Don Bosco pobre

DBMamaMargarita

El amor de Dios se hace presente a nuestras vidas a través de la bondad de tantas personas que nos siguen, nos quieren, nos ayudan y nos impulsan a seguir adelante. Esta es la forma en que vemos presente la presencia de Dios en nuestras vidas.

Es lo mismo que el Papa Francisco nos invita a hacer, salir de nosotros mismos e ir a las fronteras, con los más pobres llevarles la esperanza de Dios a sus vidas. Y cada vez que ayudamos a una persona, en cualquier forma, especialmente las personas más necesitadas de ayuda, estamos llenando de esperanza sus vidas. Don Bosco vivió esto en carne propia.

“Los compañeros veían que Juan sufría muchas veces hambre. A un amigo suyo, José Blanchard, le daba pena. Y puesto que su madre era vendedora de fruta y verdura en el mercado, iba muchas veces a su puesto y, a escondidas, se llenaba los bolsillos de manzanas y castañas. La madre de José no era una ingenua. Veía y hacía como si no viera nada.

Un día el hermano de José, Leandro, dijo enfadado a su madre:

-¿Cuándo darás una buena lección a José? Te roba la fruta delante de tus narices y tú no te das cuenta de nada. Si hubiera cinco o seis que hicieran lo mismo, ¡buenas ganancias sacaríamos del mercado!

-No hay cinco o seis; es sólo José -respondió tranquila la mujer-. Yo apruebo con gusto sus maniobras.

Sé que lo hace para dar de comer a Juan Bosco, y estoy contenta de que lo haga. Juan es un buen muchacho y el hambre a su edad es un problema que puede hacer malos a muchos.

Juan aceptaba aquella fruta como una bendición del cielo. La devoraba. Luego decía:

-Gracias, José. Tú das de comer a un hambriento, y Dios te recompensará. Pero también yo espero poder recompensártelo algún día.

Ya anciano, volviendo un día a Chieri, Don Bosco vio a José Blanchard, su amigo. También Blanchard era un viejecito. Iba despacio por la calle llevando en la mano un plato de comida y una botella de vino.

Don Bosco estaba hablando con un grupo de sacerdotes. Los dejó de golpe y fue contento al encuentro con aquel viejecito.

-¡Querido Blanchard! ¡Qué alegría volver a verte! ¿Cómo estás?

-Bien, bien, señor caballero -respondió impactado tratando de seguir su camino.

La cara de Don Bosco se puso triste:

-¿Por qué me llamas «caballero»? ¿Ya no eres mi amigo? Yo soy el pobre Don Bosco, siempre pobre como cuando tú me quitabas el hambre.

Se volvió a los sacerdotes que se habían acercado:

-Señores, este es uno de los primeros bienhechores de Don Bosco. Yo era un pobre estudiante que sufría hambre; y él compartía su comida conmigo. No tenía miedo de tomar la fruta de su madre para quitarme el hambre. Y su madre, que lo veía todo, cerraba los dos ojos y le dejaba hacer. Una gran madre y un buen hijo”.

P. Salvador Murguía

 

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