orar

El regalo de la paz

pazLa paz, la justicia y el amor verdaderos tocan las más profundas realidades de las personas. Son un regalo de Dios y una construcción que nacen del corazón y del esfuerzo del hombre. El Papa Francisco continuamente pide que recemos y que nos unamos a construir la paz, pues ahora la guerra y el odio presentan muchos matices: guerra en partes, odios, venganzas, mentalidad de violencia y siempre sufren las consecuencias los más pobres, los más necesitados y quienes están sembrando el bien. 

Esta es una oración anónima, escrita en yiddish, encontrada en el campo de la muerte de Auschwitz-Birkenau después de la segunda guerra mundial.

Bendito seas, oh Dios eterno. Que cesen toda venganza, la incitación al castigo o a la recompensa. Los delitos han superado toda medida, todo entendimiento. Ya hay demasiados mártires. No peses sus sufrimientos en la balanza de tu justicia, Señor, y no dejes que estos carniceros se ceben con nosotros. Que se venguen de otro modo.
Da a los verdugos, a los delatores, a los traidores y a todos los hombres malvados el valor, la fuerza espiritual de los otros, su humildad, su dignidad, su continua lucha interior y su esperanza invencible, la sonrisa capaz de borrar las lágrimas, su amor, sus corazones destrozados pero firmes y confiados ante la muerte, sí, hasta el momento de la más extrema debilidad […].

Que todo esto se deposite ante ti, Señor, para el perdón de los pecados como rescate para que triunfe la justicia; que se lleve cuenta del bien y no del mal. Que permanezcamos en el recuerdo de nuestros enemigos no como sus víctimas, ni como una pesadilla, ni como espectros que siguen sus pasos, sino como apoyo en su lucha por destruir el furor de sus pasiones criminales. No les pediremos nada más. Y cuando todo esto acabe, concédenos vivir como hombres entre los hombres y que la paz reine sobre nuestra pobre tierra. Paz para los hombres de buena voluntad y para todos los demás.

P. Salvador Murguía sdb

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Ángeles

SYRIA-CONFLICT-REFUGEESDostoievski escribió en una novela que basta con el sufrimiento ineluctable de un niño para hacer saltar todos los silogismos. Hay una realidad ante la cual difícilmente no puede uno conmoverse: el dolor y el sufrimiento de los niños. Tendríamos que estar muy enfermos del corazón para no sentir pena cuando un niño, inocente y frágil sufre.

Anne Dauphine Julliand, doctora pediatra y que recientemente se ha decidido a hacer un documental que tituló «Ganar al Viento», explica que con él, hace alusión a que los niños enfermos, son como capitanes de barco, que pueden usar el viento y gobernarlo. Y lo dice convencida porque ella misma ha sufrido en carne propia la enfermedad y muerte de dos hijas cuando eran muy pequeñas.

Una de las experiencias que he tenido al encontrarme con niños con enfermedades graves e incurables es que ellos “saben” más que los que estamos a su alrededor, son unos verdaderos maestros que nos enseñan y nos recuerdan qué es lo esencial. Son capaces de mostrarnos el auténtico valor a pesar del sufrimiento, y también son capaces de conservar la sencillez, la espontaneidad, la alegría, la esperanza, aunque la realidad remita a lo contrario. A veces me sorprendo cómo parecieran que el dolor no es un límite, es realmente confortante verlos jugando, corriendo, saltando en los pasillos del hospital.

La enfermedad les cambia su rutina diaria, pero el hecho de estar enfermos no les roba su alegría, su capacidad de divertirse, de soñar y las ganas de vivir cada día, disfrutando el presente sin angustiarse por el futuro, sin aferrarse a planes y proyectos, simplemente viviendo el hoy.

Por ello, oramos por cada niño que cierra sus ojos en la muerte:

Dicen que, cuando un niño cierra los ojos en el mundo, un nuevo ángel nace en el cielo. Que cuando sus manos se cierran en la tierra, dos alas se despliegan en la eternidad.

Dicen, que cuando un niño deja de palpitar, un corazón limpio y puro late junto al de Dios. Que cuando dos pies virginales dejan de caminar, un gran sendero, con flores y plantas, espera en lo más alto de la cumbre.

Dicen, que cuando un niño deja de vivir, Dios lo recoge para que siga viviendo eternamente. Porque, un niño, es promesa e ilusión. Es futuro y es siembra. Es mañana y es sonrisa. Es juego y travesura. Y, por ello mismo, porque es esperanza, un niño nunca deja de existir, sino que vive. Vive porque Dios, como creador, no permite una obra inacabada, no quiere que algo suyo quede injustamente en el olvido, desea, que este mundo nuestro sea adornado por la belleza y la candidez, la alegría y la espontaneidad … de un niño.

Por eso, un niño, cuando cierra los ojos prematuramente, un nuevo ángel nace en el cielo, dos alas se despliegan en lo alto, un canto angelical se oye en el firmamento, un susurro celestial sostiene la tristeza del momento. Hoy, un ángel, existe en vuestra familia, en vuestro corazón, en vuestra fe, en vuestra esperanza.

P. Salvador Murguía sdb