Don Bosco y la formación de los jóvenes

Don Bosco siguió siempre el binomio educativo de formar “buenos cristianos y honrados ciudadanos” en su propuesta educativa, ya sea con una formulación u otra, quizá con matices diversos dependiendo de los interlocutores.  Pero el tema de la relación entre educación de los jóvenes y el bien de la sociedad, junto con la salvación eterna, es siempre una constante. De hecho, este binomio es utilizado con estas formulaciones a lo largo de los años:

→ Ser honrados ciudadanos y buenos cristianos (1857)

→ Ser buenos cristianos y honrados artesanos (1857)

→ Que todos puedan ser buenos ciudadanos y buenos cristianos (1862)

→ Hacer de todos buenos cristianos y honrados ciudadanos (1872)

→ Educar a la juventud para el honor del cristiano y el deber del buen ciudadano (1873)

→ Se convirtieron en buenos cristianos y honrados ciudadanos (1875)

→ Hacer el poco bien que pueda a los jóvenes abandonados, trabajando con todas las fuerzas para que sean buenos cristianos ante la religión, honrados ciudadanos en medio de la sociedad civil (1876)

→ Preparar buenos cristianos para la Iglesia, honrados ciudadanos para la sociedad civil (1877) 

Don Bosco y su encuentro con Gris


De las Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales (84):

El perro Gris fue ocasión de muchas conversaciones y de no pocas hipótesis. Muchos de ustedes lo habrán visto y hasta acariciado. Pero en este momento, dejando aparte las historias imaginarias que se cuentan, voy a exponer la pura verdad.

Los frecuentes atentados de los que era objeto me habían enseñado que no podía salir ni volver solo a Turín. Por entonces el edificio más cercano al Oratorio era el del Manicomio y de ahí hacia abajo no había sino maleza y acacias. 

Una tarde bastante oscura, y con un poco de miedo también porque la hora estaba ya algo avanzada, veo junto a mí un enorme perro que, a primera vista, me espantó; pero como no se mostraba agresivo conmigo, sino por el contrario, juguetón como si yo fuera su dueño, nos hicimos amigos y me acompañó al Oratorio. Algo parecido sucedió en otras ocasiones, de manera que puedo decir que el “Gris” acabó prestándome importantes servicios.

Veamos algunos. A fines de noviembre de 1854, en una tarde nublada y lluviosa, volvía de la ciudad y, para andar lo menos posible por el despoblado, tomé el camino que va desde la Consolata al Cottolengo. De repente me di cuenta de que dos hombres me seguían a poca distancia. Si yo aceleraba el paso ellos también, y lo mismo si lo retrasaba. 

Cuando intentaba pasar a la otra parte, para no tropezarme con ellos, hábilmente se me colocaron delante. Quise desandar el camino pero no alcancé, pues me fue imposible, porque ellos de improviso, sin decir palabra, con un salto me echaron una capa encima. Hice cuanto pude por no dejarme envolver, pero fue inútil. Aún más, uno se empeñó en amordazarme con un pañuelo. Quise gritar, pero ya no pude. 

En aquel preciso momento apareció el Gris y aullando como un oso se abalanzó con las patas delanteras contra uno y con el hocico abierto contra el otro, de modo que tenían que vérselas con el perro antes que conmigo.

— “¡Llame a ese perro!”, se pusieron a gritar aterrados.

— “Ya lo voy a llamar, pero ustedes respeten a los transeúntes”.

— “¡Llámelo, ya!”, insistían, pero el Gris continuaba como un lobo o un oso enfurecido.

Reemprendieron ellos su camino y el perro, siempre a mi lado, no me dejó solo hasta llegar al Cottolengo. Una vez allí me restablecí del susto y me reconforté con un buen vaso de vino de esos que siempre sabe ofrecer oportunamente aquella Casa. Después, con una buena escolta seguí al Oratorio.

Siempre que bajaba al anochecer solo, al pasar los últimos edificios, veía salir al Gris por algún lado del camino. Muchas veces lo vieron los muchachos del Oratorio y hasta en una ocasión nos sirvió de entretenimiento. Lo habían visto entrar al patio y querían correrlo a palos o sacarlo a pedradas.

— “No lo molesten” —dijo Buzzetti— es el perro de Don Bosco”.

Entonces empezaron a acariciarlo y me lo llevaron. Estaba yo en el comedor con algunos clérigos y sacerdotes y con mi madre. Ante la inesperada visita todos quedaron perplejos:

— “No le tengan miedo” —les dije— “es el Gris, déjenlo que se acerque”.

En efecto, después de dar una vuelta a la mesa, se puso a mi lado muy contento. Lo acaricié y le ofrecí comida, pan y carne; pero no quiso comer; y ni siquiera quiso olfatear lo que se le ofrecía.

— “Entonces, ¿ qué quieres?”, le dije. Se limitó a sacudir las orejas y a mover la cola.

“Entonces, o comes, o bebes, o quédate ahí tranquilo”, le dije. Él seguía contento con la cabeza apoyada sobre el mantel. Parecía estarme deseando una buena noche. Luego los chicos, encantados y alegres, lo acompañaron hasta la puerta de salida. Esa noche, lo recuerdo muy bien, había llegado bastante tarde y un amigo me había traído en su coche.

La última vez que vi al Gris fue el año 1866, cuando desde Murialdo iba a Moncucco, a casa de Luis Moglia, mi amigo. El párroco de Buttigliera me acompañó por un buen trecho, después, cuando ya atardecía quedé solo y la noche me sorprendió de camino. Yo pensaba: “¡Oh, qué oportuno hubiera sido, haber traído a mi Gris!” 

Me subí luego a un barranco para ver las últimas luces cuando, en ese preciso momento, apareció el Gris que venía a mi encuentro entre grandes muestras de alegría e hizo conmigo el trecho de camino que me faltaba, unos tres kilómetros. Llegando a la casa en donde se me esperaba, me hicieron dar la vuelta para que evitara que mi perro se pusiera a pelear con dos grandes mastines que tenían para cuidarla.

— “Se despedazarían en caso de pelearse”, decía el señor Moglia.

Entre los de la familia nos entretuvimos hablando y fuimos a cenar mientras mi compañero estuvo descansando en un rincón de la sala. Cuando terminamos dijo mi amigo:

— “Le daremos de comer también al Gris”, y le llevó algo pero no pudo encontrarlo por más que lo buscó en la habitación y por todas partes.

Hubo asombro general porque no estaba abierta ni la puerta ni la ventana y tampoco los perros de la casa habían dado la menor alarma. Se volvió a buscarlo en la parte superior, pero fue inútil. Nadie pudo encontrarlo.

Esto es lo último que sé de ese animal que ha sido objeto de tantas preguntas y discusiones. Nunca pude conocer a su dueño. Sólo sé que aquel animal fue para mí una presencia providencial en muchas de las situaciones peligrosas en que me encontré.

Boletín Salesiano de Argentina