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Enseñar a gestionar las emociones

Gestionar Emociones

Las emociones forman parte de las personas, no podemos separarnos de nuestras emociones. Las emociones aparecen por algo, cumplen una función muy importante para nuestra adaptación y supervivencia. Incluso las emociones, que comúnmente llamamos emociones negativas tienen también una función y aparecen como reacción a situaciones de nuestro entorno. Sin embargo, tendemos a reprimir las emociones que asociamos a estados negativos, y reprimirlas puede hacer que el malestar asociado aumente. La educación emocional ha de partir de enseñarles a gestionar las emociones, y no a reprimirlas.

¿Qué pasa si reprimimos las emociones negativas?

Tradicionalmente, las emociones negativas han tenido muy mala reputación y expresarlas ha estado socialmente mal visto. En numerosas ocasiones se les ha dicho a los niños y niñas: “no llores, estás más feo/a cuando lloras”, “no te enfades”, etc.

Parece que las emociones negativas tienen que reprimirse, que han de ocultarse, ya que son vistas como algo malo que causa malestar. Sin embargo, al reprimir las emociones negativas no mitigamos el malestar, al contrario, a veces podemos incrementarlo.

Las emociones, incluso las que se conocen como emociones negativas, cumplen una función y son algo natural. El enfado es nuestra reacción ante algo que no nos gusta, y nos sirve para responder ante lo que no nos gusta,  el miedo es la respuesta a una amenaza, y nos sirve para protegernos del peligro, y la tristeza es la reacción a algo que nos hace daño, que nos duele, y nos ayuda a reflexionar y pedir ayuda. El problema de las emociones negativas ocurre cuando provocan reacciones ante situaciones que no son tales,  que no son ni peligrosas, ni dolorosas, o cuando su reacción es demasiado intensa, frecuente o prolongada en el tiempo.

Cuando reprimimos una emoción negativa, conseguimos que esta se intensifique y no se gestione de manera adecuada, queda dentro y con el tiempo puede hacer que se intensifiquen o generalicen emociones similares. Cuando esto ocurre las emociones nos controlan a nosotros, en lugar de nosotros a ellos.

La importancia de enseñar a los niños y niñas a gestionar las emociones.

Es muy importante enseñar a los niños y niñas a gestionar sus emociones desde un primer momento. La gestión de las emociones no debe confundirse con la represión de las mismas.

  • Cuando reprimimos una emoción, la negamos, nos la negamos a nosotros mismos. La rechazamos y la tapamos. Sin embargo, aunque intentemos hacer esto, permanece en nuestro interior y deja una huella en nuestro inconsciente.
  • Cuando gestionamos una emoción, la identificamos adecuadamente, la aceptamos y la dejamos pasar con calma, pero controlando nuestra conducta. No podemos decidir nuestra emoción, pero si nuestras conductas. Cuando las gestionamos dejamos que la emoción cumpla su función y se disipe.

Consejos para enseñar a los niños y niñas a gestionar las emociones.

  • Ayúdales a identificar y reconocer sus emociones. Es muy importante poner nombre a las emociones y reconocer las señales asociadas a cada emoción.
  • No les presiones para que repriman sus emociones, en lugar de decirles no llores, o no te enfades, prueba con estos mensajes: “Es normal que te enfades, yo también me enfadaría sí…” “No pasa nada si estas enfadado….” “Es lógico que estés triste, todo el mundo está triste a veces”, “Con un poco de tiempo se te pasará”, etc.
  • Educa con tu ejemplo y no reprimas tus emociones.

Celia Rodríguez Ruiz 

Psicóloga y Pedagoga

Cosas del corazón

Father son ocean

La experiencia de Don Bosco con los jóvenes pobres lo llevó a confirmar que la educación es cosa del corazón: porque había hecho ya la feliz experiencia en el hogar doméstico de I Becchi.

Su madre, Mamá Margarita, tenía la rara capacidad de sacar de todo lo que acontecía en la vida una ocasión para catequizar. Se consideró la primera responsable de la enseñanza de la fe a sus hijos, y supo proponerles valores sencillos y fuertes en su escuela de familia. Lo que transmitió en primer lugar a los hijos, con paciencia, en los años del crecimiento, fue su fe diamantina. El sentido de un Dios de amor siempre presente, una devoción tierna a María.

Ella, que no sabía ni leer ni escribir y que había aprendido de memoria, en su infancia, las fórmulas necesarias, las transmitía a los hijos, pero también las sintetizaba y las interpretaba según su infalible instinto maternal.

Las grandes verdades de la fe se transmitían en el modo más sencillo y elemental, y todas expresadas en fórmulas brevísimas. Veamos un poco:

– Dios te ve: era la verdad de todo momento, no pretendía infundir miedo, sino a confirmar a los niños en el hecho de que Dios se preocupaba de ellos y que la misma bondad de Dios les pedía responder con una vida buena.
– ¡Qué bueno es el Señor!, exclamaba todas las veces que algo impresionaba la fantasía de los niños y despertaba su admiración.
– ¡Con Dios no se juega!, afirmaba convencida cuando se trataba de inculcar el horror del mal y del pecado.
– ¡Tenemos poco tiempo para hacer el bien!, explicaba cuando quería animarlos a ser más solícitos y generosos.

P. Salvador Murguía sdb