Servir al que lo necesita

ayudar

Es hermoso constatar que algunas veces nos hemos sentido atraídos o más bien inspirados para “hacer el bien” a nuestro alrededor y esta es la mejor ocasión para ”dejarse llevar por los caminos del Espíritu de Dios” que invita a las personas a despertar la creatividad y el carácter inventivo inspirados por la misericordia.

En familia, nuestros padres nos educaron a hacer pequeñas obras de misericordia y de caridad “educando y dilatando” nuestros corazones para compartir el dolor con quien sufre y hacernos sensibles a las necesidades de los pobres.

Cuenta un autor polaco un episodio que tuvo lugar a finales de enero de 1941, cuando Rawicz y otros deportados polacos a Siberia fueron trasladados de un campo de trabajos forzados a otro, en las proximidades de Yakutsk. En la marcha a pie desde Irkutsk, localidad que era el punto de partida, tras haber atravesado el río Lena, una tormenta de nieve les obligó a refugiarse durante algunos días en una floresta. Dado que el camión de la escolta policial no podía seguir a los deportados entre los árboles, los comandantes requisaron a un grupo de ostyak, habitantes de raza mongola de aquella zona, con sus renos y sus trineos.

«Aquellos pequeños hombres -cuenta Rawicz- llegaron con saquitos de alimentos y se sentaban con nosotros junto al fuego cuando recibíamos nuestra ración de pan y de té. Nos miraban con compasión. Hablé con uno de ellos en ruso. […] Como todos los otros ostyak, nos llamaba “los desgraciados”. Era una antigua palabra de su lengua. Desde la época de los zares, nosotros éramos, a los ojos de aquel pueblo, “los desgraciados”: trabajadores forzados, obligados a extraer las riquezas de Siberia sin recibir salario. […] “Nosotros siempre hemos sido amigos de los desgraciados'”, me dijo una vez. “Desde hace ya mucho tiempo, tanto como alcanza nuestra memoria, antes de mí y de mi padre, e incluso antes de mi abuelo y de su padre, teníamos la costumbre de dejar un poco de alimento fuera de nuestras puertas, por la noche, para los posibles ‘desgraciados’ huidos, evadidos de los campos, que no sabían a dónde ir. “Ellos, como hermanos, se ponían a nuestro servicio»

P. Salvador Murguía sdb

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