Lectura salesiana del Año Jubilar

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MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE”

-Lectura salesiana del Año Jubilar-

EL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA. – 2. MISERICORDIA: PALABRA CLAVE EN EL PONTIFICADO DEL PAPA FRANCISCO. -3. DIOS RICO EN MISERICORDIA. 3.1. “Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas” (Os 11,8). 3.2. Jesucristo, rostro de la Misericordia del Padre.- 4. DON BOSCO, EVANGELIZADOR Y EDUCADOR SENSIBLE A LA MISERICORDIA DE DIOS. El Dios que muestra Don Bosco a sus muchachos. – 5. LA MISERICORDIA EN LA CASA SALESIANA. 5.1. Anuncio de la Misericordia de Dios en una geografía de dolor. 5.2. Viviendo la experiencia personal de la Misericordia de Dios. Reconciliados y creadores de ambientes educativos que reconcilian. 5.3. Misericordia significa tener ‘el Corazón del Buen Pastor’. 5.4. Misericordia significa esa experiencia espiritual y educativa llamada ‘Sistema Preventivo’. 5.5. Una misericordia que se hace real en la Justicia. 5.6. María, Madre de la Misericordia.

  1. Un Jubileo Extraordinario de la Misericordia

“Calle, Señor, tus alabanzas quien no considere tus misericordias”[1]. Esta es una afirmación contundente de San Agustín invitando a hacer silencio y no alabar a Dios si al mismo tiempo no contemplamos su Misericordia. Con un lenguaje de ahora es el teólogo y cardenal Walter Kasper quien escribe: “si no somos capaces de anunciar de forma nueva el mensaje de la misericordia divina a las personas que padecen aflicción corporal y espiritual, deberíamos callar sobre Dios”[2].

El Papa Francisco ha ofrecido a la Iglesia Universal un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como un tiempo propicio para la Iglesia, “para que haga más fuerte y más eficaz el testimonio de los creyentes”[3]. El Año Santo se abrió el 8 de diciembre de 2015, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, y se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo, Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En la Bula de Convocatoria del Jubileo el Papa manifiesta que siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, porque es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Y porque “estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre, es por lo que he anunciado el jubileo”[4].

Tal propuesta está en sintonía y tradición con el Concilio Vaticano II que marcó un nuevo periodo en la historia de la Iglesia. En la apertura del mismo, el Papa Juan XXIII, hoy santo, indicó como camino a seguir, un tiempo en el que la Iglesia “Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad”[5]. Y en la misma perspectiva se situaba el Papa Pablo VI, hoy beato, en la conclusión del Concilio, al decir que toda la riqueza doctrinal del Concilio se había volcado en una única dirección: “Servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades”[6].

Todo parece indicar, por tanto, que nos encontramos en un momento muy especial en la vida pastoral de la Iglesia. Un momento donde las palabras citadas de San Agustín parecieran escritas para hoy con toda la fuerza del desafío que hace: o el anuncio de la misericordia divina o el silencio. Pareciera que no caben términos medios en el acercar el Evangelio, y a Jesucristo mismo, a cada hombre y mujer, ni otros caminos que explorar. Solamente éste: la Misericordia Divina como esencia del mensaje acerca de Dios.

                  En esta sensibilidad y certeza se puede entender perfectamente que el Papa Francisco diga casi al inicio de su mensaje “¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros”[7].

El lema elegido a la luz de la Palabra de Dios, “Misericordiosos como el Padre”, expresa plenamente lo que el Señor Jesús nos enseñó acerca del Padre: “sed misericordiosos como el Padre vuestro es misericordioso” (Lc 6,36), que tiene para cada cristiano todo el carácter de un verdadero programa de vida. Por tanto, este Año Santo extraordinario se presenta como una espléndida ocasión para descubrir, de la manera más vital y experiencial posible, la misericordia que nos es ofrecida desde siempre por el Padre. Es una oportunidad maravillosa para “dejarnos sorprender por Dios”[8].

  1. Misericordia, palabra clave en el pontificado del Papa Francisco

                  “El nombre de Dios es misericordia” es el título de un libro-entrevista al Papa Francisco[9]. En él, el Papa responde a múltiples preguntas en torno al Año Jubilar y todo lo que lo ha motivado. Ante la pregunta de qué es para el Papa la misericordia, éste responde que “la misericordia es la carta de identidad de nuestro Dios. Dios de misericordia, Dios misericordioso”[10].

Son muchos los autores que hacen referencia a que el Papa Francisco ha elegido la misericordia como punto clave de su pontificado, como sigla y palabra central, como palabra pronunciada con más frecuencia [11] que recorre sus intervenciones y discursos, sus mensajes pastorales y homilías, y también sus gestos porque, bien lo sabemos, el Papa Francisco comunica mucho con sus gestos.

En un mundo complejo y con sociedades tan diversas en las que, en muchas de ellas se corre el riesgo de desfigurar o no reconocer el rostro de Dios, el Papa quiere transmitirnos que nadie puede ser excluido de la misericordia de Dios. Y esto tiene una fuerza especial porque la misericordia es la esencia de quién es Dios, y porque este hombre o mujer frágiles que somos cada uno de nosotros, tenemos una necesidad profunda de sentir que esa misericordia también puede alcanzarnos ya que, felizmente, ‘la lógica’ de Dios no es nuestra lógica.

Cuando en la revelación en el Antiguo Testamento Dios se ‘auto presenta’, además de revelarse como “Yo soy el que Soy” (Ex 3,14), se presenta también como “JHWH JHWH, Dios de misericordia y de gracia” [12], palabras que son núcleo de la revelación de Dios. Es en la misericordia donde resplandece la soberanía de Dios, afirmaban los Padres Sinodales en la Relación final de la XIV Asamblea General Ordinaria, para decir seguidamente el Papa en la Eucaristía conclusiva del Sínodo que “hoy es tiempo de misericordia”. Y porque la Iglesia cree y confía en esa misericordia es por lo que este año jubilar es, ante todo, una invitación a cada persona y a la Iglesia entera, a la conversión del corazón y de la mente. Es un cambio de ‘lógica’. La ‘lógica’ de la que habla el Papa Francisco es la lógica de Dios, de su modo de mirar al mundo, a la historia, a la humanidad y a cada ser humano En una de las homilías que se consideran programáticas en su Pontificado, el Papa habla de esta lógica con una fuerte convicción y la define como “la lógica del amor que no se basa en el miedo sino en la libertad… El miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos. Sucede también hoy, a veces, que nos encontramos en la encrucijada de estas dos lógicas: la de los doctores de la Ley, o sea, apartar el peligro alejando a la persona contagiada; y la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge, reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio. Estas dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: ‘marginar’ y ‘reintegrar’”[13].

