Dios

Pedir para recibir

manos-abiertasCuando nos animamos a platicar con Dios con el corazón y con valentía, el Señor nos da la gracia, e incluso se da a sí mismo en la gracia: el Espíritu Santo, es decir, ¡a sí mismo! Nunca el Señor da o envía una gracia por correo: ¡nunca!

“¡La lleva Él mismo! ¡Él es la gracia! Y es Él que viene a traérmela. Es Él. Nuestra oración, si es valiente, recibe lo que pedimos, pero también aquello que es lo más importante para el Señor”. Esto lo dijo el Papa Francisco en mayo de 2013.

No se vale cansarse de pedir y de implorar a Dios por nuestras necesidades. Necesitamos pedir para poder recibir; ésa es la dinámica que usa Dios, pero hay que ser perseverantes en nuestras peticiones, hay que pedir con la fe y la convicción de que Dios conoce nuestras necesidades. Es necesario que busquemos, que no permanezcamos pasivos, que agotemos todas las posibilidades en esa búsqueda para encontrarnos con Dios y con nuestros hermanos en todos nuestros espacios interiores y exteriores. Debemos llamar para que nos abran las puertas, para que los demás nos abran sus corazones y nos dejen ver a Dios a través de sus ojos.

Nos corresponde también vivir atentos a las necesidades de las otras personas, colaborar en la búsqueda de los que creen no poder encontrar nada, acompañar y solidarizarnos con los que llaman y no parecen encontrar respuesta.

Cuando sean pocas nuestras fuerzas para pedir, basta con que nos pongamos en silencio en las manos de Dios para que él obre en nosotros y nos bendiga.

Si estamos cansados de buscar y no encontramos el camino, entregarnos en sus manos para que sea él el que nos encuentre y nos dé el alivio que tanto anhelamos, nos llenará de satisfacción. O si tal vez hemos perdido la capacidad para llamar dejemos que él nos hable al oído y nos conduzca por caminos de esperanza.

En los pocos momentos de oración profunda que tenemos durante nuestro día,  encontrarlo a Él, a Dios, le dará sentido a nuestra vida.

Se puede rezar así:

“Señor, abre mis oídos a lo que quieras de mí; ante mi desconfianza, dame seguridad;
cuando no te escuche, insiste una vez más; si aún no te hago caso, envíame una señal.
¡Susúrrame al oído! ¡Háblame en sueños! ¡Grítame fuerte! ¡Muéstrate descaradamente!
Dame pruebas. Haz lo que sea necesario. Vence mi terquedad y logra lo que quieras de mí”.

Mons. Salvador Murguía sdb

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Estar a la espera

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La espera no es una actitud muy común. No se suele pensar con mucha simpatía en la espera. De hecho, la mayor parte de la gente piensa que la espera es una pérdida de tiempo…; quizás porque la cultura que nos ha tocado vivir dice «¡Vamos, muévete!, ¡haz algo! ¡Demuestra que eres capaz de actuar! ¡No te quedes sentado ahí, esperando!»

Sin embargo, esperar es una actitud enormemente radical en la vida. La espera en la vida es confiar en que sucederá algo que supera con mucho nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios que actúe y quien determine nuestra vida. No entendemos porqué siempre queremos ser los protagonistas y no caemos en la cuenta que somos criaturas y fuimos creados por Dios.

Esperar es vivir con la convicción de que Dios nos va formando con su amor divino y no con nuestros temores y miedos. La vida espiritual es una vida en la que estamos a la espera, activamente presentes en el momento actual, esperando la novedad que acontecerá, novedad que va más allá de nuestra propia imaginación o previsión. Esta actitud, ciertamente, es muy radical en la vida en este mundo preocupado en controlar los acontecimientos.

P. Salvador Murguía sdb