Mes: octubre 2015

Las manos de Dios

ManosDios

Es bueno que yo no sea el dueño de mí mismo, que mi tiempo no esté en mis manos. Es bueno que mi tiempo, la historia de mi vida, yo mismo, todo esté en las manos de Dios
Lo habrás notado, Dios tiene manos; manos muy diferentes, mejores, mucho más hábiles y más fuertes que las nuestras.

Las manos de Dios son sus acciones, sus obras, que por todas partes – no importa que lo sepamos o no- nos envuelven y nos abrazan, nos llevan y nos protegen. Esto podría ser dicho y entendido siempre como si se tratara sólo de una imagen, de un símbolo. Pero hay un punto donde se detiene todo lo que es imagen y símbolo, donde las manos de Dios se convierten realmente en algo que debemos tomar al pie de la letra, donde todas las acciones, las obras y las palabras de Dios tienen su principio, su centro y su fin: «tus manos» son las manos de Dios. Son las manos que él ha extendido, gritando: «Venid a mí todos los que estáis cansados y fatigados y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Son sus manos, esas con las que bendijo a los niños. Son sus manos, esas que tocaron y curaron a los enfermos. Son las manos con las que partió y distribuyó el pan a los cinco mil en el desierto y, después, una vez más, a sus discípulos antes de su muerte. Por último y sobre todo, son las manos clavadas en la cruz para reconciliarnos con Dios. Éstas, éstas son las manos de Dios: tus manos, tu corazón y tus acciones cuando hacen el bien a los más pobres, cuando buscan la misericordia para todos, cuando se muestran compasivas y misericordiosas son las mismas manos de Dios; tus manos y las mías, son a prolongación de las manos de Dios. Manos fuertes de padre; manos bondadosas, tiernas, delicadas de madre; manos fieles y generosas de amigo, las manos de Dios, ricas de gracia, en las cuales está nuestro tiempo, en las que estamos nosotros mismos.

P. Salvador Murguía sdb