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Oración al terminar y comenzar el año

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Oración al terminar el año

Señor, Dios nuestro, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro, toda nuestra vida está en tus manos. Al terminar este año, orando frente al pesebre, quiero darte gracias por todo aquello que recibí de Ti.

Gracias por la vida y el amor. Gracias por la salud, la enfermedad y la muerte. Gracias por la creación, por el agua, el aire y el sol. Gracias por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Gracias por la fe, la alegría y la esperanza. Gracias por tu Palabra, por la Iglesia y por los sacramentos. Gracias por tu Presencia en mi vida, porque me cuidas, rodeas, proteges y sustentas.

En este día, te ofrezco lo que soy y lo que tengo. Te presento a mi familia y a mis amigos; a las personas que viven cerca de mí y a las que están lejos; las que me dieron su mano y las que me cerraron sus puertas. Aquellas con las que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Señor, al finalizar el año quiero pedirte perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado. Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por las veces que viví sin entusiasmo. Perdón por la indiferencia hacia los que peor lo pasan. Perdón por mi egocentrismo que me aísla de los hermanos. Y perdón por las veces que anduve alejado de Ti.

Oración al comenzar el año

Ahora quiero mirar al futuro con gozo y esperanza, a ese nuevo año que está por comenzar y que Tú pones delante de nosotros. Por eso hoy también quiero darte gracias por todo lo que vamos a recibir de tu misericordia.

Nos abrimos a tu proyecto de amor y queremos acoger tus planes sobre cada uno de nosotros, sobre nuestras familias, sobre nuestro país y sobre toda la humanidad. Queremos vivir cada día con alegría y bondad, llevando a todas partes el corazón lleno de tu comprensión y de tu paz.

Cierra nuestros oídos a toda falsedad y nuestros labios a palabras mentirosas, egoístas e hirientes. Abre nuestro ser a todo lo que es bueno, noble, justo, bello y verdadero. Que en nuestro interior habite la acción de gracias y brote siempre la alabanza, para que podamos bendecir a quienes encontremos en nuestro camino.

Señor, cólmanos de tu bondad y de tu compasión para que cuantos conviven con nosotros descubran tu Rostro de Amor entrañable. Danos un año feliz y enséñanos a repartir felicidad.

Amén.

Nuestra Señora de Guadalupe

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Un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y a oír la Santa Misa. Al llegar junto al cerro llamado Tepeyac amanecía y escuchó una voz que lo llamaba por su nombre.

Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo:

“Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo”.

De regresó a su pueblo Juan Diego se encontró de nuevo con la Virgen María y le explicó lo ocurrido. La Virgen le pidió que al día siguiente fuera nuevamente a hablar con el obispo y le repitiera el mensaje. Esta vez el obispo, luego de oír a Juan Diego le dijo que debía ir y decirle a la Señora que le diese alguna señal que probara que era la Madre de Dios y que era su voluntad que allí se construyera un templo.

De regreso, Juan Diego halló a María y le narró los hechos. La Virgen le mandó que volviese al día siguiente al mismo lugar pues allí le daría la señal. Al día siguiente Juan Diego no pudo volver al cerro pues su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo. La madrugada del 12 de diciembre Juan Diego marchó a toda prisa para conseguir un sacerdote a su tío pues se estaba muriendo. Al llegar al lugar por donde debía encontrarse con la Señora prefirió tomar otro camino para evitarla. De pronto María salió a su encuentro y le preguntó a dónde iba. El indio avergonzado le explicó lo que ocurría. La Virgen dijo a Juan Diego que no se preocupara, que su tío no moriría y que ya estaba sano. Entonces el indio le pidió la señal que debía llevar al obispo. María le dijo que subiera a la cumbre del cerro donde halló rosas de Castilla frescas y poniéndose la tilma, cortó cuantas pudo y se las llevó al obispo.

Una vez ante Monseñor Zumarraga Juan Diego desplegó su manta, cayeron al suelo las rosas y en la tilma estaba pintada con lo que hoy se conoce como la imagen de la Virgen de Guadalupe. Viendo esto, el obispo llevó la imagen santa a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar que había señalado el indio.

El Papa Pío X la proclamó como “Patrona de toda la América Latina”, Pío XI de todas las “Américas”, Pío XII la llamó “Emperatriz de las Américas” y Juan XXIII “La Misionera Celeste del Nuevo Mundo” y “la Madre de las Américas”.

La imagen de la Virgen de Guadalupe se venera en México con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe pidiendo su intercesión son extraordinarios.

Oración

Madre Santísima de Guadalupe. Madre de Jesús, condúcenos hacia tu Divino Hijo por el camino del Evangelio, para que nuestra vida sea el cumplimiento generoso de la voluntad de Dios.

Condúcenos a Jesús, que se nos manifiesta y se nos da en la Palabra revelada y en el Pan de la Eucaristía.

Danos una fe firme, una esperanza sobrenatural, una caridad ardiente y una fidelidad viva a nuestra vocación de bautizados.

Ayúdanos a ser agradecidos a Dios, exigentes con nosotros mismos y llenos de amor para con nuestros hermanos. Amén.