No dejes de soñar

pasos

Me gustan estos dias pensar cuando Jesús nace. Me gusta pararme cansado a mirar su rostro alegre y misterioso del niño. El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará. Nos hará bien dejar estas cosas para encontrar de nuevo en la sencillez del Niño Dios, la paz, la alegría, el sentido luminoso de la vida.

Qué cosa más hermosa contemplar la alegría y la esperanza en el rostro del matrimonio joven cuando tienen su primer bebé; como ellos, hoy también es bello dejarse interpelar por el Niño en el pesebre, pero dejarnos interpelar también por los niños que, hoy, no están recostados en una cuna ni acariciados por el afecto de una madre ni de un padre, sino que yacen en los escuálidos “pesebres donde se devora su dignidad”: en el refugio subterráneo para escapar de los bombardeos, sobre las aceras de una gran ciudad, en el fondo de una barcaza repleta de emigrantes. Dejémonos interpelar por los niños a los que no se les deja nacer, por los que lloran porque nadie les sacia su hambre, por los que no tienen en sus manos juguetes, sino armas.

Me gusta repetir con voz bajita y en forma lenta, como si se las dijera a un bebé en su cuna, las palabras de una poesía que me encontré:

No dejes de soñar nunca, niño, porque aún no amanece. No dejes de esperar alegre a Jesús que te quiere. Confía en su voz callada. En su abrazo tenue. No dejes de soñar nunca, niño, porque aún no amanece. Lucha cuando estés cansado. Ama sintiendo el rechazo. Corre perdiendo el aliento. Deja de lado las penas. Escribe con trazo firme el principio de una historia. Deja que la paz sea fuerte dentro de tu alma inquieta. No dejes de soñar, nunca, niño porque aún no amanece. Y siembra luces en sombras. De esas que nunca se mueren. De esas que encienden la tierra. Y alegran las almas tristes. No dejes de soñar nunca, niño, porque aún no amanece. Y hacen falta niños con una fe grande. Con un alma honda. Y abierta sonrisa. Hace falta siempre que el alma se abra. En la noche santa cuando Jesús nace. No dejes de soñar nunca, niño, porque ya amanece”.

Y me siento yo como ese niño que sueña fuerte. Que sueña siempre. No quiero dejar que pase esta noche delante de mis ojos dormidos. No quiero que pase la Navidad sin cambiarme el alma, porque espero tantas cosas de Dios que no desespero.

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