Dios

Primera lección de teología

Miradas

Aimé Duval tiene un libro bello que se llama: “El niño que jugaba con la luna” y dice que es en la familia donde se deja ver con el testimonio, el lugar en el cual la fe se vuelve atractiva y atrayente. Son los ojos de la madre y aquellos del padre la primera lección de teología. Y lo narra así:

“En mi casa la religión no tenía para nada un carácter solemne: nos reuníamos a recitar todos los días las oraciones de la tarde todos juntos. Sin embargo había una cosa particular que recuerdo muy bien y que se me quedó grabada en la memoria para todos los días de mi vida. Las oraciones eran entonadas por mi hermana Elena y, porque para nosotros los pequeños de la familia eran demasiado largas (duraban cerca de un cuarto de hora), sucedía muy frecuentemente que nuestra “guía” aceleraba el ritmo y se comía rápidamente algunas palabras hasta que mi padre interrumpía y pedía que se comenzara de nuevo. Aprendí entonces que con Dios debemos hablar despacio, con seriedad y delicadeza.

También tengo grabada en mi memoria la posición que mi padre tomaba en esos momentos de oración. Él regresaba cansado del trabajo del campo y, después de la cena, se arrodillaba por tierra, apoyaba los codos en una silla y con la cabeza entre sus manos sin mirarnos, y sin hacer ningún movimiento o dando la menor señal de impaciencia. Yo pensaba: mi padre, que es muy fuerte, que manda en la casa, que guía los bueyes, que no se doblega ni siquiera ante el presidente municipal, ni ante los ricos o menos ante los malvados… mi padre delante de Dios se vuelve como un niño. Se transforma su aspecto cuando se pone a hablar con él!

Debe ser muy grande Dios, si mi padre se arrodilla ante él! Pero también debe ser muy bueno si se le puede hablar sin cambiarse de ropa. Todo lo contrario de él, a mi madre nunca la ví arrodillada. Ya por la noche ella estaba demasiado cansada, para hacerlo. Se sentaba en medio de nosotros con el más pequeño en brazos… Recitaba también ella las oraciones desde el principio hasta el final y no dejaba ni un momento de mirarnos, uno a uno pasaba su mirada en todos nosotros mientras continuaba a rezar, pero se detenía un tiempo más largo sobre los más pequeños. Ni siquiera se distraía cuando los pequeños la molestaban, ni mucho menos cuando se desataba la tormenta y los truenos y la lluvia estremecían la casa o si el gato jugueteando combinaba algunos problemas.

Y yo pensaba que debe ser muy sencillo Dios, si se le puede hablar cuando se tiene un niño en los brazos y puesto el delantal. Y debe ser también una persona muy importante si mi madre cuando le habla no hace caso ni al gato, ni al mal tiempo!

Las manos de mi padre y los labios de mi madre me han enseñado cosas importantes sobre Dios!”.

P. Salvador Murguía sdb

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Él sabe lo que quiere

Sentirse Amado

Hay un anhelo profundo y natural del ser humano por sentirse amado. Madurar, conocerse, ser auténtico, dejar las máscaras para ver el mundo con los propios ojos y de frente es una tarea en el amor. Una tarea que nace del encuentro con Aquél que lo creó y a través del cual se va conociendo y reconociendo.

John Henry Newman, un hombre con perspicacia espiritual reflexionaba así:

“Dios me ha creado para una misión concreta. Me ha confiado una tarea que no ha encomendado a otro. Tengo mi misión. Por eso confiaré en Él. Sea lo que sea, esté donde esté, jamás seré abandonado.

Si estoy en la enfermedad, mi enfermedad puede servirle; si en la perplejidad, mi perplejidad puede servirle; si estoy en el dolor, mi dolor puede servirle. Mi enfermedad o perplejidad, mi dolor puede ser la causa de un gran fin, que está muy por encima de nosotros.

Él no hace nada en vano; Él puede prolongar mi vida, o la puede acortar; Él sabe lo que quiere. Puede quitarme mis amigos, puede dejarme entre extraños, me puede hacer sentir desolado, hacer que mi espíritu se hunda, ocultarme el futuro. Aun así, Él sabe lo que quiere”.

P. Salvador Murguía sdb