Mes: enero 2017

Un sacerdote por las calles

San Juan Bosco5 de junio de 1841. El arzobispo de Turín extiende las manos sobre la frente de Juan Bosco arrodillado a sus pies. Invoca al Espíritu Santo para que venga y lo consagre para siempre. Cuando se levanta, ya es sacerdote, es Don Bosco.

Su primera Misa la celebra en el altar del Ángel de la Guarda. Declara así que quiere llegar a ser un ángel que custiodiará, ayudará dará fuerza a todos los muchachos que encuentre. La segunda Misa la celebra en el altar de la Virgen en el gran santuario de Turín llamado “de la Consolata”. Alzando los ojos, ve a la <<Señora esplendente como el sol>> que le llamó a los nueve años y que le ha ido conduciendo hasta aquí.

El jueves es la fiesta del Cuerpo del Señor: Don Bosco dice su primera Misa en Castelnuovo. Luego va a su casa de Los Becchi. Don Bosco, veintiséis años, está en el patio delante de su pobrisima casita. A su lado está Mamá Margarita, cincuenta y tres años. A su alrededor está el campo verde que le ha visto crecer, jugar, recorrer sus senderos en busca de nidos, o con los libros bajo el brazo yendo a la escuela. Lento, como todos los diálogos de los campesinos, se desarrolla el diálogo entre Don Bosco y su madre:
-Ya eres sacerdote. ¿Qué piensas hacer?
-Yo creo, mamá, que los muchachos desbandados vistos en el sueño no están entre estas colinas, sino que me esperan en la ciudad. Iré a Turín a trabajar como sacerdote.
-La ciudad puede ser difícil también para ti. Puede desbandarse un muchacho, pero puede desbandarse también un sacerdote joven. Ve a aconsejarte con don Cafasso. Siempre te ha dado buenos consejos.

Don Cafasso lo escucha. Luego le dice con calma:

-Tu sitio es Turín. Ven a vivir aquí, en el Colegio Eclesiástico. Y mientras tanto, vas por la ciudad, mira a tu alrededor. Dios te dirá lo que quiere de ti.

En el colegio, al lado de la iglesia de San Francisco de Asís, viven 45 sacerdotes jóvenes, que se preparan durante dos años a ser apóstoles en la ciudad de Turín. Desde los primeros días, Don Bosco va por la ciudad. Quiere hacerse una idea de los jóvenes. Queda desconcertado. Las periferias, los suburbios, son zonas de explotaciones y de miseria. Adolescentes vagabundean desocupados por las calles, pendencieros, blasfemos, dispuestos a intentar cualquier aventura para abrirse camino en la vida.

Al lado del mercado general de la ciudad, descubre un verdadero “mercado de brazos jóvenes”: en una zona de Puerta Palazzo encuentra un hervidero de <<merceros ambulantes, vendedores de fósforos, limpiabotas, barrenderos, mozos de cuadra, distribuidores de folletos, criados de los negociantes en el mercado, todos pobres muchachos que vivían al día, buscando algún oficio, con tal de poder seguir viviendo>>

ORACIÓN

Oh Padre y maestro de la juventud, San Juan Bosco, que tanto trabajaste por la salvación de las almas, sé nuestro guía en buscar nuestra salvación y la salvación del prójimo.

Ayúdanos a vencer las pasiones y cuidar el respeto humano.

Enséñanos a amar a Jesús Sacramentado, a María Santísima Auxiliadora y a la Iglesia.

Alcánzanos de Dios una santa muerte para que podamos encontrarnos juntos en el cielo. Amén.

El viejo sacerdote y el muchacho de 14 años

don-calossoEn septiembre de 1829 (Juan tenía catorce años de edad y acababa de regresar de la granja Moglia), a Morialdo había ido a establecerse como capellán don Juan Melchor Calosso, sacerdote de unos setenta años, que había renunciado unos años antes a la parroquia de Bruino. Era un sacerdote venerable, cargado de años y de experiencia pastoral. En noviembre hubo una <<misión predicada>> en el pueblo de Buttigliera. Fue también Juan, y también don Calosso. Mientras volvía a casa, el viejo sacerdote notó entre la gente a aquel muchachito de catorce años que iba solo.

-¿De dónde eres, hijo mío?
-De Los Becchi. He ido al sermón de los misioneros.
-Quien sabe qué habrás entendido con tantas citas en latín -y sacudió la cabeza blanca sonriendo- Tal vez tu mamá te habría podido hacer un sermón más oportuno.
-Es verdad, mi madre me da muchas veces buenos sermones. Pero me paree que he entendido también a los misioneros.
-A ver, si me dices cuatro palabras del sermón de hoy, te daré cuatro peras.

