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Sonreír más y llorar menos

Sonreir Mas

Con diciembre empieza un movimiento especial suscitado mucho por la dinámica del comercio pero el fondo de las cosas es más cristiano: la espera del nacimiento del Señor Jesús. Como toda espera crea en las personas muchas emociones, tensiones también y no se diga cambios de actitud. Y los sentimientos alterados y más bien positivos se dejan ver; pero también los sentimientos por este tiempo de navidad suscitan mucha soledad, tristeza y nostalgias en muchas personas; y este tiempo es cuando más se da esto.

Es verdad que nadie va a salir a la calle a gritar a los cuatro vientos que se siente solo, que necesita de amigos, pero lo que si podemos hacer es abrir un poco más los ojos (también el corazón) y fijarnos bien en la vida del otro. De nuestros amigos, padres, compañeros de trabajo, esposos, hijos, etc., y esforzarnos por cuidarlos más, por ser más atentos, por preguntarles cómo estuvo su día, por acompañarlos, por adelantarnos y darles la palabra positiva del día.

Podemos ayudar con pequeños detalles y gestos a que este mundo sonría más y llore menos. Así en la vida, algunos han sido llamados a buscarnos y a sostenernos pero todos hemos sido llamados a amar, a entregarnos por el otro y a descubrir el increíble poder que tenemos cuando decidimos trabajar en equipo, ser parte de un grupo, formar una familia o ayudar a un amigo a levantarse.

Todos hemos vivido momentos de soledad y hoy estamos invitados a agradecer a Dios porque seguramente estamos en una mejor posición; estamos más fuertes y también tenemos el don de ayudar a otros a que no se sientan abandonados.

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Abrir los ojos

Abrir Ojos

El hombre moderno está rodeado de una multitud de personas, súper conectado con todos, con acceso a observar cualquier parte del mundo desde cualquier lugar y en cualquier momento; pero también se encuentra más solo que nunca. Basta observar “con ojos de ternura y con corazón apasionado” a los demás, especialmente para ver los rostros indefensos, necesitados y sufrientes para darnos cuenta de esto.

El 30 de noviembre pasado se dio una situación como ésta, y por lo mismo triste, cuando en un vagón de la Línea 1 del Metro de la Ciudad de México, un hombre de aproximadamente 70 años de edad, tomando el transporte a media tarde, se sienta en la parte del vagón destinada a mujeres embarazadas, discapacitados y ancianos y se queda reclinado sobre la barandilla de protección de su asiento.

En ese ambiente del Metro poblado de voces, de ruidos, de presencias, el que se le conoce ya en la prensa mexicana como “el hombre de la tercera edad” reclinó su cabeza a media tarde y hasta la medianoche, cuando los inspectores fueron a hacer su ronda de supervisión, nadie supo que no estaba dormitando, sino que estaba muerto.

Habrá recorrido más de 150 kilómetros y habrá sido visto por varios cientos de personas y nadie se percató –en el anonimato de la metrópoli—que el pasajero sin nombre, vestido si no elegante, al menos muy correctamente (zapatos mocasines de color marrón; pantalón beis, camisa azul y chaqueta azul claro), había pasado a mejor vida. El cadáver permaneció dando vueltas en el vagón hasta el cierre del servicio, a las 23:45 pm.
Nadie ha reclamado, hasta el momento, su cadáver. Nadie ha dicho nada sobre su sepultura. Un solitario más que deja la vida sin que nadie, de los miles que lo rodean, se entere de nada. Dormirse y morirse en la más completa soledad.

Mirar con otros ojos la soledad de las personas.

P. Salvador Murguía sdb