Indudablemente, con estas fuertes y firmes convicciones se capta con toda nitidez el por qué de este tiempo de gracia jubilar que el Papa ha querido presentar como don para todos los creyentes y llamada a los hombres y mujeres de buena voluntad que puedan sentir que estas palabras llegan a su corazón. 

  1. Dios rico en Misericordia 

Conoce a Dios quien ha hecho experiencia de su misericordia, -escriben de manera unánime tantos exegetas que reflexionan sobre la realidad de la misericordia Divina-, y en las muchas búsquedas que se hacen en la Palabra de Dios (Antiguo y Nuevo Testamento), la misericordia aparece por excelencia como el atributo propio de Dios. “Sus entrañas de misericordia lo definen como auténtico Dios (Éx 20, 5.6; Dt 5, 9.10; 2 Crón 30,9; Neh 9, 17.31; Jon 4,2; Jl 2,13; Is 55,7; Sal 145, 8.9)”[14]. El mismo Jesús no enuncia una doctrina sobre Dios sino que comunica la propia experiencia sobre el Padre, experiencia que se traduce en mandato para nosotros: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Es una invitación a hacer experiencia de la misericordia de Dios en uno mismo, y es una llamada a dejarnos conquistar por la misericordia, una invitación a dejarnos convertir por su Misericordia.

 

3.1 “Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas” (Os 11,8)

Una carta familiar como esta no es el marco académico en el que plasmar tanta riqueza que se encuentra en los múltiples estudios exegéticos que se han hecho y hacen sobre este tema de la Misericordia, especialmente en este año. Pero sí es oportuno, aprovechando toda esta abundancia, hacer notar, por ejemplo[15], cómo en el Génesis la misericordia de Dios se presenta ante todo como Creadora y Salvadora, y es el modo como Dios lleva adelante su proyecto de Amor que salva a su creatura y creación, y esa misma misericordia será la que sostiene la Alianza con su Pueblo, por pura gratuidad.

En el Éxodo, la misericordia de Dios es, ante todo, liberación de la esclavitud y guía a través del desierto. El Pueblo de la Alianza, hace experiencia continua de esta Presencia de Dios en medio de ellos, experiencia que por encima de todo es liberadora.

En toda la historia de los profetas, aún con su diversidad, la misericordia de Dios es, especialmente, medio y garantía para caminar hacia una sociedad (dentro del Pueblo elegido) que sea fraterna y justa. Pero este Dios que se manifiesta no encaja en ningún esquema, en ninguna lógica humana, porque su amor y perdón superan lo imaginable, lo que pudiera pensarse y esperar de Él. Esta misericordia es el gran atributo del Dios de Israel que lo hace diferente a cualquier otro dios o ídolo (Cfr. Mis 7,18; Sab 9,1).

Y algo más a añadir en esta mirada al A.T. Esta misericordia divina trasciende todos los parámetros, en especial el de la justicia humana. Coinciden muchos autores en decir que el punto más alto de la revelación de la misericordia divina en el A.T. lo encontramos, muy probablemente, en el profeta Oseas. Nos es conocida esta auténtica revelación del Amor ‘loco’ de Dios por su Pueblo. Este su Pueblo ha violado la Alianza y se ha convertido en una prostituta. Dios decide no mostrarle más su compasión (Os 1,6-9). Pareciera que todo termina aquí y, sin embargo, el Dios que “padece” da un giro total y desconcertante cuando dice: “Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas” (Os 11,8), y Dios perdona a su Pueblo (Os 14). Es hermoso hacer esta constatación: “Que sea un Dios rico en misericordia (Sal 51,3; 69 17; Sal 9,1; 2 Cor 1,3; Ef 2,4; 1 Pe 1,3), tiene consecuencias: lo hace (a Dios) sensible, delicado, vulnerable. Su afecto, tejido de ternura materna (Is 49,14-15…) lo lleva a conmoverse; su amor, a compadecerse”[16].

3.2 Jesucristo, rostro de la misericordia del Padre

Con esta hermosa y radical afirmación comienza el anuncio del Año de la Misericordia en la Misericordiae Vultus. “El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret (…). Jesús, con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios”[17].

Y si en páginas anteriores he expresado, de manera breve, cómo Dios se va revelando misericordioso en toda la Historia de la Salvación, en Jesús esa misericordia se revela con toda luminosidad. Una misericordia que proclamada en Jesús encierra la novedad, respecto del A.T., de que es definitiva para todos,[18] cualquiera que sea su situación de vida, y siempre movido por algo que es muy de Dios: la compasión. Se constata en el A.T. la compasión de Dios por su Pueblo, y contemplamos en Jesús de Nazaret cómo se mueve y moviliza tantas veces ‘tocado’ por una profunda compasión. Es éste el sentimiento de Jesús frente al leproso (Cfr. Mc 1,41), o en la parábola del buen samaritano ante el herido (Cfr. Lc 10,33). Compasión es lo que siente Jesús ante las multitudes que lo siguen aún estando cansadas y como ovejas sin pastor (Cfr. Mt 9,36). Compasión era lo que le movía a curar a los enfermos que le eran presentados (Cfr. Mt 14,14), o lo que le suscitaba el dolor de la madre que, entre lágrimas, iba a sepultar a su hijo, a quien Él devuelve la vida (Cfr. Lc 7,15).

Y en las parábolas dedicadas a la misericordia Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta que el pecado es superado por medio de la compasión y la misericordia. En estas parábolas Jesús presenta al Padre, como un padre feliz por haber podido perdonar, y “en ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón”[19].

En definitiva las parábolas de Jesús muestran de maneras diversas, que la acción de Dios para con sus hijos e hijas se caracteriza por ser desmesurada en la gratuidad que tiene con nosotros. Esto explica que el posicionamiento de Jesús, como actitud existencial personal a la hora de mostrar cómo es Dios, cómo es el Padre, resultase tan molesta,n especialmente para los ‘piadosos’ y para quienes eran

rigurosos y rigoristas observantes de la Ley y de su cumplimiento.