Juan comenzó tranquilo y recitó al capellán el sermón entero, como si lo leyera en un libro.
Don Calosso no dejó transparentar su emoción, y le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Juan Bosco. Mi padre murió cuando yo era todavía un niño.
-¿Qué clase has hecho?
-He aprendido a leer y a escribir por medio de don Lacqua, en Capriglio. Me gustaría seguir estudiando. Pero mi hermano mayor no quiere saber nada y los párrocos de Castelnuovo y Buttigliera no tienen tiempo para ayudarme.
-¿Y para qué querrías estudiar?
-Para ser sacerdote.
-Di a tu mamá que venga a verme en Morialdo. Tal vez podría echarte una mano, aunque soy anciano.

Margarita, sentada delante de la mesa de Don Caloso, le oyó decir:

-Su hijo es un prodigio de memoria. Es preciso que se ponga a estudiar en seguida, sin perder más tiempo. Yo soy viejo, pero todo lo que yo pueda hacer todavía, lo haré.

Se pusieron de acuerdo en que Juan habría estudiado con el capellán, no distante de Los Becchi. A casa iría sólo a dormir. Sin embargo, en los momentos de más trabajo en el campo, habría ayudado a los suyos. Juan obtuvo de golpe lo que le había faltato tanto tiempo: confidencia paterna, sentido de seguridad, confianza.

<<Me puse en seguida en las manos de don Calosso -escribe-. Me di a conocer a é tal como era. Le manifestaba con naturalidad mis deseos, mis pensamientos y mis acciones. Así conocí cuánto vale un director fijo, un amigo fiel del alma, pues hasta entoncesno lo había tenieo. Me prohibió enseguida, entre otras cosas, una penitencia que yo acostumbraba a hacer y que no era proporcionada a mi edad. Me animó a frecuentar la confesión y comunión, y me enseñó a hacer cada día una breve meditación y un poco de lectura espiritual>>.

<<Con él morían todas mis esperanzas>>

Alrededor de septiembre de 1830 (tal vez para acabar con toda tensión posible con Antonio) fue establecerse con don Calosso aun por la noche. Volvía sólo una vez por semana para cambiarse de ropa. Los estudios progresaban rápidamente y bien. Don Bosco recordaba estos días con palabras de entusiasmo: <<Nadie puede imaginar mi gran alegría. Don Calosso se convirtió para mí en un ídolo. Le quería más que a un padre, rezaba por él y le servía con ilusión en todo. Aquel hombre de Dios me apreciaba tanto, que me dijo varias veces:

-No te preocupes de tu porvenir; mientras yo viva, nada te ha de faltar; y, si muero, también proveeré.

Me consideraba feliz en todo y nada del mundo deseaba, cuando un desastre truncó el camino de mis esperanzas>>.

Una mañana de noviembre de 1830, mientras Juan está en su casa para cambiar el hatillo de la ropa, llega una persona para decirle que don Calosso se encontraba grave.

<<Más que correr, volé>>, recuerda Don Bosco. Había sufrido un infaró. Reconoció a Juan, pero no logró hablarle. Le indicó la llave de una cajita, indicando por señas que no la entregara a nadie.

Y todo acabó. Al muchacho no le quedó sino llorar desesperadamente sobre el cadáver de su segundo padre. <<Con él morían todas mis esperanzas>>
Me quedaba todavía una esperanza: la llave. En la cajita había 6,000 liras. Por las señas de don Calosso resultaba evidente que eran para él, para su porvenir. Se lo confirmaban algunos que habían asistido al moribundo. Algún otro sostenía, en cambio, que los gestos de un moribundo no quieren decir nada: sólo un testamento regular da o quita derechos.
Los sobrinos de don Calosso, cuando llegaron, se comportaron como personas honradas. Se informaron y luego dijeron a Juan:
-Parece que nuestro tío quería dejarte a ti este dinero. Toma todo lo quieras.

Juan se quedó pensando; luego concluyó:
-No quiero nada.

Ahora Juan estaba de nuevo solo. Tenía quince años y se encontraba sin maestro, sin dinero, sin planes para el futuro. <<Lloraba inconsolable>>, escribe.

ORACIÓN

Oh Padre y maestro de la juventud, San Juan Bosco, que tanto trabajaste por la salvación de las almas, sé nuestro guía en buscar nuestra salvación y la salvación del prójimo.

Ayúdanos a vencer las pasiones y cuidar el respeto humano.

Enséñanos a amar a Jesús Sacramentado, a María Santísima Auxiliadora y a la Iglesia.

Alcánzanos de Dios una santa muerte para que podamos encontrarnos juntos en el cielo. Amén.