Convicciones personales

La vida de cada uno de nosotros es ordinaria, tiene sus momentos de rutina; pero se vuelve interesante por la forma en que cada quien la vive y la conciencia con que la que realiza. Cuando las personas se conocen, inmediatamente se preguntan quiénes son y qué es lo que hacen. Y así es nuestra vida en el hacer de cada dia se va desarrollando nuestro ser de personas.
Nuestros padres nos han educado y formado así; aprender a hacer cosas, realizar hábitos ordinarios; vivir actos conscientes; nos enseñaron a tener convicciones en la vida y a defenderlas lo mismo que a superar momentos y dificultades y asumir con libertad responsabilidades que nos van haciendo crecer como personas. Así fueron y son nuestros padres y esa es su sabiduría aprendida de la vida, de la educación y de la fe que siempre han profesado.
Y hay acciones que aprendimos desde chicos y que saliendo desde el corazón son el fruto de una sólida convicción personal por ejemplo los judíos tienen detrás de sus puertas la oración de confianza a Dios; los cristianos hemos aprendido de nuestros padres a persignarnos antes de salir de casa; otros más a pedir la bendición de papás y abuelitos cuando se va de viaje o al extranjero; despedirse los papás y de todos cuando se va a uno a dormir a su cuarto. Pero todas son acciones que nos hacen aprender a tener confianza en Dios y vivir con seguridad la vida, a hacer el bien.
Un personaje narra una fábula:
El carpintero que había contratado para que me ayudara a reparar una vieja granja acababa de finalizar su primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se había dañado, haciéndole perder una hora de trabajo, y su viejo camión se negaba a arrancar.
Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol y tocó las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso entusiasta a su esposa.
De regreso me acompañó hasta el carro. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes.
“Este es mi árbol de problemas —contestó— . Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa, y en la mañana los recojo otra vez. Lo divertido —dijo sonriendo— es que cuando salgo a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior”.

P. Salvador Murguía sdb 

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