Equilibrar el afecto

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Somos seres en relación: con la naturaleza, con las demás personas y con Dios y hasta con nosotros mismos y hay de nosotros si no trabajamos armónicamente cada una de ellas.

La relación con los demás es la que nos lleva más tiempo y la que tiene que ser cuidada meticulosamente. En esta relación a veces podemos ser muy fríos. Otras veces excesivamente intensos. Va con carácter, con momentos y circunstancias. Y el amor que es la expresión más profunda de esa interrelación necesita encontrar su lugar. Porque a veces puede convertirse en exigencia, en invasión, en cadena. Quieres apresar al otro, poseer, y se generan dependencias terribles. Los celos, en la relación de pareja, o en la amistad, son uno de los peores demonios que muerden a la gente. También puede ocurrir lo contrario. Blindarse contra el otro, querer mantener a toda costa la propia independencia, la propia seguridad, no hacerte vulnerable por temor a ser herido. Y, en consecuencia, guardarte siempre tu propio espacio al que nadie puede acceder. Pero, a veces, el amor necesita dar entrada al otro en las facetas más importantes de la vida.

El amor de Dios no apresa, pero está cerca. No invade, pero quiere entrar en la propia vida. Y puede ser un modelo para lo que cada uno vivamos en el día a día. San Pablo dice el amor es paciente, servicial, no es engreído ni presumido, cree todo, espera todo, perdona todo…

P. Salvador Murguía SDB

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