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Pequeño, grande y singular

Vaticano

Somos 1.200 millones de bautizados en la Iglesia Católica, es decir el 18% de la población mundial, pertenece al Estado más pequeño del mundo: el Vaticano. Unas sorprendentes estadísticas para la fisionomía de un Estado singular.

El papa Pío XI, que se desempeñó durante las dos guerras mundiales, luchó en Italia para lograr en los Pactos de Letrán la importancia de un Estado independiente, por pequeño que fuera, para mantener materialmente la actividad espiritual de la Iglesia Católica. Sobre el mapa, enclavado en la ciudad de Roma es, con sus 44 hectáreas, el Estado soberano más pequeño del mundo, una quinta parte de Mónaco. Sin embargo, el Vaticano cede el primer lugar al principado si se añaden las dependencias extraterritoriales, como las 55 hectáreas de la residencia de Castel Gandolfo, por ejemplo.

La población total del Vaticano llega a poco menos de 900 personas. Ni derecho sanguíneo ni derecho del suelo: aquí no hay nada de nacionalidad vaticana, sino un estatus temporal de ciudadano distribuido por el Papa en turno en reconocimiento de una función al servicio de la Iglesia.

Un hecho único: los ciudadanos del Vaticano son binacionales y menos de 300 residen allí. Los demás ciudadanos están de servicio en el extranjero, fundamentalmente, en las nunciaturas apostólicas. Podría decirse que el Vaticano es el primer país por su nivel de diáspora y su representación diplomática.

El Vaticano también es una de las siete monarquías absolutas del mundo. Es la única que ha abolido la pena de muerte. Incluso fue el quinto país europeo en prohibir las ejecuciones, en 1969, 12 años antes que Francia y ¡26 años antes que Bélgica!

Es también el único país cuya lengua oficial ya no se habla. El latín, utilizado en la lengua oral hasta la década de 1960, ha sido reemplazado poco a poco por el italiano en este enclave de Roma. Por supuesto, se escuchan otras lenguas en los pasillos de los museos y en la basílica: con 18 millones de turistas y peregrinos cada año, es el Estado soberano más visitado en relación a su número de habitantes.

Esta es una de sus numerosas paradojas: el ejército más pequeño del mundo hace de este Estado que promete la paz el país más militarizado, ya que el 20% de sus ciudadanos son soldados.

Con un centenar de empleados religiosos y casi 2.000 empleados laicos, con un 75% de hombres, la burocracia vaticana es dos veces más grande que su población. Sin embargo, este micro-Estado depende de los servicios públicos italianos (electricidad, agua, gas, recogida de basuras, etc.).

Pero lo que más atrae del Vaticano es la personalidad y la figura del Papa, su autoridad moral y su presencia en medio de las personas. Quien ha hecho una peregrinación a Roma, queda impresionado por la historia, porque se dice que “Roma es Eterna”, pero sin duda ha experimentado una transformación interior después de conocer al Papa.

P. Salvador Murguía sdb

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Compartir tiempo y vida

Vive

El P. Ángel Fernández relata que, conversando con un laico octogenario, éste le daba el consejo de que viviera apasionadamente la vida, que la exprimiera como se exprime un limón o un racimo de uvas para sacarle el jugo. Lo decía él, un hombre con una excelente formación intelectual, académica y religiosa. Y no quería decir que se debiera vivir alocadamente de acá para allá, o buscando, por insatisfacción, esto o lo otro. Se refería, más bien, a ese apasionante ejercicio de ser dueño de la propia vida, ese regalo recibido con verdadero don por el Señor de la Vida.

Y yo pensaba, continuaba el Padre: imaginémonos que existe un banco que cada mañana abona en nuestra cuenta persona la cantidad de ochenta y seis mil cuatrocientos euros.
Este extraño banco no arrastra nuestro saldo de un día para otro, sino que cada noche borra, de nuestra cuenta personal, el saldo que no hemos gastado.

Pues bien, cada uno de nosotros tenemos ese banco que se llama ¡TIEMPO!

Cada día ese banco, además de abonar cuenta nueva, elimina lo restante del día anterior. Nunca queda saldo. Si no se usa el saldo del día, es uno mismo quien lo pierde. No se puede dar marcha atrás. No existen cargos a cuenta del ingreso del día siguiente. Se debe vivir el presente con el saldo de hoy. Y es por eso que podemos preguntarnos sobre cuál es el valor que tiene el tiempo para una persona y para un creyente en Dios.

  • Para entender el valor de un año podemos preguntarle a algún estudiante que repitió curso.
  • Y para entender el valor de un mes le podemos preguntar a la madre que alumbró a un bebé prematuro.
  • Para entender el valor de una semana le preguntaremos al editor de un semanario.
  • Para entender el valor de una hora pueden ayudarnos los enamorados que esperan encontrarse muy pronto.
  • Para entender el valor de un minuto basta preguntarle al viajero que perdió el tren o el avión, justamente por un minuto de tiempo.
  • Para entender el valor de un segundo podemos preguntar a quien estuvo a punto de tener un accidente en un instante.
  • Para entender el valor de una milésima de segundo preguntémosle al deportista que ganó por esa diferencia de tiempo la medalla de oro en unas Olimpiadas.

… Así es el tiempo.

Y por eso creo que podemos desearnos unos a otros que atesoremos cada momento que vivamos, y ese tesoro tendrá mucho más valor si lo compartimos con personas tan especiales como para dedicarnos su tiempo.

Es cierto que el tiempo no espera a nadie y sigue su marcha; como creyentes sabemos que el tiempo es solo una medida, pero el don es justamente la vida misma, ese regalo maravilloso recibido por gratuidad, recibida como don de Dios, recibido para compartirlo y ser felices compartiéndolo.

P. Salvador Murguía sdb