Escuela que prepara para la vida

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En el profundo amor de Don Bosco por los jóvenes, intuyó rápidamente que la escuela es un instrumento privilegiado para la educación, un lugar de encuentro entre la cultura y la fe, donde se forma la personalidad del joven. Se dio cuenta de inmediato que la respuesta a las necesidades básicas era necesaria pero no suficiente: y es así que nacen las escuelas nocturnas, las escuelas de artesanía, los primeros contratos de trabajo firmados por él mismo para garantizar la justicia en el trabajo para sus jóvenes trabajadores, caminos sólidos de formación intelectual y práctica.

Así las cosas, para él, dar consistencia cultural significaba dar estructura humana definida y dignidad personal garantizada. Sin cultura nos falta siempre un espíritu social crítico y de profundidad social, y se está expuesto a todas las malas condiciones y a la manipulación de otros.

Don Bosco era consciente que la educación es uno de los desafíos de futuro de nuestras sociedades y considera la familia como la instancia más importante en la educación de las personas.

En una conferencia que hizo en París casi al final de su vida dijo:

“Queréis una cosa buena? Eduquen la juventud. ¿Quieren hacer una cosa santa? Eduquen a la juventud. ¿Quieren hacer una cosa santísima? Eduquen a la juventud. Es más, ésta entre las cosas divinas es la más divina”.

En la formación de sus jóvenes, Don Bosco era exigente, les invitaba a ser gente preparada que supiera dar razón de su fe, que explicaran con principios lo que vivían con el corazón y hacían con su vida; les proponía grandes metas, grandes desafíos pero, a la vez, les hacía sentirse tan queridos como educados.

Juan Pablo II llamó a Don Bosco educador: “un genio del corazón”. Y es que su corazón de educador, como se ve por su vida, no es sólo una profesión, no es sólo una pasión, sino una vocación que inspira, transforma e inflama toda su existencia. Se sintió llamado por Dios a educar y formar el corazón de los muchachos hasta llevarlos a ser “Buenos cristianos y honestos ciudadanos” que en palabras técnicas significan una profunda visión cristiana del hombre y una síntesis de antropología.

¿Qué padres de familia no desearían que sus hijos reflejaran como profunda herencia lo que ellos son y han querido transmitirles? ¿Qué maestros no quisieran dejar sembrado en el corazón de sus alumnos sus nobles ideales y la inquietud en sus corazones por profundizar en lo que ellos les han educado y les acompañado dando los primeros pasos?

La presencia de Don Bosco llenaba de entusiasmante alegría la vida de sus jóvenes, sus palabras les formaban y la forma de llevarlos adelante en la vida les educaba. Cualquier padre y educador que quisiera ver la forma como educaba Don Bosco tendrá que ver las pequeñas biografías de tres de sus jóvenes escritas por él mismo; tres adolescentes totalmente diversos con los cuales usa procesos educativos diferenciados; pero los tres son el reflejo de quien los educa para la vida.

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