El pequeño prestidigitador y saltimbanqui

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Juan ha visto un ejército de muchachos, en el sueño. Aquel Señor y aquella Señora le han invitado a hacerles el bien. ¿Por qué no comenzar en seguida? Muchachos, ya conoce bastantes: los compañeros de juegos, los pequeños mozos que viven en los caceríos espacidos por los campos. Muchos son buenos muchachos, pero otros son vulgares, blasfemos.

En invierno, muchas familias pasaban juntas la velada en un establo grande, donde los bueyes y las vacas hacían de radiadores. Mientras las mujeres hilaban y los hombres fumaban la pipa, Juan comenzó a leer a sus amigos los libros que le prestaba don Lacqua: Guerino Meschino, La historia de Bertoldo, Los Pares de Francia. Tuvo éxito fulminante. “Todos me querían en el establo -cuenta él-. A mis compañeros se unía gente de toda edad y condición. Todos gozaban pudiendo pasar la velada escuchando sin moverse al pobre lector de pied sobre un banco para que todos pudieran verlo”. Escribe aún: “Antes y después de mis cuentos, hacíamos todos la señal de la Santa Cruz con el rezo del Avemaría”.

En el buen tiempo las cosas cambian. Las historias ya no interesan. Para reunir a sus amigos, Juan comprende que debe hacer algo “maravilloso”. Pero, ¿qué?

Las trompetas de los saltimbanquis resuenan en la colina vecina. Es día de feria. Juan va con su madre. La gente compra, vende, discute, enreda. Y se divierte. Se amontona alrededor de los prestidigitadores y de los acróbatas. Juegos de prestigio, ejercicios de destreza hascen quedarse con la boca abierta a los campesinos. He aquí lo que podría hacer también él. Es preciso que se ponga a estudiar los secretos de los equilibristas y los trucos de los prestidigitadores.

Pero los grandes espectáculos se ven sólo en las fiestas patronales: los equilibristas bailan en la cuerda, los prestidigitadores hacen el “juego de los cubiletes”. Es decir, los juegos de prestigio más espectaculares: sacar palomas y conejos de los sombreros, hacer desaparecer a una persona, partirla en dos partes y luego hacerla aparecer íntegra. Muy admirados son también los “sacamuelas sin dolor”.

Pero para ver estos espectáculos se paga el billete, dos perras. ¿De dónde sacarlas? Margarita, consultada, responde:
-Arréglate como quieras, pero no me pidas dinero. No lo tengo.

Juan se arregla. Caza pájarons y los vende, fabrica cestos y jaulas y los contrata con los ambulantes, recoge hierbas medicinales y las lleva al boticario de Castelnuovo.

De este modo logra ponerse en las primeras filas de los espectáculos. Observando atentamente, comprende el equilibrio que en la cuerda da aquella asta larga y sutil que se llama el “balancín”, nota el rápido movimiento de los dedos que esconden el truco de los prestidigitadores.

En casa intenta hacer los primeros juegos. “Me ejercitaba en ellos días y días hasta aprenderlos”. Para hacer salir los conejos del sombrero, para caminar sobre la cuerda, hacen falta meses de ejercicio, de constancia, de porrazos. “Puede ser que no me creáis -escribe Don Bosco-, pero a mis once años hacía juegos de manos, daba el salto mortal, hacía la golondirna, caminaba con las manos andaba, saltaba y bailaba sobre la cuerda como un profesional”.

Una tarde de domingo, en pleno verano, Juan anuncia a los amigos su primer espectácilo. Sobre una alfombra de sacos extendidos sobre la hierva, hace milagros de equilibrio con frascos y cacerolas sostenidos en la punta de la nariz. Hace abrir la boca a un pequeño espectador y saca de él decenas de pelotitas coloradas. Trabaja con la varita mágica. Y, al final, salta sobre la cuerda y camina por ella entre los aplausos de los amigos.

La voz corre de casa en casa. El público crece: pequeños y grandes, muchachas y muchachos, incluso personas ancianas. Son los mismos que en los establos le oían leer Los Pares de Francia. Ahora le ven hacer salir de la narizota de un campesino ingenuo una fuente de monedas, cambiar el agua en vino, multiplicar los huecos, abrir el bolso de una señora y hacer volar una paloma viva. Ríen, aplauden con las manos.

Antes del numero final, sacaba del bolsillo el Rosario, se arrodillaba e invitaba a todos a rezar. O repetía el sermín escuchando por la mañana en la parroquia. Era la oferta que pedía a su público, el billete que hacía pagar a pequeños y grandes.

Luego, el final brillante. Ataba una cuerda a dos árboles, se subía, caminaba sosteniendo un rudimental balancín, entre silencios repentinos y ovaciones frenéticas. “Después de algunas horas de estas recreaciones -escribe-, cuando yo estaba bien cansado, cesaban todos los juegos, se hacía una breve oración y cada uno se iba a su casa”.

PISTA DE REFLEXIÓN

Juan Bosco no sólo hacía que sus compañeros se divirtieran, sino que los invitaba a rezar. Rezar quiere decir hablar con Dios, y es una de las cosas más importantes de la vida.

¿Rezo durante el día?

¿Por la mañana?, ¿el domingo, participando en la Misa?, ¿antes de las acciones más importantes pido al Señor que me ayude?, ¿despiés de un acontecimiento feliz le digo “gracias”?.

Después de haberle ofendido, ¿le pido perdón?

¿Le rezó por mi papá, mi mamá, mis seres queridos?

ORACIÓN

Oh Padre y maestro de la juventud, San Juan Bosco, que tanto trabajaste por la salvación de las almas, sé nuestro guía en buscar nuestra salvación y la salvación del prójimo.

Ayúdanos a vencer las pasiones y cuidar el respeto humano.

Enséñanos a amar a Jesús Sacramentado, a María Santísima Auxiliadora y a la Iglesia.

Alcánzanos de Dios una santa muerte para que podamos encontrarnos juntos en el cielo. Amén.

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