Sin memoria no hay futuro

jovenes

En esta época en la que parece existir un pensamiento único, que acalla cualquier diferencia y cualquier sensibilidad, con la cruda contabilidad, tenemos necesidad constante de personas que nos hablen y que con su vida nos manifiesten el valor de ser persona por encima de los intereses.
Este pensamiento llamado “único” y que es dominante en las relaciones de nuestra cultura actual acepta «la economía del descarte», que arrincona a quienes no tienen trabajo y no son productivos, y también predica la cerrazón en las propias identidades y en las propias fronteras: hoy se habla de la tolerancia y el respeto pero se cierran fronteras y se siguen construyendo muros para no dejar entrar a los que estropean los intereses de los grandes capitales.
Ante estas situaciones tenemos, vez por vez que reflexionar y recordarnos de dónde venimos, volviendo a descubrir el valor de los «abuelos», entendidos como los que mantienen la memoria, el valor de la “historia”, es la única manera para saber hacia dónde ir. Sin memoria no hay futuro, y solo con un pacto generacional y social, que sea exactamente lo opuesto de las guerras civiles tan inhumanas a las que asistimos todos los días, podemos pensar en salir de esta crisis del hombre moderno. El Pasado deberá ser el maestro dl futuro.
Muchas personas e instituciones están trabajando dia a dia y codo a codo para cambiar la situación de la vida. Entre muchos que calladamente viven y desarrollan un trabajo de transformación así; hoy hay una voz fuerte hay un solo hombre que habla tércamente de personas y de humanidad. El Papa Francisco nos recuerda que somos hombres y mujeres, que tenemos derechos, pero también deberes hacia los que son demasiado pequeños o demasiado ancianos, para los que están demasiado enfermos o débiles como para caminar solos.
Nos podemos sumar a este esfuerzo de estas personas; podemos entrar en esta dinámica de la acción de Dios que calladamente va logrando lo que es Bueno. Pero, para lograrlo, no podemos quedarnos quietos «esperando que nos llegue la salvación», sentados muy tranquilos («o jubilados a veinte años o cincuenta años»), sino que hay que apostar por trabajar desde la base, por la formación de los jóvenes, por la solidaridad, por abrir nuestros horizontes y nuestro campo de visión y por la valentía de un corazón generoso.
Don Bosco decía: “¿Quieres hacer una cosa buena? Educa a la juventud, ¿Quieres hacer una cosa divina? Educa a la juventud, entre todas las cosas divinas, esta es divinísima”. Y siempre tuvo como lema: “La educación es cosa del corazón”.

P. Salvador Murguía SDB

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