Y si bien es muy cierto que entre los atributos de Dios también están la santidad y la justicia, somos nosotros los humanos quienes distinguimos, de manera tajante, entre justicia y misericordia, y pensamos en la misericordia como aquello que corrige la justicia. Pero en Dios no es así. “La misericordia viene concebida como la justicia específica de Dios y como su santidad”[20]. Y algo que podemos expresar de manera más radical, también con palabras de W. Kasper es que “la misericordia es ante todo el lado visible y eficaz hacia el exterior de la esencia de Dios, que es Amor (Jn 4,8.16)”[21]. De aquí que se pueda pensar también que la misericordia es uno de los nombres del Amor de Dios. Podremos decir que es el nombre divino del Amor.

  1. Don Bosco, Evangelizador y Educador sensible a la Misericordia de Dios

Una finalidad de esta carta mis queridos hermanos sdb y mi querida familia salesiana -a quien de vosotros pueda llegar-, es ciertamente la de subrayar en nuestros ambientes salesianos la importancia que está teniendo este año de Gracia de la Misericordia (Año Jubilar). Como Don Bosco haría, este año es una oportunidad para secundar, con verdadera adhesión filial, esta iniciativa del Papa para toda la Iglesia, y nosotros, familia salesiana, somos y nos sentimos parte viva de esta nuestra Iglesia; y al igual que sucedía con Don Bosco en su tiempo, nosotros acogemos este don que nos viene de la mano del Papa Francisco hoy, ayer de Benedicto XVI, mañana de quien haya sido suscitado por el Espíritu Santo.

Una segunda intención es la de hacer algunos subrayados y concreciones con tono salesiano, desde nuestro ser educadores y pastores de los jóvenes. Y con sumo agrado dirijo la mirada también ahora a Don Bosco, para percibir cómo se situaba él, en su condición de pastor y educador de sus jóvenes. Don Bosco era, por encima de todo, un prebístero lleno de Dios en su corazón. Y con un corazón de educador que buscaba siempre suscitar en sus muchachos el sentido religioso y la confianza en Dios. Naturalmente no podemos imaginarnos a un Don Bosco fuera de su tiempo, ni de la mirada religiosa y teológica de aquella época, pero es bien cierto que la concepción y representación de Dios a la que llega Don Bosco en su madurez como sacerdote y educador es fruto de un largo camino recorrido.

Sabemos por la historia salesiana [22]que en su infancia predomina la imagen de un Dios severo. Mamá Margarita, auténtica catequista de Juanito Bosco, le inculcaba el sentido de la presencia universal de Dios y de su justicia rigurosa: “Dios te ve era la palabra con la que les recordaba que siempre se encontraban bajo la mirada del Dios grande que un día los habría de juzgar”.[23] Al mismo tiempo les transmitía el sentimiento de agradecimiento al Dios creador, omnipotente, que daba los bienes de las cosechas pero también las tempestades y la pérdida de las mismas. Cuando se perdía una cosecha a causa del granizo o de otras circunstancias naturales, Mamá Margarita decía a los suyos en casa: “El Señor nos lo había dado, el Señor nos lo ha quitado. Él es el dueño. Todo será para mayor bien; pero sabed que para los malos son castigos y que con Dios no se juega”[24].

Esa misma concepción es la que encontramos en lo que vive Don Bosco en el seminario de Chieri, y en la enfermedad y muerte de su amigo Comollo. En labios del joven próximo a la muerte, las palabras que Don Bosco le atribuye tiene toda una visión tremenda de un Dios que llega a ser implacable en su justicia: “ Siento que el frío invade todos mis miembros, me duele la cabeza, tengo ocupación de estómago; el mal me importa poco, pero lo que me aterra (y esto me lo decía con voz seria) es el tener que presentarme al terrible juicio de Dios”[25].

En alguna meditación de su obra El joven cristiano Don Bosco se refiere a lo terrible que puede resultar el juicio de Dios y cómo el alma acudirá a la misericordia divina, pero encontrándose con que la muerte es el punto final para la divina misericordia[26].

Sin embargo esta no es la única mirada ni la única fuente de formación de Don Bosco. En el Convictorio eclesiástico Don Bosco vivió y aprendió a ser ‘cura’, bajo la guía de Don Cafasso y Don Guala, con una moral (inspirada en San Alfonso María de Ligorio) que era más equilibrada y tendía a superar el rigorismo. El joven sacerdote Don Bosco descubre que el camino para acercar a las almas a Dios, especialmente en sus muchachos, no es el rigor sino la bondad, la benignidad y la misericordia.

Es con esta convicción con la que escribe su obra Ejercicio de la Misericordia de Dios, escrita en 1846, poco después de salir de su enfermedad y convalecencia, en los comienzos de la implantación del oratorio en Valdocco, poco después de dejar las obras de la Marquesa Julia de Barolo.

Es interesante la historia de esta obra[27]. La Marquesa de Barolo tenía en su corazón la difusión de la devoción a la misericordia divina. En las obras de beneficencia que estaban bajo su protección, donde Don Bosco había ejercido su ministerio en los primeros años, existía una práctica devota para implorar la misericordia divina. Era una práctica sencilla de una semana de devoción. La Marquesa deseaba que ésta fuese una devoción establecida en todas las parroquias e iglesias públicas. El arzobispo de Turín no quería autorizarlo sin el ‘placet’ de la Santa Sede, por lo que la Marquesa se dirigió al Papa Gregorio XVI. Obtuvo tal permiso e incluso una posterior indulgencia plenaria para quienes participaran en dicha práctica devota.

La segunda parte de esta historia guarda relación con la redacción del librito. La Marquesa quería que algún teólogo competente escribiera una obra sobre la Misericordia de Dios, y ser utilizada en esta práctica devota. Su secretario, Silvio Péllico le sugirió que fuese Don Bosco; ésta lo descartó de inmediato, pero Silvio Péllico, gran amigo de Don Bosco, convencido de que éste era el hombre adecuado para esto, volvió sobre el asunto. Don Bosco aceptó la petición de inmediato. La publicó pagando la impresión con sus propios medios, y se dice que por delicadeza y cortesía hacia la Marquesa no quiso que figurara su nombre como autor. Lo publicó como un libro anónimo. Una vez impreso regaló un ejemplar a cada chica del Refugio y el resto se lo entregó a la superiora de ese centro educativo. La Marquesa lo leyó y aprobó el libro, pero nunca permitió que se dijera, en su presencia, que esa obra estaba escrita por Don Bosco.

