Mes: octubre 2017

Los limpiachimeneas

DB Limpiachimeneas

En la plaza de San Carlos y delante de la catedral, Don Bosco encontró las caras de pequeños limpiachimeneas. Hablando con ellos (los limpiachimeneas tenían mucho respeto a los sacerdotes), pudo conocer su historia. Dijo:

«¡Cuántos jóvenes buenos he encontrado entre los limpiachimeneas! Su cara estaba negra, pero, ¡qué hermosa era su alma!».

Cuando en los valles de Lanzo, de Aosta, de Saboya, del Cantón Ticino, comenzaba la estación invernal, el pan escaseaba. Entonces los padres acompañaban a sus hijos con un adulto, jefe de los limpiachimeneas, escogido por su honradez y experiencia. Él los acompañaría en carros tirados por mulos, a Francia, a Suiza o al Piamonte.

En los pueblos y en las ciudades las chimeneas comenzarían pronto a calentar las casas (entonces no existían los radiadores, y las casas se calentaban quemando leña o carbón en las chimeneas). Para que el funcionamiento de las chimeneas fuese bueno hacía falta limpiadas del hollín acumulado el año anterior.

Después de seis o siete meses de trabajo, el jefe de los limpiachimeneas tenía que acompañar a los muchachos entregando por cada uno a sus padres 25-30 liras (un obrero, en aquellos tiempos, ganaba 1-2 liras al día). Durante el trabajo, el jefe de los limpiachimeneas se comprometía a procurar un kilo de pan cada día a cada muchacho. Menestra y carne tenían que pedirlas como limosna en las casas donde raspaban las chimeneas.

La madre hacía tres recomendaciones al jefe limpiachimeneas: hacerle decir una oración por la mañana y por la noche, no dejarle caer en el vicio de fumar, y estar atentos para que no fuera atropellado por los carros.

Cada jefe limpiachimeneas tenía una zona propia, subdividida en barrios. Cada barrio estaba servido por un jovencito de quince a dieciocho años, ya suficientemente desarrollado para trepar por la campana de la chimenea. Vigilaba un equipo de pequeños limpiachimeneas de siete a diez años. El limpiachimeneas pequeño y débil tenía que hacer el trabajo más duro: trepaba por el interior de la chimenea sirviéndose de las manos, de los codos, de las rodillas y de los pies. Subiendo, con una pequeña escofina desconchaba el hollín agrumado en las paredes. Durante un día de trabajo, un pequeño limpiachimeneas era capaz de limpiar hasta quince chimeneas.

El jefe limpiachimeneas alquilaba un salón o un desván, donde los limpiachimeneas dormían sobre paja y pasaban los días cuando tenían fiebre. Porque aquel trabajo obstruía los pulmones de los pequeños, producía bronquitis, pulmonías, tuberculosis. Y cuando un pequeño resbalaba y se caía de la chimenea, podía hacerse mucho daño. Todos los años había que contar con la muerte de alguno.

Desde el día de su primer encuentro, Don Bosco prestó una atención especial por los jóvenes limpiachimeneas; muchos de ellos formarán las filas de los primeros salesianos.

P. Salvador Murguía sdb

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