Esperanza del corazón

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El optimismo es un valor caracterizado por el buen ánimo que ayuda a las personas a enfrentar las situaciones cotidianas con confianza, entusiasmo y decidida voluntad de emprendimiento. La persona optimista se sitúa ante lo positivo de las situaciones y de sus semejantes con la convicción de poder superar dificultades y caminar con perseverancia sacando lo mejor de cada circunstancia y alcanzando metas deseables y propuestas como horizontes posibles.

Hablar de optimismo hoy entre los jóvenes es un desafío para los educadores que buscan reforzar actitudes y ayudar a crecer personas equilibradas y maduras. Hoy se trabaja mucho con las personas la actitud positiva ante la vida, la capacidad de salir adelante confiando en las propias posibilidades, la mirada positiva ante la realidad que permite alentar los propios esfuerzos y sostener la confianza en el camino recorrido con perseverancia. No cabe duda de que el optimismo con actitud vital potencia y alienta al propio esfuerzo haciéndolo duradero y perseverante.
Muchas de las técnicas de “coaching”, tan de moda de un tiempo a esta parte, trabajan sobre todo el aspecto motivacional de los “clientes” procurando inducir una actitud positiva ante la vida y el cultivo de una mirada optimista frente a la realidad. La positividad y el optimismo mejoran las condiciones de trabajo y refuerzan tanto la confianza en las propias posibilidades como el esfuerzo sostenido en el tiempo para alcanzar unas metas objetivables y posibles.

Los cristianos somos radicalmente optimistas. Pero nuestra visión positiva de la realidad no depende solo de nuestro estado de ánimo o de cómo nos vayan las cosas. Más allá de las técnicas de “coaching” o de métodos de mejora vital desde las actitudes positivas que tonifican la existencia y refuerzan motivacionalmente las opciones (dejemos que quienes se dedican a estos trabajos sigan tratando de mejorar el rendimiento de sus clientes), nuestras expectativas ante la realidad tienen su fundamento en otras experiencias más profundas. La experiencia religiosa (y más específicamente la experiencia cristiana) abre espacios para que el creyente descubra la esperanza como una virtud cristiana (esto es, fundada en Dios, inspirada en Él y que tiende hacia Él) que configura la propia realidad personal y que, como opción de toda su vida que descubre la inteligencia y fortalece la propia voluntad, puede orientar decisivamente la existencia con una mirada nueva y transformadora.

El creyente esperanzado es alguien que se siente sostenido por la ternura y la misericordia de Dios en una oración que surge de la vida. Vive la entrega y el trabajo de cada día con generosidad y cultiva la capacidad de la compasión. Se esfuerza por ser paciente y mantener la serenidad en medio de los conflictos. Se siente miembro de una comunidad que quiere ser signo de esperanza.

P. Salvador Murguía sdb

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