El Dios que muestra Don Bosco a sus muchachos 

Como ya se dijo, Don Bosco también fue conocedor de una teología en la que la severidad del juicio y el temor a la condena eterna estaban muy presentes. En distintos escritos Don Bosco se refiere a lo terrible que puede ser el juicio de Dios, como se lee, por ejemplo, en el Joven Cristiano. Pero también transmite abundantemente a sus muchachos que Dios es, ante todo, Creador y Señor. Adonde quiera que se dirija la mirada se perciben los beneficios de Dios. Ante sus muchachos Dios es nombrado muy frecuentemente como Señor: “El Señor os advierte que, si comenzáis a ser buenos desde la infancia, lo seréis mientras viváis en este mundo, premiando después vuestras buenas obras con una eterna felicidad”[28], “el Señor nos asegura que reparte sus beneficios indistintamente a justos y pecadores”[29]; “A la primera lágrima, al primer balbuceo del arrepentimiento, el Señor se mueve inmediatamente a piedad”[30].

La vida de Don Bosco, sus mismos escritos y lo que de él se nos dice en las Memorias Biográficas, están llenos de huellas de ésta su mirada educativa y pastoral que tanto invita a confiar en Dios y abandonarse en el Señor y en su Misercordia. Son cientos de citas las que se podrían recoger. Tan sólo unas pocas más que nos muestran cómo esa misericordia y protección la sentía muy presente en sus obras, en la Congregación Salesiana y en el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, y también cómo la presencia de Jesús en los sacramentos, y en especial en la Eucaristía y en la Confesión, eran para él pilares fundamentales de esta acción educativa.

Leemos, referido a lo primero: “He podido conocer con certeza que el Señor usa de gran misericordia con nosotros”[31] y “se acerca el tiempo en que buenos y malos quedarán asombrados por las maravillas que se producirán con tanta rapidez; todo es misericordia y todos quedarán consolados”[32].

Sobre lo segundo podemos leer en Don Bosco afirmaciones como ésta: “Dígase cuanto se quiera sobre los varios sistemas de educación; pero yo no encuentro ninguna base segura sino en la frecuencia de la confesión y de la comunión; y creo que no digo demasiado afirmando que, si se omiten esos dos elementos, la moralidad queda desterrada”[33].

Podríamos decir que en esta mirada educativa para guiar a sus jóvenes en un camino de fe y de piedad cristiana, en Don Bosco no hay contrastes. Atempera, mitiga la visión y representación del Dios justiciero, quiere mover a sus muchachos hacia la contemplación de un Dios que les ama, que es misericordioso, pero que también espera una vida cristiana auténtica: “Dios es misericordioso y justo. Es misericordioso con quien quiere aprovecharse de su misericordia, pero descarga el rigor de su justicia sobre quien no quiere aprovecharse de su misericordia”[34].

Concluyo esta breve referencia a Don Bosco recordando, cómo para él, los sacramentos eran canales de la misericordia divina y cómo María es el canal perfecto de la gracia y de la Misericordia de Dios. Sería impensable una acción educativa y pastoral en Don Bosco si la Madre, María Inmaculada y Auxiliadora no estuviese presente ante la mirada de sus muchachos, para acercarlos a Dios.

  1. La Misericordia en la casa salesiana

Puede quizá sorprender un poco el título que doy a esta parte de la carta. Será porque pretendo, en lo posible, llamar la atención para centrarnos en el mensaje de este año jubilar y pensarlo como una realidad eclesial también dirigida a nosotros y al carisma que custodiamos, haciéndolo vida. Quisiera evitar en nosotros que este año de la misericordia fuese como un ‘slogan’ del que muchos hablan pero que corre el riesgo de pasar sin dejar huella. No nos lo podemos permitir; antes al contrario, es y ha de ser una fuerte llamada a la conversión y a la autenticidad salesiana.

5.1. Anuncio de la Misericordia de Dios en una geografía de dolor

En el panorama social actual donde contemplamos una geografía de dolor nunca imaginada, la llamada eclesial a la misericordia tiene un fuerte sentido evangélico. En este clima es necesario asumir como Iglesia, con serena y sincera autocrítica, lo que dice el Papa Francisco: “Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia… Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos”[35].

Sabemos que leer los signos de los tiempos no es fácil, al menos haciendo un auténtico discernimiento de los mismos, pero sin duda que el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios nos habla en el aquí y en el ahora. Es por eso que hemos de preguntarnos qué significa y cómo hacer este anuncio de la Misericordia de Dios en nuestras casas salesianas del mundo, donde nos encontramos en lugares en los que se mata en nombre de Dios, y en ese mismo nombre se ponen bombas y se llevan a cabo atentados. Presencias salesianas en lugares donde hay guerra, donde hay desplazamientos de refugiados. Y también presencias salesianas en partes del mundo donde proliferan mensajes racistas y xenófobos…

Ante esta realidad, ¿podemos ser neutrales y mirar hacia otro lado como si todo esto no tuviera nada que ver con nosotros? No. No existe ni puede existir ‘neutralidad salesiana’ ante estas situaciones, y nuestras respuestas no pueden ser otras más que las del Evangelio y las de nuestro compromiso para que esta invitación del Papa Francisco a buscar y vivir la Misericordia de Dios con todas las consecuencias no sea algo limitado en el tiempo, sino con continuidad y larga duración. El Papa nos invita a escuchar la palabra de Jesús que nos “ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de nuestra fe. “Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia (Mt 5,7)”… Como ama el Padre, así aman los hijos”[36], dice el Papa.

Y este deseo de intentar vivir la misericordia de Dios pide de nosotros, presencias salesianas del mundo en esta geografía del dolor, abrir el corazón a tantas personas que viven en situación de precariedad y sufrimiento, estar cerca de quienes no tienen voz para hacer valer la justicia que merecen, curar heridas de la vida con la fraternidad y solidaridad, y estar lejos de esa indiferencia que además de no ayudar, humilla. “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad”[37].

5.2 Viviendo la experiencia personal de la Misericordia de Dios 

Pensar en cómo vivir de manera plena la misericordia en este año especial y en los siguientes en nuestras presencias salesianas, no significa en primer lugar plantearnos qué podemos hacer para acoger a otros y servirlos mejor. También esto, por supuesto, pero primeramente requiere de nosotros ponernos en la disposición de aceptar y desear vivir personalmente esta experiencia de misericordia.

