Encontrar el propio camino

Cuando somos pequeños, nuestros padres y educadores se esfuerzan en señalarnos el camino y transmitirnos todo cuanto saben, pero se trata de un proceso de aprendizaje largo y penoso, en el que muchas veces nos vemos defraudados. A veces, nos desanimamos con el primer contratiempo y nos rehusamos a seguir intentándolo, entonces suele ocurrir que alguien viene en nuestra ayuda. Sí, cuando todo parece perdido, surge de pronto ante nosotros una salida que suele librarnos del apuro.

A menudo ocurre que nos encontramos, “por casualidad”, con alguien que nos muestra, con mucha paciencia, cómo se deben hacer las cosas; con alguien a quien no le importa invertir parte de su tiempo en explicarnos cómo sortear el temporal. Esta persona suele ser quien nos enseña a encontrar nuestro propio lenguaje, nuestro propio modo de actuar, suele ser quien nos muestra las habilidades que hay en nosotros, que nadie antes supo ver con claridad. Si no encontramos a la persona apropiada, el destino muchas veces se encarga de encauzar nuestras energías, en esta larga y kilométrica ruta de migración que es la vida, hacia la dirección correcta. Pero antes, parece que es necesario pasar por ese terrible momento de sentirse confundido y, en algunos casos, hasta paralizado. Sin embargo, también es claro que Dios nunca nos deja solos, Él siempre se encarga, si confiamos en su poder, de hacernos ver cuál es el camino que nos conviene.

Eso fue al menos lo que le ocurrió a un joven llamado Karol Wojtyla (San Juan Pablo II) cuando presenciaba la matanza de un grupo de judíos por los nazis, en la ciudad de Cracovia. Karol arriesgaba su propia vida al observar de cerca esta tragedia, de hecho, pudo también ser eliminado por las fuerzas alemanas, si es que un sastre llamado Jan Tyranowski no lo saca de tamaño aprieto, urgiéndolo a entrar en su casa. Jan le muestra a Wojtyla las obras completas del poeta místico español san Juan de la Cruz, con las que el futuro Papa descubre su vocación sacerdotal, luego de haber pasado por una etapa muy dura, en la que debió decidirse entre unirse a la lucha armada contra los soldados nazis, como tantos de sus amigos estudiantes. Este fue para él un periodo tempestuoso, porque además tuvo que colaborar con el trabajo obligatorio en una cantera de piedra, en Zakrzówek, impuesto por las fuerzas de Hitler. Pero al final de semejante travesía, le esperaba la respuesta clara y nítida de Dios que le llamaba a su servicio.

Y es que a veces, los momentos más tristes de nuestra vida dan paso a los más memorables.

P. Salvador Murguía sdb

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