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Ya no tienes padre

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Ayer fue el cumpleaños de Don Bosco, pues nació un día como hoy, el 16 de agosto de 1815, es decir hace 201 años y desde ese día las cosas han cambiado para él, para su familia y para mucha gente en el mundo y seguirán cambiando. Pero todo se inició en el seno de una familia y no precisamente con todas las bondades a su favor, sino más bien con grandes dificultades que hicieron que se forjara el carácter de el más pequeño de los hijos. Y detrás de él siempre, una mujer, su Madre.

El primer hecho que marca a fondo la vida de Don Bosco es la muerte de su padre. Don Bosco lo recuerda así en sus Memorias autobiográficas: «No tenía yo aún dos años cuando Dios nuestro Señor permitió en su misericordia que nos turbara una grave desgracia.

Un día, el amado padre, en plena robustez, en la flor de la edad, deseoso de educar cristianamente a sus hijos, de vuelta del trabajo, entró descuidadamente en la bodega, subterránea y fría. El enfriamiento sufrido se manifestó hacia el anochecer por una fiebre alta, precursora de gran resfriado. Todos los cuidados resultaron inútiles, y en pocos días se puso a las puertas de la muerte. Confortado con todos los auxilios de la religión, después de recomendar a mi madre confianza en Dios, expiraba, a la edad de treinta y cuatro años, el 12 de mayo de 1817.

De aquellos días tengo un solo recuerdo, el primer recuerdo de mi vida: todos salían de la habitación del difunto, pero yo no quería salir de allí a toda costa.

Mi madre me decía:
-Ven, Juan, ven conmigo.
-Si no viene papá, no quiero ir -respondí.
-Pobre hijo, ya no tienes padre, y dicho esto, se echó a llorar; me cogió de la mano y me llevó a otra parte, mientras lloraba yo viéndola llorar a ella. Y es que, en aquella edad, no podía ciertamente comprender cuán grande desgracia es la pérdida del padre. Este hecho sumió a la familia en una gran consternación».

Cuando contaba a sus muchachos aquel acontecimiento, añadirá: «Aquellas palabras: “Ya no tienes padre”, nunca las olvidé» (MB 1,36; 1,45).
Margarita, la mamá de Juan Bosco, cuando su marido murió tenía sólo veintinueve años. Demasiado joven para soportar el peso (tres hijos, la suegra semiparalizada en un sillón, casita y campos apenas suficientes para la supervivencia).

Pero no gastó muchos días en compadecerse de sí misma. Se remangó y comenzó a trabajar. Como otras campesinas de sus pueblos, cortaba la hierba, araba, sembraba, segaba el trigo, preparaba las gavillas, las llevaba a la era, trillaba. Recalzaba las viñas, pensaba en la vendimia y en la elaboración del vino. Juan aprendió de su madre a ser valiente y fuerte ante el dolor y el sufrimiento, admirador de valientes y compasivo y misericordioso con los pobres.

Quien iba a pensar que el muchacho que se quedó huérfano y pobre, llegaría a ser proclamado como el Padre y el tesoro más querido por los jóvenes.
No nos sorprenden las palabras programáticas de otro santo, Giuseppe Benedetto Cottolengo que aconsejaba a Don Bosco, “llevar unas vestiduras más resistentes porque serían muchos los que se colgarían de ellas”.

Así fueron los planes de Dios en la vida de Don Bosco y también en la vida de cada uno de nosotros así son.

¡Feliz Fiesta!

 

P. Salvador Murguía sdb

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Se sentía querido

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«Aunque me quedara sólo un pedazo de pan, lo compartiría contigo», es una de las grandes frases dichas por Don Bosco. Expresa todo su amor a los muchachos pobres.

Un día Don Bosco buscando dinero para sus muchachos, entra en peluquería para que le rasuraran la barba. El muchachito se había acercado para enjabonarlo. Don Bosco comenzó en seguida a hablarle, como hacía con todo muchacho que encontraba:
-Yo me llamo Don Bosco. ¿Y tú?
-Carlitos Gastini.
-¿Y cuántos años tienes?
-Once.
-Eres pequeño y trabajas ya muy bien. ¡Bien! ¿Ha sido tu papá quien te ha enseñado a trabajar?
-No. Mi papá ha muerto.
-Oh, pobrecito, lo siento. También yo perdí a mi papá cuando era pequeño. Sólo tenía dos años. Mi mamá ha trabajado mucho para yo creciera bien. Creo que también la tuya te querrá mucho.
-Sí, aunque está lejos. Y a veces lloro pensando en ella.

El enjabonado está acabado. El muchacho se aparta.
-¿Por qué te vas ahora? ¿No me afeitas?
-No, eso lo hace el patrón. Yo sólo puedo usar la brocha.
-Apuesto a que, en cambio, sabes usar muy bien la navaja. Ánimo!, tómala y aféitame. Soy sólo un sacerdote y, si vuelvo a casa con alguna cortada, nadie me dice nada.

El patrono oye y acude:
-Pero ¿qué dice, reverendo? El muchacho todavía no es práctico y yo no quiero que se pueda decir que en mi barbería ¡se corta la nariz a los sacerdotes!
-Pero Carlitos no me cortará la nariz. Venga, dígale que tome la navaja y haga la primera prueba en mí. Alguna vez deberá comenzar. ¡Ánimo, Carlitos, yo me fío de ti!

Carlitos, visto que el patrono alzó los hombros en señal de que se rendía, toma la navaja, la pasa varias veces por el cuero para afilarla y luego la acerca a la cara de Don Bosco y con la máxima concentración comienza el trabajo.

Por las mejillas todo va óptimamente, pero alrededor de aquel mentón delgado y huesudo de Don Bosco, el chico suda para afeitar la barbilla y nada más. Acaba orgulloso y sudando; temblando como una hoja.

-¡Bien, Carlitos! -le dice Don Bosco olvidando los tirones un poco bruscos y un par de cortes que sangraban-. Te lo he dicho: eres un campeón. Desde ahora, si paso por estos lugares, vendré a dejarme afeitar por ti. Pero querría que también tú vinieses alguna vez donde vivo yo: en el Oratorio de Valdocco, frente a la rotonda de la horca. Hay muchos muchachos que van a jugar los domingos. Cuando estés libre, ven también tú. Seremos amigos.
El chico, Carlitos Gastini comenzó a frecuentar el Oratorio todos los domingos.

Más tarde, un día Don Bosco no volvió a verlo. Fue a buscarlo (él «sentía» la falta de un muchacho, y sufría gran pena). Lo encontró cerca de la barbería llorando:
-¡Carlitos! ¿Qué te ha pasado?
-Ha muerto mi mamá. Y el patrón me ha despedido porque ya nadie paga la menestra para mí.
Lloró con desesperación apoyado en Don Bosco, y con sollozos decía:
-¿Y ahora adónde voy?
-¿Adónde vas? Ven conmigo. ¿Somos o no somos amigos? Mira, yo soy un pobre sacerdote, pero aunque me quedara sólo un pedazo de pan, lo compartiría contigo.

Mamá Margarita preparó una cama más, y Carlitos encontró una nueva familia.
Permaneció cinco años en el Oratorio. Llegó a ser un hombre de bien. Pero cuando hablaba de Don Bosco, aún después de la muerte de su gran amigo, lloraba como un niño y decía: «Me quería mucho».