La sabiduría

Sabiduria

El zorro del Principito dice: «solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos». ¡Esto es cierto en el trato entre personas y más cierto para los enfermos, los abuelos y ancianos! A veces podemos escucharlos quejarse todo el día, o quizás ya no podemos conversar con ellos porque tienen disminuidas sus facultades mentales, o sufren alguna discapacidad y no se pueden mover. Pero detrás de esta apariencia frágil hay algo más, hay toda una vida de experiencias, de sabiduría, de alegrías y también de dolores. Incluso hay algo más profundo todavía: hay una persona a quien Dios le ha dado una larga vida y todavía tiene una misión que cumplir en la Tierra.

«El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente, aunque no pensemos en ello» dice el Papa Francisco. La sabiduría que dan los ancianos no la puede dar nadie más. Han vivido una vida y saben distinguir entre lo esencial. Que bonito sería poder terminar nuestra vida con sus palabras con las palabras llenas de sabiduría y satisfacción del viejo Simeón: «Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…» (Lc 2, 29-32).

Poema que un abuelo le dejó a sus enfermeros del asilo cuando falleció.

«¿Qué ves enfermero? ¿Qué ves?
¿Qué estás pensando… cuando me miras?
¿Ves un hombre viejo, irritable… no muy sabio,
con hábitos inciertos… con ojos lejanos?
Que regatea con la comida…y no responde,
cuando dices en voz alta…¡espero que la pruebes!
¿Y que pierde un calcetín… o lo zapatos?
Que a veces resistiendo y a veces no… te permite hacerlo
a tu manera, bañarse y comer…
¿así para llenar el largo día? ¿Es esto que
estás pensando? ¿Es esto que ves?
Abre los ojos enfermero… no me estás mirando a mí.
Acepté el regalo de nacer… y comí según su agrado.
He sido un niño de 10 años… con un padre y una
madre, hermanos y hermanas… que se amaban.
Un joven de dieciséis años… con las alas a los pies
soñaba que pronto… encontraría a una mujer para amar.
Fui un esposo de veinte años… con el corazón que se me
salía por el pecho.
A los veinticinco años… tuve junto a mí a mi esposa.
Que necesitaba de mí para seguir adelante… y tuve una
casa y era realmente feliz.
Un hombre de treinta años… mis hijos crecieron rápidamente,
unidos entre ellos… con una relación que debería durar.
A los cuarenta años, mis jóvenes hijos… crecieron y siguieron
sus caminos, pero mi mujer se quedó junto a mí… para ver que todo fuera bien.
A los cincuenta años, una vez más… los niños jugaban sentados en mis piernas,
y luego me llegaron los días oscuros, mi mujer murió.
Miraba el futuro…y sentía escalofríos de terror.
Y crecieron mis hijos…y también sus hijos.
Y hoy pienso en los años transcurridos… y al amor que conocí.
Ahora son un hombre viejo.. y la naturaleza ha sido cruel.
Es una burla la vejez… te miran todos como si fueras un imbécil.
El cuerpo se deshace… la gracia y la fuerza, desaparecen.
Pero dentro de esta carcasa vive aún un joven,
y de vez en cuando… mi corazón se inflama y me vuelvo incierto.
Recuerdo las alegrías… recuerdo el dolor.
Y estoy amando y viviendo… la vida de nuevo.
Pienso en los años, que siempre son muy pocos… y que
pasaron rápidamente.
Y aceptar el hecho desnudo y crudo… que nada puede durar.
Por lo tanto, gente abran los ojos… abran y vean.
No ven un nuevo viejo e irritable.
Miren más de cerca… ¡me ven…a mí!
No abandonemos a nuestros ancianos, no los dejemos
en la soledad que a menudo la vejez obliga a sufrir.
Recordemos que son personas, con una vivencia, una sabiduría,
una historia que contar…

El año de la misericordia nos ayuda a vivir en forma diversa la misericordia con los ancianos y abuelos: visitarlos, darles de comer y de beber, darles alojamiento, vestirlos, estar con ellos, escucharles con respeto… son las obras corporales, que podemos practicar de manera especial con ellos, con nuestros abuelos, con nuestros padres ancianos o enfermos, con personas grandes y más aún si son ancianos que han sido abandonados. Pero también hay las obras de misericordia espirituales que las podríamos vivir de manera distinta con los ancianos: aprender de ellos que sí saben, escuchar sus buenos consejos, aceptar las correcciones que nos hagan, pedirles perdón cuando no les tenemos paciencia, pedirles que recen por nosotros que ofrezcan a Dios sus sufrimientos sus incomprensiones y sus desatenciones.

P. Salvador Murguía sdb

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