Con motivo de la llegada del nuevo milenio en el año 2000, y del jubileo proclamado en su momento por el Papa Juan Pablo II, que presentaba ese Año Santo como un momento de llamada a la conversión, Don Vecchi escribía una carta acerca de la reconciliación en la que desde el inicio dice: “También para nosotros se da una extraordinaria oportunidad de revivir la experiencia de la Reconciliación según nuestra condición de consagrados salesianos comprendiendo cada vez mejor la dimensión humana y educativa junto con la teologal”[38].

Este mismo es el recordatorio y la invitación que me hago a mí mismo y os ofrezco. Antes de ir al encuentro de quien nos pueda necesitar, hagamos esa profunda experiencia de la misericordia de Dios en nosotros. No corramos el peligro de hacer ‘servicios de funcionariado’ y seamos los primeros en querer vivir humildemente, pero con profundidad, este don que se nos ofrece.

La invitación del jubileo del año 2000 se nos renueva ahora en las palabras del Papa Francisco quien nos dice que “donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la Misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.”[39]

En esta invitación a la reconciliación y al encuentro misericordioso con el Padre, el Evangelio nos muestra múltiples encuentros de perdón y estos siempre son iniciativa de Jesús. No es el hombre o la mujer que Jesús se encuentra quien le pide el perdón, sino que es Jesús mismo quien lo ofrece. Estas personas sufren, a veces, una condena social, o bien están enfermos, o experimentan el peso de una culpa… Jesús toca su corazón y provoca el cambio en su vida. Así con Levi, con Zaqueo, con el paralítio, con la mujer pecadora, con Pedro que lo niega…

Muy diferente, en cambio, es la relación, por ejemplo, con Simón el fariseo (Lc 7, 44b-47) y tantos otros. En estas situaciones la persona -aún siendo hombre religioso con cultura y manejo de la doctrina en las Sagradas Escrituras, no se da cuenta de la mirada de perdón que Dios tiene sobre él; no se siente amado por Dios y por eso mismo no es capaz de amar. Conoce la religión y la ley, es un cumplidor escrupuloso de la misma, irreprochablemente ortodoxo, pero en definitiva no conoce a Dios.

Por el contrario la experiencia de perdón en el Evangelio es una experiencia de gracia que se desborda, experiencia de alegría, de fiesta grande en el cielo por quien se convierte y de escándalo para las personas que se tienen por buenas y justificadas. Es un banquete donde todos son invitados y las personas que se consideran ‘gente de bien’ se disgustan.. A la luz de la revelación que Jesús nos hace del Padre, éste nos muestra que “la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia”[40].

Reconciliados y creadores de ambientes educativos que reconcilian

Esto me parece muy importante. Como dije anteriormente, como educadores de los jóvenes todos, nosotros, no podemos ser funcionarios ni dispensadores de servicios. Somos ante todo creyentes que necesitamos sentirnos reconciliados habiendo experimentado la Misericordia de Dios. La mirada a Don Bosco, como modelo educativo-pastoral y evangelizador para nosotros, nos lleva a confirmar en primer lugar que si él daba tanta importancia a la reconciliación sacramental en la educación de los jóvenes era porque, por experiencia personal, la consideraba un elemento fundamental para el crecimiento humano y cristiano. La experiencia ininterrumpida de Don Bosco desde los primeros años de adolescente, después como seminarista, más tarde como joven sacerdote y, por último, como el Don Bosco más conocido por todos, es presentada por don Eugenio Ceria con estas palabras: “Don Bosco se aficionó a la confesión desde su más tierna edad, y ningún cambio de vida fue parte para entibiar en él su amorosa propensión a acercarse a ella con frecuencia… Cuando empezó sus estudios en Chieri, dueño enteramente de sí mismo, buscóse al punto un confesor fijo… Sacerdote en Turín, se confesaba cada ocho días con el beato Cafasso. Muerto este Siervo de Dios, recurrió al ministerio de un piadoso sacerdote, condiscípulo suyo, que cada lunes por la mañana iba a confesarlo a la sacristía de María Auxiliadora, y luego se confesaba a su vez con Don Bosco mismo.

Durante los viajes y en las ausencias de su confesor ordinario, se mantenía fiel a su querida práctica, dirigiéndose ora a un salesiano, ora a otros, según los casos. Por ejemplo, durante su estancia de dos meses en Roma, en 1867, se confesaba cada semana con el Padre Vasco, jesuita que había conocido en Turín.

A veces sus hijos, al principio, vacilaban en confesarlo, mas él les decía: – ¡Vamos, haced esta caridad a Don Bosco; dejad que se confiese!”[41].

Todo esto nos habla de cómo él entendía aquello que podía pacificar, serenar interiormente a un muchacho, y cómo podía hablar de la acogida paterna e incondicional de Dios. Era posible porque él mismo lo había experimentado, y lo había vivido. Era algo mucho más importante que ‘una práctica de piedad’ ocasional, o un servicio ministerial. Lo había vivido como espacio donde se coloca la totalidad de la vida, vivenciado desde la fe. Y esto es igualmente válido y verdadero para nosotros. “Por la gracia de unidad la experiencia personal de la Reconciliación y la praxis pedagógica y pastoral se refuerzan mutuamente. Reconciliados llegamos a ser artífices y mediadores de reconciliación”[42], y nos pone en el empeño y, mejor aún, desafío educativo de poner a los jóvenes en contacto con un circuito de gracia.

5.3. Misericordia significa tener el ‘Corazón del Buen Pastor’

Un distintivo de nuestro ser salesiano es nuestra sensibilidad hacia la figura de Cristo Buen Pastor (Jn 10,3-4), puesto que el espíritu salesiano encuentra su modelo y su fuente en el corazón mismo de Cristo, apóstol del Padre, en quien destaca su actitud de Buen Pastor.

Con este modelo que es el Señor Jesús nosotros creemos verdaderamente que la caridad es la manera más propia de nuestro servir a los jóvenes y lo hacemos con una “amabilidad ‘incansable’ y con la ‘familiaridad’, nombres salesianos de la caridad aplicada a los jóvenes”[43].

