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Dejarnos sorprender

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Viviendo los últimos minutos de este año y frenando la marcha de las compras y de los regalos, nos viene muy bien reflexionar y dejarnos sorprender. Ante una sociedad que nos está acostumbrando a tener seguridades, invitándonos a que no nos falte nada, a tener todo bajo control, a estar seguros y desde ahí fincar la felicidad…. Dios nos sorprende rompiendo todas nuestras seguridades y planes personales e interviene amándonos; y entre más nos ama, más nos sorprende. Así es la forma de intervenir de Dios. Cambia nuestros planes porque es Él y nos ama.

Pero cuando no nos sentimos amados y nos dejamos sorprender por Él nunca descubriremos nada nuevo en este mundo y cualquier signo que veamos será de fracaso. Lo habrás experimentado en muchas situaciones que en este año no salieron como las habías pensado; y otras que te han hecho tan feliz y ni las imaginabas.

María tuvo que admirarse ante lo que contaban de su Hijo unos pastores y porque se lo había revelado precisamente a ellos Dios. Hay que aprender de María a dejarnos decir de Dios por cualquier medio, en cualquier situación, también como Ella, por personas que no viven tan cerca de Dios lo que Dios quiere de nosotros. Acoger con cariño lo que sucede, aunque no se comprenda del todo con la razón, fue el modo como María se mantuvo cerca de su Dios: lo tenía entre sus manos, lo acogió en su seno, pero no logró comprenderlo más que con el corazón. Rumiaba cuánto le sucedía, lo guardaba en su interior, con tal de no perderse a su Dios.

Admirarse de las pequeñas alegrías de la vida y disfrutarlas es una fuente de alegría. Un paseo. Un abrazo. Una palabra agradable. Una película. Un buen partido. Un tiempo de silencio. Un día mirando paisajes. Una conversación honda y fácil. Un día de compras. Unas risas sobre cualquier tema. Una conversación profunda. Un intercambio enriquecedor. Unas palabras de aliento. Un “te quiero”. Un “siempre estoy contigo”. Un “te comprendo”. Un “para siempre”. Un día de no hacer nada. Una tarde de juegos. Una excursión a cualquier parte. Una mirada sincera.

Un hombre postrado en cama a causa de una enfermedad incurable le decía a su esposa: “Perdóname. Porque no puedo darte todas esas cosas que te hacen feliz. Un paseo por el campo, un viaje romántico, una ida a un lugar precioso. No puedo moverme de esta cama. Y tú sólo puedes curarme. Perdóname”.

Y su esposa le dijo conmovida: “No necesito paseos maravillosos, ni conocer lugares increíbles. No necesito lugares románticos, ni aventuras inolvidables. Para mí, el plan más duro, más triste, más complicado es toda una aventura si estás tú, es el más maravilloso y vivirlo contigo es el mayor tesoro. Y el plan más maravilloso sin ti, no merece la pena. Te lo aseguro. No lo cambio por nada. Puedo estar contigo. Puedo cuidarte. Eso me basta”.
Entre más nos ama, más nos sorprende, asi es Dios.