrich Nietzsche, quien proclamó “Dios ha muerto” y con su pensamiento ha sido el exaltador del “superhombre”, influyendo así en el pensamiento de tantos que se proclaman ateos y también de tantos que se sienten “únicos, necesarios y poderosos en este mundo”, tuvo también en diversos momentos de su vida unas plegarias que nacían de un corazón con añoranza de Dios y sed de sentirse amado por él.

Vivió profundos momentos de silencio y de reflexión y expresó su fe en oraciones profundas (aunque decía no creer en Dios); quizás la oración más entrañable que pronunció fue la que algunos reconocen como sus últimas palabras antes de morir, pronunciadas en un marco de silencio y evasión de la realidad: “Madre, soy un tonto”.
Desde joven cuando apenas tenía 20 vivía en una contínua y desesperada búsqueda de sentido de la vida y ya desde entonces escribió esta oración:

“Antes de seguir mi camino y de poner mis ojos hacia delante,
alzo otra vez, solitario, mis manos hacia Ti,
al que me acojo, al que en el más hondo fondo del corazón consagré, solemne, altares, para que en todo tiempo tu voz,
una vez más, vuelva a llamarme.
Abrásame, encima, inscrita hondo, la palabra:
Al Dios desconocido: suyo soy, y siento los lazos que en la lucha me abaten,
y si huir quiero, me fuerzan al fin a su servicio.
Quiero conocerte, Desconocido, tú,
que ahondas en mi alma, que surcas mi vida cual tormenta,
¡tú, inaprehensible, mi semejante!
¡Quiero conocerte, servirte quiero!
¿No es acaso eso lo que le sucedió al muchacho que el evangelio llama “Hijo Pródigo·” que abandonando a su Padre regresó a sus brazos?

P. Salvador Murguía sdb