La oveja perdida

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La vida en algunas ocasiones se nos presenta profundamente compleja. Está compuesta por eventos y situaciones muchas veces ajenas a nosotros, que nos cuesta trabajo perdonar y que nos mantiene en una lejanía cómoda de quien otea la realidad a lo lejos, sin implicarse más allá de una expresión de desaliento. Otras veces vivimos acontecimientos tan cercanos a nuestra vida que afectan con cierta lo que somos, lo que pensamos y lo que vivimos. Pero cuando estos eventos tocan nuestra realidad en lo más profundo, cuando nos llevan a replantearnos lo que somos y lo que hacemos, y cuando dejan una huella imborrable, es cuando sentimos la necesidad profunda de una respuesta que calme nuestra intranquilidad, nuestro sufrimiento y que nos de una luz en medio de nuestra miseria. Perdonarse a uno mismo no es nada fácil.

Miremos a lo profundo de lo que somos: ¿Cuántas veces hemos hecho o vivido una situación en la que todo se nos viene abajo? ¿Cuántas vivencias profundas creemos que nunca nadie ni nada va a poder perdonar, ni siquiera nosotros mismos? ¿Cuántas veces el fracaso, el dolor, el sufrimiento se han instalado en nuestra vida dejándonos mal sabor de boca? Así es nuestra vida, ¡cada uno lleva en su consciencia secretos que son imposibles de contar por lo que suponen para nosotros!

Uno de los salmos de la Biblia que habla de esta realidad de la vida pero que llena de mucha esperanza en nosotros y de mucha confianza en Dios es el salmo 138 que dice:

«Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares».

Es un conocimiento amoroso, cercano, cariñoso. porque Dios como Padre nos ama con locura, con todo lo que es, con todo lo que tiene: somos su creación, hechos a su imagen y semejanza. Dios no se aleja de nuestra realidad, compartiendo nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestros sufrimientos y nuestros logros. Jesús se hizo hombre, el hijo de Dios, el que compartió todo con nosotros excepto el pecado. Día a día hay detalles que nos permiten notar su presencia en medio de nosotros.

En el año de la misericordia, que acaba de concluir el mes de noviembre, se nos ha recordado lo que quiere Dios de nosotros: “nada hay que no pueda ser reconciliado por Dios” siempre y cuando nosotros nos dejamos abrazar por esa Misericordia que busca al pecador para que vuelva al redil como la oveja perdida. Dios nos quiere cerca, nos quiere Amados, nos quiere perdonados.

Aprender a leer nuestra historia, a contemplarla como una historia de salvación, ése es nuestro trabajo diario. Dios actúa en los acontecimientos de nuestra vida; nuestra historia, cuando la miramos con ojos de amor, nos muestra lo maravilloso que es vivir la misericordia del Señor. Sí, nuestra historia es testimonio de lo mucho que el Señor nos ama.

P. Salvador Murguía sdb

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