En este marco eclesial y espiritual de la misericordia, ésta ha de traducirse y concretarse, muy fuertemente en nuestro caso, en mostrar al máximo estos rasgos que nos definen carismáticamente. Participando de la paternidad de Don Bosco, las expresiones de la paternidad salesiana deben ser las mismas que resplandecían en Jesús: la gratitud al Padre por la vocación divina que ha donado a todos sus hijos e hijas, su predilección por los pequeños y pobres, su solicitud en predicar, sanar y salvar, así como su mansedumbre y entrega de sí mismo[44], y también los rasgos del mismo Don Bosco, como sus gestos de bondad, el afecto que les hacía sentirse hijos, un afecto y bondad inspirados en el amor de Dios y en la mansedumbre de Cristo. Su bondad es la de quien busca la felicidad de los otros. Su afecto, ternura y acogida es el resultado de una combinación justa de afecto y responsabilidad. Una bondad tierna y comprensiva, y al mismo tiempo responsable y exigente con la vida de sus muchachos. Y porque se siente con bondad padre de sus muchachos, desea acercarlos al misterio de Dios y ponerlos en contacto con Él hasta hacerles descubrir el maravilloso plan que Dios tenía para ellos, y ayudarles así a ser felices en este mundo y en la eternidad.[45]

Vivir la misericordia en nuestras presencias con esta sensibilidad debe significar que creemos que hoy también son reales como con Jesús en el Evangelio (Lc 7,50; Mt 9,22; Mc 5,34; Lc 8, 48) experiencias de encuentro humano que alivian el peso de la existencia, que levantan realmente del suelo. Poder hacer, mediante el encuentro humano y de fe, la experiencia de la Misericordia de Dios, incluso a través de mediaciones tan pobres y humanas como somos cada uno de nosotros, es una auténtica y verdadera curación, mucho más profunda que las de la salud física. Es hacer la experiencia de que somos amados y podemos amar a pesar de todo. Y es que en esto consiste ser cristianos, en creer en el amor de Dios por nosotros (Cf. 1 Jn 4,16).

Y cuando un muchacho, muchacha, joven, hace la experiencia de que un verdadero educador está dando vida y dando la vida cada día estando a su servicio, ahí mismo está haciendo verdadera experiencia de cómo Dios lo ama, la ama, de manera especial y única. En esto consiste encarnar el corazón de Cristo Buen Pastor, hasta el punto de que si alguien desea perjudicar a las ‘ovejas del rebaño’, antes tendrán que enfrentarse a quien las cuida con verdadero amor de educador, hermano, hermana, amigo… Interesante en este sentido resulta la narración de un exegeta que presenta el ejemplo moderno del pastor que se echa a dormir atravesado en la puerta del redil, de modo que hace las veces, al mismo tiempo, de pastor y de puerta, como queriendo decir (ya sea que lo pensemos en labios del Buen Pastor, o en labios de Don Bosco) estas palabras: “si quieren llegar a mis ovejas, (a mis muchachos, a mis muchachas), antes deberán pasar sobre mí”.[46].

5.4 Misericordia significa esa experiencia espiritual y educativa llamada ‘Sistema Preventivo’ 

Esa experiencia espiritual y educativa vivida por Don Bosco con los jóvenes del primer oratorio -que llamó Sistema Preventivo-, era para él un amor que se dona gratuitamente inspirándose en la caridad de Dios. Para nosotros, recibido de Don Bosco, es la manera de vivir y trabajar para comunicar el Evangelio y salvar a los jóvenes, con ellos y por medio de ellos.[47]

Esta vivencia de Don Bosco con los jóvenes del primer oratorio, llevada a cabo con sencillez y alegría, con estilo de familia, es el centro del espíritu salesiano, en el que “la bondad (‘cuarto voto’ vinculado al nombre de salesiano) no es más que la práctica del sistema preventivo vivido con los jóvenes , y que no es solo ‘el sistema de la bondad’ sino ‘la bondad del sistema’”.[48]

Naturalmente traigo a colación el Sistema Preventivo, íntimamente vinculado al espíritu salesiano (puesto que éste se manifiesta y encarna de modo único en el primero), no para hacer un desarrollo pedagógico del mismo, sino para recordarnos que en nuestro espíritu salesiano, y en la manifestación del mismo, tenemos tantísimos elementos y rasgos que, vividos con convicción y autenticidad, hacen real la misericordia en cada casa salesiana del mundo. Estos elementos y rasgos de misericordia que hemos de vivir son:

→ una presencia educativa que persuade y suscita confianza.

→ una praxis que guiada por el corazón busca solamente el bien del niño, niña, adolescente o joven.

→ un amor que se dona gratuitamente.

→ un ejercicio permanente de la caridad; una caridad que sabe hacerse amar porque el amor construye a la persona.

→ una presencia educativa abierta, cordial, que da el primer paso para acoger siempre con bondad, respeto y paciencia.

→ una opción de predilección por los jóvenes porque este es un elemento de ‘fe salesiana’. Nosotros creemos en verdad que Dios ama a los jóvenes.

→ “un lenguaje del corazón que acepta a los muchachos como son, que manifiesta el deseo de compartir sus gustos y sus temas, que demuestra confianza en ellos, tolerancia y perdón”[49].

Es por esto que creo que no debemos cansarnos nunca de profundizar, interiorizar y valorar cada vez más esta realidad del espíritu salesiano que se concreta en una manera de hacer y vivir, en un sistema del que el mismo Don Bosco, en su carta a Santiago Costamagna, Inspector en Argentina, el 10 de agosto de 1885 escribe así: “Me gustaría tener a mi lado a todos mis hijos y a nuestras hermanas de América… Querría darles a todos… una conferencia sobre el espíritu salesiano que debe alentar y guiar nuestras acciones y todas nuestras palabras. Que nuestro sistema sea el preventivo…, que en las clases resuene la palabra dulzura, caridad, paciencia… Que cada salesiano se haga amigo de todos, y no trate nunca de vengarse; sea fácil en perdonar, sin recordar nunca cosas ya perdonadas… La dulzura al hablar, al actuar y al avisar gana todo y a todos”[50].

Por último, he de reconocer que no me resisto a dejar pasar la oportunidad de recordar a quienes ya lo conocían, o de mostrar a los otros, este precioso testimonio del P. Duvallet, colaborador durante veinte años con el abate Pierre en el apostolado de reeducar jóvenes, y que nos habla del tesoro más valioso que tenemos en relación a nuestro espíritu y praxis educativa y evangelizadora. Dice así: “Tenéis obras, colegios, oratorios para jóvenes, pero tesoros no tenéis más que uno: la pedagogía de Don Bosco. En un mundo donde los muchachos son traicionados, explotados, aplastados e instrumentalizados, el Señor ha puesto en vuestras manos una pedagogía donde reina el respeto al muchacho, a su grandeza y a su fragilidad, a su dignidad de hijo de Dios. Conservadla, renovadla, rejuvenecedla, adaptarla a estas criaturas del siglo XX y sus dramas, que Don Bosco no pudo conocer. Pero por favor, conservadla. Cambiad todo, perded, si llega el caso, vuestras casas; pero conservad este tesoro, haciendo surgir en miles de corazones el modo de amar y de salvar a los muchachos, la herencia de Don Bosco.”[51].

5.5. Una misericordia que se hace real en la Justicia

Amplío el título de este encabezamiento. Se trataría de una misericordia que se concreta en justicia en nuestras presencias salesianas del mundo, porque la misericordia que recibimos de Dios en este año jubilar y siempre, tiene para nosotros la lectura salesiana -también- de la justicia que se vive y que está y ha de estar presente en nuestras casas.

Un nombre de la Misericordia de Dios es para nosotros la justicia que hemos de buscar, hacer e incluso exigir, especialmente para con aquellas personas que, de alguna manera, ‘dependen’ de nosotros.

Ya el Sínodo de Obispos de 1971 proclamaba: “El problema de la justicia en el mundo es uno de los más amplios, graves y urgentes de la sociedad contemporánea. Es el problema central de la sociedad mundial de hoy”.[52] Bien sabemos que éste sigue siendo uno de los grandes dramas de nuestro mundo. El Papa Francisco, en el texto de la proclamación del año jubilar llamando a todos a la conversión en el encuentro con el Señor, habla del mal cometido, incluso en crímenes graves y pide que se escuche “el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma”.[53]

Esta realidad sufriente pide de nosotros, con la sensibilidad de los hijos e hijas de Don Bosco, y como consagrados, seguir estando del lado de los pobres ante cualquier forma de injusticia, trabajando por despertar las conciencias propias y ajenas, ante cualquier realidad de pobreza o miseria, comprendiendo el valor evangélico del compromiso por la justicia. Y nos corresponde, en esta aspiración de recibir y ofrecer misericordia, que la práctica de la justicia sea distintivo de las casas salesianas en el mundo, de confrontarnos ante el hecho de la justicia o injusticias, y responder con un verdadero ‘scrutinium’ preguntándonos si ésta es fundamento y principio irrenunciable para nosotros.

Y se traduce en cosas tan sencillas -pero decisivas al mismo tiempo- como, por ejemplo, garantizar que los contratos se cumplen y que existen para defender los derechos de las personas; significa que se pagan en nuestras presencias los salarios justos; significa que somos siempre honestos en el manejo del dinero, especialmente cuando tiene como destino otras personas; significa que se eligen las personas para los diversos servicios y trabajos en nuestras Presencias según los criterios de la preparación, idoneidad e identidad, pero nunca por ‘amiguismo’ o devolución de favores; significa que aceptamos afrontar las situaciones que nos lleguen a diario, aunque sean incómodas, si lo que está en juego es la justicia y los derechos de otras personas, y muy especialmente si son menores, y por lo mismo son más débiles y desprotegidos.

Todo esto y mucho más es expresión y manifestación de la Misericordia de Dios para con esas personas, de nuevo por medio de nuestra humilde mediación. Esto tan concreto, que deseo para todos nosotros, tiene un fuerte elemento teológico en sí mismo. Cuando busco la justicia, esto me hace amar con el mismo amor de Dios y me lleva, al mismo tiempo, a amar a Dios, porque la justicia tiene a Dios como su destinatario último. Reconocer los derechos de otra persona es reconocer los derechos de Dios que se hace presente en el rostro del otro (1 Cor 11,7), y reconocer “el derecho de Cristo que se hace exigente en el sacramento del hermano… por lo que el Señor considera reconocido a sí mismo todo lo que hemos reconocido al hermano (Cf. Mt 25, 34-40). Y es por esto que “la injusticia de hoy en día, en sus diversas formas, negando la dignidad de los derechos del hombre, imagen de Dios y hermano de Cristo, constituye un ateísmo práctico, una negación de Dios.”[54]

5.6 María, Madre de la Misericordia

El Papa concluye el documento Misericordiae Vultus dirigiendo su pensamiento a María Madre de la Misericordia, deseándonos que la dulzura de su mirada materna nos acompañe en este Año Santo para que podamos descubrir nuevamente la alegría de la ternura de Dios.

María es reconocida como la que ha experimentado la Misericordia de Dios desde el inicio de su existencia, una misericordia vivida en la profundidad de su corazón; un corazón que reconoce la gratuidad de su vida, de su elección y de la protección permanente del Dios que ‘la cubre con su sombra’, por más que ella haya tenido que ser una verdadera peregrina de la fe.

Nadie como María ha conocido la profundidad del Misterio de Dios hecho hombre. “Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la Misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor”.[55]

Nosotros estamos invitado a descubrir, reconocer y agradecer la Misericordia de Dios en nuestra vida, invitados a experimentar que en nosotros todo es don de Dios y que su Amor hacia nosotros es totalmente gratuito y de ninguna manera ‘respuesta a nuestros méritos’. Esto pide de nosotros sencillez y humildad para descender de nuestras posibles prepotencias, a fin de seguir haciendo como María, un auténtico camino de fe, que significa aceptar incondicionalmente a Dios en la propia vida para ir viendo, poco a poco, tantas veces casi sin entenderlo, cómo su voluntad y su Misericordia han acompañado y bendecido nuestra vida.

Así fue en María y “podría decirse que sólo a la luz resplandeciente de la Resurrección, María pudo acoger plenamente el Misterio de su hijo, pero entre tanto había dicho su sí al proyecto del Padre y se había dejado conducir por el Espíritu”.[56]

Concluyo este escrito encomendando a María Madre de la Misericordia la realidad de este nuestro mundo sufriente y de una Iglesia peregrina que ha de seguir las huellas del Señor, y muy especialmente encomendamos a la Madre toda nuestra Familia Salesiana que intenta hacer un camino de Misericordia y fidelidad.

 

¡Oh Madre de la Infinita Misericordia!,
que Te dignaste venir en nuestro Auxilio,
ayúdanos a ser libres de todo lo que nos pueda atar.

Fortalece nuestra fe
para que podamos ser siempre Misericordiosos,

como tú lo fuiste, y podamos seguir la llamada recibida del Señor.

Protege día y noche
el caminar de nuestros pasos y

libéranos de todo mal.

Cuida de nuestras familias y comunidades,

de nuestra Familia Salesiana

y de los jóvenes que nos has confiado.

¡Oh Madre de la Infinita Misericordia!,
que tu presencia
renazca en nuestros corazones.

Que Tu Bondadosa mirada de Madre
guíe el camino interior que debemos recorrer.

Que Tus benditas manos bendigan
la Misión que debemos cumplir.

¡Oh Madre de la Infinita Misericordia!,
que Tu Corazón nos una
al Corazón de Cristo
y que nada nos separe de Él ni de Ti.

Amén

 

 

[1]    Agustín de Hipona, Confesiones, VI,7,12

[2]               W. Kasper, La Misericordia. Clave del Evangelio y de la Vida Cristiana, Sal Terrae, Santander, 2013, 4ª edic, 15 citado por J.J. Bartolomé, Jesús Compasivo. Jesús de Nazaret, testigo de la misericordia del Padre, CCS, Madrid, 2016, 5

[3]    Misericordiae Vultus (MV), 3

[4]    Cf. MV, 2-3

[5]    MV 4, Citando el Discurso de apertura del Conc. Ecum. Vat. II, Gaudet Mater Ecclesia, 11 octubre de 1962, 2-3

[6]    MV 4, Citando Alocución en la última sesión pública, 7 diciembre de 1965

[7]    MV 5

[8]    MV 25

[9]    Francesco, Il nome di Dio è Misericordia. Una conversazione con Andrea Tornielli. Piemme, 2016, Milano

[10]  Idem, 24

[11]  Cf. Anselm Grün, Le sette opere di Misericordia, Queriniana, Brescia, 2016, 2ª de., 5; Christian Albini, L’arte della Misericordia, Qiqajon, Magnano (BI) 2015, 93; Giuseppe Buono, Misericordia, missione della Chiesa.Librería Editrice Redenzione, Marigliano, 2016, 15

[12]  Ex 34,6 Citado por Gianni Barbiero, Misericordia es el nombre de Dios, en “Consacrazione e Servizio”,nº 3, 2016, Roma, 33

[13]  Francisco, Homilía, 13 marzo 2015

[14]  J.J. Bartolomé, o.c. 14

[15]  Se hace referencia a una conferencia del P. Rafael González Ponce, mccj, Presidente de la CER (Conferencia Ecuatoriana de Religiosos-as) con el título “Dios es misericordia”. No está publicado. Se puede encontrar via internet.

[16]  J.J. Bartolomé, o.c. 14

[17]  MV,1

[18]  W. Kasper, Misericordia. Concetto fondamentale del Vangelo-Chiave dela vita cristiana (Giornale de teologia 361), Queriniana, Brescia, 6ª edic, 2015, 103

[19]  MV, 9

[20]  W. Kasper, o.c. 26, y Cfr. tambień o. 34,70,86,137 y 155

[21]  Ibid, 136

[22]  Cfr. E. Alburquerque, Don Bosco y la Misericordia de Dios, CCS, Madrid, 2016, 22-23

[23]  MB I, 54. Citado por E. Alburquerque, o.c. 22

[24]  MB I, 55. Ibidem.

[25]  Istituto Storico Salesiano, Fuentes Salesianas. Don Bosco y su obra. Recopilación antológica. Madrid, CCS, p.916

[26]  Cfr. El joven cristiano 55 y 57. En E. Alburquerque, o.c. 23

[27]  Cfr. MB II, 547-550

[28]  El Joven Cristiano, 13. En E. Alburquerque, o.c. 20

[29]  Ejercicio de devoción…, 56. En Ibidem

[30]  Ejercicio, 71. Ibidem

[31]  “Sueño de los 10 diamantes”, en MBe XV, 171, citado por E. Alburquerque, o.c. 24

[32]  “Sueño de Lanzo o del jardín salesiano”, en MBe XV, 171, citado por E. Alburquerque, Ibid

[33]  El pastorcillo de los Alpes o vida del joven Francisco Besucco de Argentera, en Istituto Storico Salesiano, Fuentes Salesianas, o.c. p. 1028

[34]  Il mese di maggio consacrato a Maria SS.ma Inmmacolata ad uso del popolo, Turín 1858, día 20, p.131. En E. Alburquerque, o.c. 27

[35]  MV, 10

[36]  MV, 9

[37]  MV, 15

[38]  J.E.Vecchi, ACG, 369, 4

[39]  MV, 12

[40]  MV 9

[41]  CERIA, E., Don Bosco con Dios, de española CCS, Madrid, 1984, 122-123, Citado por VECCHI, J. E., ACG 369, 38-39

[42]  VECCHI, J.E., o.c. 45

[43]  XXCGE, 93

[44]  Cf. Const, 11

[45]  Cf. VECCHI, J.E., Spiritualità salesiana. Elledici, Torino, 2001, 175-177

[46]  Cf. CHAVEZ, P., ACG n.º 384, 2003, 26-27

[47]  Cf. Const. 20

[48]  CAVIGLIA, A., La pedagogia di Don Bosco, Roma, 1935, 14-15; Cfr ACS n.º 290, 1978, 10 Citado en El Proyecto de vida de los salesianos de Don Bosco. Madrid, CCS, 1987, 253

Cf. también La Pastoral Juvenil Salesiana. Cuadro de Referencia. Capítulo IV, El sistema preventivo, una experiencia espiritual y educativa, Roma, 2014, 78-103

[49]  CHAVEZ, P., ACG, 400, 2007,14

[50]  CERIA, E., Epistolario IV, Turín, 1959, 332 citado en El Proyecto de vida…, 256

[51]  AA.VV. El sistema educativo di Don Bosco tra predagogia antica e nuova, documentos del Congreso europeo salesiano sobre el sistema educativo de Don Bosco. Elledici. Torino, 1974,314

[52]  Sinodo de Obispos: “La justicia en el mundo”. Ciudad del Vaticano 1971. Citado en el xxCGE, 67

[53]  MV, 19

[54]  XXXII Congregazione generale della Compagnia di Gesú, Decreto IV, n.29, citado en Nuovo Dizionario di Teologia Morale, Paoline,Milano, 1990, 510

[55]  MV, 24

[56]  CHÁVEZ, P., Testimoni del Dio Vivente. LEV, Roma, 2012, 328

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